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Un viaje hacia la redención

Yo no tuve a los Beatles. Pero tuve a Soda Stereo. El día que Cerati, Zeta y Charly anunciaron su separación sentí lo mismo que sientes cuando llevas tres días en la peda y la última cerveza se te escapa de las manos, tus reflejos no consiguen rescatarla y se hace añicos en el piso. Entonces te das cuenta de que no has dormido, no tienes dinero y no quieres volver a casa.Significaba más que el fin de la fiesta. Más que enfrentar a la realidad. Más que una orfandad. Era el final de Soda Stereo.

En 1988 Soda Stereo se presentó en mi ciudad. Tenía diez años. No corrí con la misma surte que Bart Simpson, a quien Homero le compró entradas para Spinal Tap y una guitarra eléctrica. Mi padre, como el de Neal Cassady, andaba dando tumbos por las cantinas del mundo. A los quince asistí a mi primer tocada. Y desde entonces no he parado. Pero Soda Stereo nunca regresó a Torreón. El lugar donde se presentaron, el estadio de beisbol Revolución, es el parque más longevo de México. Se inauguró en 1940. En los ochentas, cuando jugaba para Dodgers, Fernando
Valenzuela lo visitó y me tomé una fotografía con el Toro de Etchohuaquila.

En un periodo de tiempo que podríamos llamar «La vida sin Soda», no existía fan sobre la tierra que no fantaseara con la reunión de Soda Stereo. El boom de los reencuentros, que empezó con los horripilantes Menudo, hizo que muchas bandas retiradas comenzaran a babear con la posibilidad de volverse a juntar. Pero aquel «gracias totales» que Cerati había proferido en el último concierto, en el Estadio de River en 1997, más que una despedida, que un gesto de agradecimiento, se antojaba lapidario. Sin posibilidad de reversión. Y dolía. Porque Soda, atendiendo a esa regla no escrita que dicta que debes retirarte en la cima, se fue cuando mejor sonaba. Por eso cuando anunciaron la gira «Me verás volver», para mí, que me perdí el Rooftop Concert, fue lo mismo que si me dijeran que se reunirían los mismos Beatles.

Me había prometido a mí mismo que jamás pisaría el Estadio Universitario, ni aunque jugara Santos, pero cuando se anunció Soda en Monterrey corrí a comprarme el boleto. La espera se me hizo eterna. Pocos conciertos en vida me había saboreado tanto. Mi compa Pipo y yo nos trepamos al autobús y la euforia que nos invadió no se parecía a nada que hubiéramos experimentado antes. Un coctel de emociones: la regresión de las que sufres en el diván de un psicoanalista; cuando abres tu regalo de navidad y descubres que es lo que habías pedido; la cerveza que descubres sepultada en el cajón de las verduras del refrigerador cuando llevas tres días de peda, no tienes dinero, no has dormido y no quieres volver a casa.

La ciudad hedía a exceso. No era para menos. Soda Stereo estaba en la capital mundial del cabrito. Después de registrarnos en el hotel, lo primero que hicimos fue compramos un 24 de botes de Modelo. Cerati no podía acusarnos de malos alumnos. Desde la primera vez que había escuchado «Hombre al agua» me había tomado la orden al pie de la letra. El regreso de Soda era una abierta provocación a beber. Era hora de poner a prueba al organismo. Nada de drogas. No en este viaje. Estaba dispuesto a ser una marioneta del alcohol. En la natación le llaman afloje, en el atletismo calentamiento, en la gimnasia estiramiento, en el alcoholismo calentar garganta. A las cinco de la tarde nos empezó a picar el fundillo. Dejamos doce cervezas bajo hielo y salimos a seguir embriagándonos en un bar.

Una vez que se te cumple un sueño es imposible seguir soñando. Tras la gira «Me verás volver» la posibilidad de un nuevo álbum de Soda se antojaba inevitable. Y es que si Soda sonaba bien al retirarse, sonaba mejor en su reencuentro. Además Cerati había sido muy rotundo al declarar que si Dynamo era Revolver, Sueño Stereo era Abby Road. Y pese al supuesto desgaste y el vacío creativo que experimentaron después, se nos antojaba conocer qué continuaba después de Confort y Música para volar. Este último la prueba irrefutable de cómo el sonido de Soda estaba en otra dimensión. Eso platicábamos Pipo y yo en la cantina. Había perdido la cuenta de cuántas cervezas llevaba. Estaba tan excitado que el alcohol no se me subía.

Antes de las nueve de la noche arribamos al estadio. Estaba pedo. Me sentía pedo. Pero estaba remotamente lejos de caer. Podía continuar la noche entera. Soda salió al escenario y fue como si se te cayera una cerveza al suelo y le apretaras rewind a la vida y todos los trozos de cristal volvieran a unirse. Los acordes de «Someday One Day» de Queen dieron paso a «Juegos de seducción». El estadio entero se volvió una marea de besos, chupetones, mamadas, apachurros, magreadas, manoseadas. El aire comenzó a faltar y entre trago y trago de cerveza las palabras de Cerati se convirtieron en un souvenir más, para llevarnos en la mente. «Por fin». Al final volvíamos a vernos las caras.

Las primeras diez canciones son exactamente las mismas que después aparecerían en el cd 1 de «Me verás volver». Cerati se había vuelto fan de hablar mal de su primer disco. En muchas ocasiones repitió que no lo satisfacía. Pero en este regreso se había reconciliado con él. Y el repertorio de la gira hacía hincapié en sus canciones y las de sus primeros discos. Un poco a esa necesidad de refrescarse y al cansancio que aludía en los tiempos de Confort. Y es que sí, Soda estaba cansada de tocar una y otra vez las mismas canciones. Un tiempo estuvieron replegados en sus mayores hits. Le hacían el feo a su trabajo primerizo. Algo totalmente comprensible. O acaso en el Rooftop Concert los Beatles habían interpretado «Can’t Buy me Love?».

