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Schermafdruk 2018-07-25 16.16.06

Por Oihane Iglesias

Pese a no estar incluido en el índice que Enrique Vila-Matas realiza en Bartebly y compañía, podríamos considerar a Raduan Nassar uno de los escritores del «no», escritores que, como Bartebly, el personaje de Melville, deciden dejar de escribir renunciando a una carrera literaria y apartándose sigilosamente hacia otras labores. El brasileño Nassar, en este caso, tras haber escrito dos excepcionales novelas, Lavoura arcaica (1975), Um copo de cólera (1978) y una colección de cuentos Menina a camihno (principios de los años sesenta), decidió dedicarse a la labranza, campo que, como podemos observar en su obra, conoce bien. Su obra, junto con la de Clarice Lispector y la de João Guimarães Rosa, transformó las letras brasileñas al publicar obras que se distanciaban de las novelas policíacas de la época. Con un estilo sumamente poético, introspectivo y plagado de metáforas, la obra de Nassar nos hace adentrarnos en un ambiente árido, abigarrado, plagado de tensiones, similar a los ambientes de Rulfo, otro escritor del «no», con quien Nassar comparte su distanciamiento de la literatura, así como un nivel léxico y sintáctico de enorme riqueza.

Publicada en 1976, y traducida por primera vez al español, Labranza arcaica recibió el premio Jabuti (el equivalente brasileño al Pulitzer) y el reconocimiento de sus contemporáneos. Sin embargo, al igual que en lengua inglesa, donde la obra está disponible desde 2016, las traducciones han tardado años en llegar, siendo otra víctima de las políticas de mercado que afectan al continente. En los últimos años el interés en la literatura brasileña ha crecido. En 2016, Juan Pablo Villalobos tradujo para Sexto Piso Un vaso de cólera (2016), y con la inclusión de Labranza arcaica en su catálogo (traducida por el mismo autor), por fin contamos con las dos grandes obras del brasileño en nuestro idioma.

Labranza arcaica narra la historia de André, un adolescente que decide partir de su casa para tratar de escapar del hybris del orden familiar. Con su huida, aún sin saberlo, comienza la «desunión de la familia». La novela explora las tensiones existenciales del personaje en dos momentos, «la partida» y «el retorno».

André parte de la sombra del incesto, que Pedro, su hermano mayor, ha descubierto entre André y Ana, una de las hermanas. André también escapa del aislamiento de la granja paterna, donde producen los alimentos necesarios para sobrevivir sin tener que comunicarse con el exterior. Huye también de la autoridad patriarcal en una especie de sublevación contra el orden impuesto por su padre, quien representa a la sociedad y al Estado y que utiliza el sermón diario sobre la familia, la justicia y la austeridad, para controlar a la misma.

La segunda parte, «El retorno», cuenta el encuentro entre Pedro y André y su misión de devolverlo al seno de la familia: «Aquel que se había perdido volvió al hogar, aquel por el que llorábamos nos ha sido devuelto». Sin embargo, la alegría inicial se ve truncada («¡Ninguna sabiduría libertina ha de contaminar los modos de la familia! ¡No fue el amor lo que te trajo de vuelta a casa, como pensaba, sino el orgullo, el desprecio y el egoísmo!») cuando en la fiesta del hijo pródigo se descubre el pecado. Estamos ante la disolución de la familia, ante la disolución de la palabra («¿dónde está la unión de la familia? “¡Padre!” y vi a nuestra madre, perdida en su juicio, arrancándose mechones de pelo, descubriendo grotescamente los muslos, exponiendo las cuerdas moradas de las várices, golpeándose la piedra del puño contra el pecho»).

Al igual que en Un vaso de cólera, Nassar nos muestra personalidades fuertes y dominantes, pasiones que incurren en la violencia verbal y física, caracteres indomables, resentimiento, dramas existenciales que no encuentran solución. La primera novela del brasileño también nos narra los días de la vida de una familia, en este caso una pareja, que se encuentra sumida en un estado de crisis. La subyugación, el sometimiento masculino, son temas comunes con Labranza arcaica.

Muchas son las lecturas que pueden realizarse de esta pequeña obra. Se presta a analizar la relación padre-hijo desde la perspectiva psicoanalítica de Freud. Pero Nassar es más complejo y nos abre también la posibilidad de realizar una lectura bíblica de la obra, ya que son numerosos los ecos veterotestamentarios de la misma: «y era como si surgiera del interior de un templo levantado únicamente con piedras pero lleno de una luz porosa filtrada de vitrales». A estas dos podríamos sumar una lectura en clave feminista basándonos en la relación incestuosa, así como en el papel (casi irrelevante) de la madre frente al padre de familia.

Finalmente, la obra también se ofrece a una lectura antropo-sociológica. Es en esta categoría donde podríamos enmarcar una interpretación desde la «estética del hambre» de Glaúber Rocha (1965). El cineasta brasileño lamentaba la miseria general de América Latina, pero también el hecho de que el latino no comunique su verdadera miseria ni que el hombre «civilizado» comprenda verdaderamente la miseria del latino. Frente a la supuesta perfección de Occidente, Nassar nos narra problemas sociales muy presentes en el Brasil de la época actual: «—dijo el hambriento sentándose en la alfombra al lado del anciano, frente a la mesa imaginaria. “Señor, mi huésped, tu casa es mi casa y mi mesa es tu mesa. No hagas ceremonias, come mientras tengas apetito”. Y como el anciano lo animaba a acompañarlo, el hambriento no se hizo esperar, simulando también de inmediato que tocaba los supuestos trozos (…) dijo el anciano, simulando agarrar entre las puntas de los dedos un bocado de la fuente». Mientras que para el occidental se trata de una suerte de surrealismo, de exotización del otro, en la obra de Nassar encontramos la miseria del brasileño, la imposibilidad de comer pero la vergüenza de decirlo. Frente a los movimientos contraculturales encarnados por los hippies, el rock, la revolución sexual, las luchas antirracistas contra la guerra de Vietnam que se estaban gestando en el vecino del norte, y, por lo tanto, trasladándose a la literatura, el brasileño nos sigue mostrando los problemas indómitos a su país pero trasladables al resto de América Latina: hambre, miseria, pobreza, falta de educación, ruralismo.

Finalmente, es también posible leer Labranza arcaica desde la situación política de la época, pues la obra se escribe durante la dictadura militar de Ernesto Geisel (1974-1979). La opresión patriarcal, la imposibilidad de expresar la opinión o la manipulación ideológica por parte del padre, son una denuncia al sistema político impuesto. Nassar, frente a las situaciones sociales de la época, decide dejar de escribir, alegando que la literatura es «algo pequeño». En su faceta de ermitaño, durante los años ochenta, se negó incluso a permitir la difusión de su obra, siendo su editor, Luiz Schwarcz, quien presionó para que su obra no desapareciera.

Labranza arcaica representa una contundente invitación para repensar el pathos humano, para repensar todo aquel sufrimiento existencial que los hombres y mujeres experimentamos: pasión, tristeza y padecimiento. Al escribir sobre Brasil, Nassar escribe sobre nosotros, sobre la miseria y el sufrimiento del mundo contemporáneo, sobre las complejas situaciones sociales que, desgraciadamente, aún se padecen en el mismo.

Portada-Labranza-arcaica-altaLabranza arcaica

Raduan Nassar

Traducción de Juan Pablo Villalobos

Narrativa Sexto Piso

2018 140 páginas

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