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Una ética de la sexualidad | Eric Fassin y Michel Feher

Entrevista con Judith Butler

En Francia, se asistió en la década pasada a la emergencia de una serie de controversias sobre cuestiones que abarcan al mismo tiempo género y sexualidad, en particular el acoso sexual, la pornografía y la prostitución. Esos debates tienen una larga historia en los Estados Unidos. Nos gustaría que nos expliques cómo se han desarrollado en el contexto estadounidense, cómo se han articulado unos con otros y también en qué lugar te sitúas en ese debate.

Podemos comenzar por el acoso sexual con la publicación de Catharine MacKinnon en 1979 de The Sexual Harassment of Working Women. De esta obra surgen dos feminismos bastante distintos y la evolución posterior de MacKinnon ensanchará la divergencia entre ambos.

En un primer momento, MacKinnon se contenta con afirmar que las insinuaciones sexuales no deseadas, en el lugar de trabajo o en la universidad, tienden a situar a las mujeres en una situación de gran dificultad, difícil cuando las rechazan, en la medida en que se exponen a represalias, y difíciles también cuando responden de manera favorable cuando la relación sale mal. Se debe destacar el hecho de que en ese momento de su reflexión, MacKinnon no afirmaba que cualquier insinuación sexual constituyera en sí una violación. Lo que resulta problemático es que en un contexto universitario o profesional, tanto el «no» como el «sí» de la mujer (o del hombre) pueden tener consecuencias en el empleo, en los ascensos o en la capacidad de trabajar en condiciones normales.

Por ejemplo, si un profesor se le insinúa a una estudiante, el problema será saber si pueden continuar trabajando juntos. ¿Qué pasará si la estudiante lo rechaza o si la aventura resulta decepcionante? ¿Cómo reaccionará el profesor si la estudiante se busca otro amante? ¿Y si la mujer del profesor descubre la aventura y le prohíbe trabajar con ella? En pocas palabras, cuando se mezclan la vida universitaria y la vida sexual hay consecuencias. Al mismo tiempo, en ese punto de la reflexión, el acto sexual no es en sí mismo lo que plantea problemas, sino más bien las condiciones que genera.

Es por eso que el libro se titulaba The Sexual Harassment of Working Women: el acoso sexual a las mujeres en el trabajo.

Sí, pero una vez más, eso se aplica también a la universidad: si un profesor, por despecho, escribe una mala carta de recomendación ¿Eso es aceptable? ¿Un estudiante no debería conservar sus oportunidades de ver su trabajo de manera equitativa? La cuestión es entonces saber si el profesor (hombre o mujer), ya sea por su deseo rechazado o aceptado, se encuentra en medida de decidir sobre el mérito de alguien a quien le ha expuesto su deseo ¿La persona «elegida» estará en ventaja o en desventaja? ¿Y si los otros estudiantes están al corriente de la situación, no tendrían la impresión, para bien o para mal, de que sus trabajos no se benefician de la misma mirada, de la misma atención que los del objeto de deseo del profesor?

Hay que recordar que muchos estudiantes dependen principalmente de sus profesores para progresar en sus carreras. Hay que acordarse también de que en las grandes universidades estadounidenses sólo el 9% de los profesores titulares son mujeres. La carrera académica de las mujeres se vuelve harto complicada, y la cuestión de saber si sus trabajos van a ser tomados en serio por sus colegas masculinos se sigue planteando. Es en ese contexto en el que se deben comprender las dificultades de una relación «sexualizada».

Sin embargo, lo repito, el problema no se encuentra en la sexualidad en sí misma. La gente se insinúa, intenta seducir, se esfuerza por crear las condiciones en las que la persona que se desea los encuentre irresistibles. La vida está en gran medida hecha de ese tipo de cosas y eso está bien. No me gustaría vivir en un mundo sin seducción. Y la seducción implica estrategias, maniobras para desestabilizar a la persona deseada, para conquistarla, y eso me parece bien. Lo que plantea problemas son las consecuencias de esos procesos de seducción cuando se producen en el lugar de trabajo o en la universidad.