Lo que sucedía en el escenario era que Soda le estaba rindiendo un tributo a Soda. A las canciones que los situaron en el mapa. «Tele-ka» e «Imágenes retro» parecían un matrimonio. Luego vino lo heavy con «Texturas». Nadie nos lo había advertido, pero lo que se nos venía encima no tenía nombre. Entonces el himno partió el recinto en dos y todo mundo elevó sus tragos para decir salud. Lo ignorábamos, pero Cerati a estas alturas había sufrido una trombosis y el exceso de vuelos le tenía jodida una pierna. Pero en el escenario era el mismísimo Principito el cabrón. Se portó como siempre, a la altura. No por nada le habían prohibido subirse a un avión. Pero iba envuelto en la corriente. Cuando terminó «Hombre al agua» no había duda, Soda estaba de regreso.

Monterrey, como cada ciudad de este continente, hizo suya «La ciudad de la furia». Esta canción es como la coca. No importa cuántas veces la pruebes siempre que vuelves a ella parece como si fuera la primera ocasión que la tomas. La instancia retro arrojó «Picnic en el 4º B». El refugio maldito donde Soda ensayó hasta fraguarse como leyenda. «Zoom» y «Cuando pase el temblor», la canción más escuchada en toda Latinoamérica. La ovación se levantó como una brisa. El estadio se compactó. Y una sola voz tomó el control. El cantico era la grita. «Final de caja negra» nos lo dijo todo. Es decir: Soda no estaban cansados, no iban ni a la mitad. Todavía nos faltaban más temblores. Todos los temblores.

«Trátame suavemente» fue para agarrar aire. Y «Signos» la apoteosis. Era lo que pedíamos a gritos. Lo que nos hacía falta. Eso era lo que extrañábamos de Soda. Esa elocuencia. «Sobredosis de tv» abrió la pista de baile. Y la gente comenzó a saltar. Las viejas canciones sonaban mejor que nunca. No costaba imaginar las miles de horas que Soda se tuvo que matar en los ensayos para reaprenderse el material primerizo y maquillarlo para traerlo al presente. «Danza rota» sirvió de trampolín a «Persiana americana». Era la canción número 15. El sonido del tambor parecía surgir de muy lejos. Pero era sólo un efecto. Estaba frente a nosotros. Desgarrando a los miles ahí congregados.

«Fue» dio pie a «En remolinos» y el espectáculo Cerati. Qué guitarra. «Primavera 0» puso el toque espacial. «No existes» sirvió medio de relax. Y en «Sueles dejarme solo» otra vez el show Cerati. No recuerdo si pasó en Monterrey, pero como si hubiera sucedido. Quizá es imposible disociar en mi mente esta rola y la imagen de Cerati destrozando una guitarra. A lo Hendrix. A lo Townshend. El capo Cerati. La demostración de músculo. Sí, después de Soda Cerati lo había hecho perfecto. Bocanada era uno de los mejores diez discos en español de todos los tiempos. Pero ese, el que rompe a pedazos la viola, ese era al que anhelábamos ver. Nada de dobles de acción para las escenas de peligro.

Después de la atroz distorsión, «Séptimo día» fue el renacimiento. Una capa de claridad se cernió sobre nuestras cabezas. Era como ver un amanecer electrónico. Lo mismo que «Un millón de años luz». Que acorde con el título, el concierto ya estaba siendo larguísimo. Soda nos estaba recompensando. «De música ligera» fue la salida perfecta. El asesino que se va con elegancia. Se desató la saltadera perfecta. Y no pocos habrán pensado lo mismo que yo. Pagaría lo que fuera para quedarme aquí, en este instante para siempre.

«Disco eterno» y «Cae el sol» inauguraron el encore. «Prófugos» embelleció la noche a niveles impronunciables. Tan bella canción hizo que me viniera a la mente la versión de Fabiana Cantilo. La energía no menguaba. La guitarra de Cerati parecía la escoba de Fantasía. Se reproducía infinitamente. Y Soda desapareció. Como lo había hecho cientos de veces. En tantos estadios, salas de concierto y escenarios. Y retornó para un segundo encore. Había sido suficiente. Pero siempre podría ser más contundente. La vitalidad de «Nada personal» nos indujo la sensación de que aquello apenas comenzaba. Que se trataba de la primera canción. Entonces «Te hacen falta vitaminas» dijo basta. Cerró la noche. No había más cartas en el mazo. Pero no hacía falta. Todas las reinas y los reyes y los corazones habían sido lanzados.

Salimos del estadio y nos fuimos a un bar a seguirla. En un punto de la noche me fui a la cama. Estaba pedo y no. Pero la celebración por ver en vivo a Soda no había terminado.

Al día siguiente revertí la afirmación de Cerati «Nena, no voy a ser un súper hombre». Conseguimos un raite de regreso. En el camino Pipo y yo nos tomamos dos 24 de cervezas. Al llegar a casa compramos un 24 más. Cuando se acabó la cerveza me tomé un cuarto de ron. Y luego lo último que quedaba. Una botella de Baileys. Ese día sí que bebí. Ese día sí que puse a prueba mi resistencia. Era mi propio viaje hacia la redención. No sabía que me estaba despidiendo. Que tres años después Cerati sufriría un accidente cerebrovascular que lo conduciría a la muerte. Aquella noche estaba brincando de felicidad. Convencido de que era indestructible.

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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