Dicho de otra manera, los problemas surgen con las dinámicas de poder con las que se busca alterar la capacidad de un empleado o de un estudiante para trabajar en buenas condiciones, progresar, reali zarse plenamente, para ser tratado de una manera equitativa y, sobre todo, para evitar el chantaje y las represalias.

Resumiendo, hasta este punto, suscribo el razonamiento desarrollado por Catharine MacKinnon en un primer momento en 1979. Lo que decía entonces era: examinemos las consecuencias, contextualicemos la sexualidad. Si hay alguna queja, interroguémonos sobre las circunstancias para decidir si ha existido acoso: ¿Hubo alguna forma de chantaje, un «mercadeo» (quid pro quo, dice la ley) de los favores sexuales a cambio de una buena nota, de una dispensa, de una carta de recomendación? ¿Hubo presiones, comentarios, un «medioambiente hostil» que dañaba las condiciones de trabajo? En todos esos casos, se puede hablar de acoso. No obstante, que un profesor tenga una aventura con una estudiante que no está en su clase, aunque lo haya estado antes, y sobre la que no ejerce ningún control profesional, no plantea ningún problema; incluso, si renuncia a ese control antes y con la finalidad de comenzar una relación sexual, por ejemplo, al proponerle trabajar con un colega. Si un profesor actúa de manera responsable, no hay absolutamente nada que decir.

Para MacKinnon, y para la ley universitaria, la discriminación la define el acoso y no la sexualidad. Se trata de poder institucional, lo que no tiene nada que ver con la sexualidad en sí misma. Por tanto, no resulta necesario suponer que para que sea legítima o auténtica, la sexualidad debería ser indiferente de toda relación de poder.

Exactamente. Por mi parte, incluso diría, con Michel Foucault, que el poder y la sexualidad son coextensivos, que no hay sexualidad sin poder. Diría que el poder es una dimensión muy excitante de la sexualidad. Considerar esta idea seriamente ha permitido, por otra parte, conjurar los miedos que la reglamentación del acoso sexual ha suscitado. Mucha gente teme que eso paralice toda interacción social en los lugares de trabajo. Temen que el menor contacto físico sea en consecuencia prohibido, que no sea posible salir con uno o una colega de trabajo, que el clima de desconfianza imponga a todos los profesores a dejar la puerta abierta de su despacho para que todo encuentro entre profesores y estudiantes pueda ser visto por todos…

Para responder a esos miedos, los partisanos de la legislación, comenzando por MacKinnon, habrían podido decir: sabemos que existen diferentes contactos físicos en las oficinas y en las universidades, que todo tipo de relación, incluso sexuales, se gestan en esos contextos. Y esto no nos plantea ningún inconveniente, al contrario, lo que nos preocupa son las relaciones sexuales entre dos individuos de los cuales uno tiene el poder de terminar o de promover la carrera de otro —y en consecuencia la posibilidad de abusar de ese poder; es en eso y solamente en eso que se trata de aportar restricciones. Es eso lo que MacKinnon habría podido decir; y habría sido formidable si lo hubiese dicho.

Ha terminado sugiriéndolo, durante el caso Lewinsky intervino para decir que no hubo acoso en la medida en que había consentimiento.

Sí, pero fue bastante tibia y lo dijo muy tarde. Y es una pena. Nos gustaría vivir en una «cultura sexual» capaz de aceptar que hay erotismo en la universidad (porque hay, qué tipo de enseñanza podría funcionar sin erotismo), entre profesores y estudiantes, pero también en el conjunto del mundo laboral, entre jefes y empleados y por todo tipo de razones. Si esta premisa fuera reconocida, ¿no sería más fácil decidir de manera responsable, en función de las consecuencias eventuales —más que con la ayuda de un juicio moral a priori— sobre la oportunidad de comenzar una relación? Por desgracia, el discurso abierto por la polémica no tiene efectos positivos sobre esas cuestiones. La sexualidad en el contexto de la universidad y en los lugares de trabajo se aborda de una manera furtiva, escondida, culpable. El miedo a ser descubierto crea condiciones en las que resulta bastante complicado reflexionar.

Ahora bien, hay materia para reflexionar. El último Foucault abordó la cuestión ética de la sexualidad de manera muy interesante. Una cosa que le interesaba, era la idea de una ética no represiva. La cuestión que le preocupa es la de saber cómo puede estilizarse nuestra existencia a través de nuestra relación con las normas. De esa manera, el problema que se plantea un profesor atraído por su estudiante no es saber si debe reprimir su deseo o pasar al acto, sino más bien buscar la forma de expresión, de estilización existencial que le permita tener una relación satisfactoria, es decir, adecuada a la atracción que siente, pero al mismo tiempo también poco perjudicial, aunque posible, para la persona que inspira su deseo. Eso es, pienso, lo que se puede éticamente pedir de más y hacer mejor con el deseo que se siente. También inducir esa reflexión ética o, al menos, favorecer las condiciones de su elaboración, podría ser el resultado más importante de la reglamentación del acoso sexual.

Sin embargo, existe otro feminismo en ciernes en el primer libro de Catharine MacKinnon y del cual ella es la máxima exponente.

Efectivamente, Catharine MacKinnon tomó una dirección muy diferente. Pronto añadió a su argumento inicial que los hombres tienen el poder y que las mujeres no lo tienen; y el acoso sexual es un modelo, un paradigma, que permite pensar las relaciones heterosexuales como tales. En alianza con Andrea Dworking, MacKinnon llega a describir a los hombres como si siempre estuvieran en la posición dominante, y como si la dominación fuera su único objetivo, así como su único objeto de deseo sexual. A mi parecer, esta evolución fue un error trágico. En consecuencia, la estructura del acoso sexual dejaba de ser concebida como una contingencia determinada por un contexto institucional: se generalizó hasta el punto de manifestar una estructura social en la que los hombres dominan y las mujeres son dominadas. Por tanto, las mujeres eran siempre víctimas de chantaje, se encontraban siempre en un ambiente hostil. Peor todavía, el mundo mismo era un ambiente hostil y el chantaje era simplemente el modus operandi de la heterosexualidad.

¿Cómo se explica ese desplazamiento?

Es cierto que se encuentra en los primeros elementos de The Sexual Harassment of Working Women. MacKinnon explica que el acoso sexual se inscribe en la continuidad en la que se encuentran todo tipo de comentarios, bromas y otras conductas misóginas que circulan tanto en el interior como en el exterior de los lugares de trabajo.

Al plantear una dominación sistemática y global de las mujeres en la sociedad, establece la hipótesis de que el acoso sexual debe ser comprendido como algo que participa de este conjunto de discriminaciones, de degradaciones y de injurias que le dan forma a la existencia social de las mujeres.

Entonces, en ese momento emerge el debate sobre la pornografía, que va a desviar gran parte de la atención hasta ahí acaparada por el acoso y que recupera el análisis formulado sobre el acoso. Antes incluso de que MacKinnon se una a esa causa, dos grupos de feministas emergieron y se impusieron a nivel nacional como potentes organizaciones militantes. Una se llamaba wap (Women Against Pornography), y la otra wavpam (Women Against Violence in Pornography and Media). Las dos organizaron reuniones en las casas, las escuelas, las iglesias. Se mostraba a mujeres en documentos pornográficos, en particular en las escenas de dominación sexual, para explicar no sólo que las mujeres representadas eran sistemáticamente explotadas, sino también y, más generalmente, que la heterosexualidad se había construido sobre el modelo de la dominación y de la violencia. Esas reuniones tenían un objetivo explícito, que era el de promover la prohibición de la pornografía, incluso de toda representación mediática de la dominación sexual. Por lo que la Primera Enmienda se les planteaba también como un problema.

Efectivamente, la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense, lo más sagrado sin lugar a dudas, garantiza la libertad de expresión (free speech).

Las militantes antipornografía imaginaron dos soluciones para salvar tal obstáculo. La primera consistía en decir que se debe limitar la libertad de expresión porque no es una verdadera libertad. Para Andrea Dworking, sólo los hombres son libres, de tal manera que la libertad de expresión no es más que un instrumento en manos de los poderosos, por lo que la libertad de expresión no defiende otra cosa más que la libertad de los hombres de hacer lo que quieran —a las mujeres. La segunda solución consiste más bien en decir que la pornografía no consiste solamente en la expresión, es una acción. Para Catharine MacKinnon, la pornografía es un acto discriminatorio y no un simple discurso. La define de tal manera que es una forma de discriminación análoga a las que sufren las mujeres en la esfera del trabajo y más generalmente en el seno de la sociedad.

Para justificar esa amalgama, MacKinnon afirma que las imágenes pornográficas afectan directamente a las personas que las consumen e influyen sobre la construcción del género de manera que produce y reproduce la dominación y la sumisión, en una sociedad en la que los hombres son dominantes y las mujeres sumisas. Se trata de una enorme inflación del poder performativo de la expresión pornográfica. Lo que supone una inflación desmesurada a la que me opuse en la época y que no he dejado de cuestionar.

Desde un punto de vista político, una vez que la pornografía ocupó un lugar central, todo el tipo de cuestiones que habían sido planteadas sobre el acoso desaparecieron pronto. Por ejemplo, apenas se reflexionó en torno a las condiciones en las que la gente consume pornografía, y tampoco llamaron la atención los efectos verdaderos de ese consumo sobre los comportamientos sexuales, y de manera más amplia sobre la sociedad. Por supuesto que Andrea Dworking pretendió valerse de estudios empíricos que mostraban las consecuencias físicas y en el comportamiento, inducidas por el consumo de pornografía, aunque las encuestas apenas lo pueden corroborar, se contradicen y no se las puede tomar realmente en serio.

Esta deriva «pornocéntrica» no fue en absoluto aceptada por unanimidad.

Rápidamente se desarrolló una respuesta feminista en la que participé. El argumento era que se debía aprehender la pornografía como fantasma, un fantasma que la gente consume. Cuando se les pregunta si quieren hacer lo que ven, porque les da placer verlo, muchos son los que responden: «Para nada, sólo me procura placer de manera visual, pero no es necesariamente algo que querría hacer». En términos analíticos, el fantasma pornográfico puede funcionar como compensación: lo que no puedo hacer en la realidad, es lo que imagino con la pornografía. No sólo la imagen no provoca la acción, sino que es por falta de actuar que gozo con el imaginario. Algunas mujeres fueron a los barrios en los que se practica la prostitución como Times Square en Nueva York para interrogar a los grandes consumidores de pornografía. Eran en su mayoría marginados que no tenían mucho que hacer; el placer que obtenían de la pornografía tenía pocas consecuencias en sus miradas sobre las mujeres o en sus relaciones con ellas. Por otra parte, muchos eran radicalmente impotentes. La pornografía era para ellos un universo de compensación fantasmática.

Luego, la idea sobre que la pornografía tiene un vínculo causal sobre el comportamiento no se ha podido demostrar. Ahora bien, defender una tesis así implica vincular al feminismo con una especie de conductismo, como si los hombres fueran perros de Pavlov que ven pornografía e intentan imitarla de inmediato. Eso sería una concepción simplista de los fantasmas y me preocuparía si viese en el feminismo un intento de regular el universo de los fantasmas; mi propia ética, mi propia política me conducen a pensar que los fantasmas, incluso bajo esta forma institucionalizada, son más neutros.

Por otro lado, más que poner en marcha una policía de los fantasmas, se debe hablar de actos, de los actos de violencia contra las mujeres, de las agresiones, las violaciones y de los problemas más serios y graves a los que las feministas deben prestar atención. Aunque lo que ha sucedido, con el movimiento antipornografía e incluso con los desfiles contra la violencia (Take Back the Night, es decir, «recuperar la noche»), es que han prestado menos atención a las agresiones y a las violaciones reales que a las representaciones pornográficas. Parecería como si fuese más importante censurar ciertas imágenes que defender los centros de acogida para las mujeres maltratadas o para las víctimas de violaciones.

A diferencia de la lucha contra el acoso, el combate contra la pornografía se inscribe, implícita o explícitamente, en una visión de la sexualidad más dulce, libre de toda relación de poder, que podría ser denominada como utópica.

Para precisarlo, diría que con la promoción de la pornografía lo que está en juego no es solamente la cuestión de la sexualidad, masculina y femenina, sino sobre todo la significación del género. Lo que significa ser un hombre o una mujer: la mujer se definiría en su relación con la dominación, sin la cual desaparecerían las categorías de «hombre» y «mujer». Así, el hombre sería definido por su posición dominante en la sexualidad y la mujer por su posición de dominada. Sería entonces la dominación la que produce el género. No se trata solamente de la sexualidad, sino del género, de la masculinidad y de la feminidad, cuya definición descansa enteramente sobre la dominación. La utopía de una sexualidad más allá de la dominación la encontramos en Dworkin más que en MacKinnon, con la idea de androginia, así que clama porque los hombres renuncien a su pene. Ese es el trabajo de deconstrucción que persigue John Stoltenberg en The End of Manhood —para terminar con la masculinidad.

Me parece espantoso. No sólo para los heterosexuales que serían estigmatizados, sino también para los gais, las lesbianas, los bisexuales. Esa caricatura feminista de la dominación heterosexual iba en contra del esfuerzo del movimiento gay y lésbico, en el que me situaba, para pensar la sexualidad y el poder. Fue tras la traducción en inglés de La voluntad de poder en 1978. Se trataba de pensar el poder de manera más flexible y diversificada, más estratégica y, por tanto, más útil. Para algunas feministas era la ocasión de rechazar la idea sobre que las mujeres pedían ser protegidas, que querían una sexualidad inocente de toda relación de poder, de todo diferencial de poder. Ese movimiento por la libertad sexual coincidía de esa manera con una defensa de la libertad de expresión, al explorar una pornografía o un erotismo feminista. Pienso en una poetisa heterosexual como Sharon Olds; o en los relatos S&M lesbianos: hay una dinámica de poder, e incluso un elemento de violencia —y un verdadero trabajo sobre las relaciones de fuerza. La oposición entre los dos bandos feministas era radical.

Debemos añadirle a esto otro problema que plantea el movimiento antipornografía, la ley que en Indianápolis o en Minnesota han solicitado para luchar contra la dominación. Serán entonces los poderes públicos los que decidan si se trata o no de pornografía. Ahora bien, en varios Estados, toda representación de la homosexualidad se considera obscena. Por otra parte, lo que ha terminado sucediendo es que conservadores como Lynne Cheney y Jesse Helms han retomado esos argumentos para justificar la censura de una exposición de Robert Mapplethorpe, en la que las fotos mostraban cuerpos desnudos y relaciones homosexuales e interraciales, y en términos más generales, para determinar eso que en las humanidades es o no obsceno.

MacKinnon, al defender la idea de que la pornografía es la representación de la subordinación de las mujeres, pensó pasar por alto el problema. Pero cuando se observan los argumentos movilizados para prohibir la publicación del Ulises de Joyce en Estados Unidos, se ve que algunos se apoyan en la idea de que el libro supone una degradación de la mujer. Para mí, de manera general, la ficción, las películas, y todo lo que da cuenta de la estética supone una representación de la violencia, de la degradación. Ahora bien, tales representaciones resultan necesarias para la reflexión, incluso para defender un discurso moral.

Tanto en Estados Unidos como en Francia, la batalla se ha librado al mismo tiempo contra la pornografía y contra la prostitución.

Para vincular ambas se debe observar que los dos feminismos que evoqué ignoran o, al menos, desatienden, las condiciones reales de las mujeres que participan en la industria pornográfica —sus salarios, sus contratos, su protección social. Puesto que es una industria, un enorme negocio, con beneficios considerables. Y si bien es cierto que se puede ver en esa industria una forma de violencia, no metafórica sino literal, en particular en las snuff movies, resulta obligatorio reconocer que las condiciones de trabajo varían en gran medida, en cuanto algunas son bien pagadas y otras no. Existe una distancia enorme entre la call-girl y la mujer que hace la calle, sin contar con la que se contenta con fantasmas virtuales, por teléfono u otros medios.

Las feministas tardaron en ayudar a las trabajadoras del sexo, en términos de protección social, de sindicalización; no obstante, existen por ejemplo muchas madres solteras que viven en condiciones precarias. Las «feministas socialistas» (socialist feminist) se ocuparon de la cuestión: lo que les importaba no era la libertad de expresión, sino las condiciones sociales de esas mujeres.

Lo que es cierto para la pornografía no es menos cierto para la prostitución. MacKinnon pasa por alto la cuestión de la libertad concreta. ¿Cuáles son las condiciones de consentimiento? Para ella, como la prostitución es degradante para las mujeres, éstas son incapaces de consentir: su humillación las priva de la capacidad de consentir. Si algunas mujeres dicen que la prostitución surge de una elección estratégica por su parte, MacKinnon sólo ve falsa consciencia y, por ende, un falso consentimiento, al decir por ejemplo que ellas fueron víctimas de abusos durante la infancia.

Sucede que para ciertas mujeres de clases populares, en un país como Estados Unidos, puede ser preferible ser una trabajadora del sexo a una simple trabajadora, puesto que los horarios pueden ser menos cómodos en un puesto de secretaria, sin hablar de los ingresos que son más bajos. Las elecciones se encuentran estructuradas por coacciones que se inscriben sobre todo en la economía. Ya se trate de una secretaria, de un ama de casa o de una prostituta, todas exponen su cuerpo en primera línea, todas negocian una sumisión del cuerpo a los horarios y a las condiciones de trabajo que no les ofrecen a cambio gran cosa.

Había un grupo formidable llamado Coyote, que en los años ochenta luchaba por la sindicalización de las prostitutas. En cuanto había algo que hacer en torno a las condiciones económicas, de seguridad, de salud (pienso sobre todo en el sida). Para mí, resulta incomprensible que algunas feministas se desinteresen de esas cuestiones, ya que al estar demasiado ocupadas en la denuncia moral no se ocupan de las vidas concretas de esas mujeres.

Entonces debemos preguntarnos en qué medida un intercambio sexual es más problemático que otras formas de intercambio económico en el mundo laboral. Sobre todo cuando hay otras situaciones en las que las mujeres apenas obtienen placer sexual. ¿Por qué no existe un estudio que compare la alienación de la sexualidad en el matrimonio y en la prostitución? La prostituta puede decir «50 dólares la mamada», o «subimos media hora». En el matrimonio no se producen esas condiciones. Y hay que levantarse, prepararle el desayuno y hacer como si él hubiera estado espléndido. Al menos en la prostitución, la mujer puede pedir a quien la mantiene que le garantice su tiempo y su trabajo.

En Francia, se suele escuchar a menudo esa argumentación cuando se trata de prostitutas independientes. Depender de un proxeneta no sería como una disminución de la libertad.

¡Aunque es sobre todo por eso que se necesita un movimiento sindical! Defiendo la idea de que las mujeres deben poder controlar antes que nada las condiciones del ejercicio de sus prácticas.

Sin embargo, una cosa es decir que fuera de la prostitución las mujeres no gozan de condiciones económicas gloriosas, ni de una vida sexual deseable, para pensar la prostitución en relación a la explotación en el trabajo o la dominación en el matrimonio. Aunque otra es la de plantear que no existe diferencia fundamental entre vender (o más bien alquilar) su fuerza de trabajo y su trabajo sexual. Es lo que un gran número de feministas rechazan, tanto en Francia como en Estados Unidos, al hablar de esclavitud.

Ilustracion-Elian-Tuya

Ilustración Elian Tuya

No puedo pensar que exista, si hay un control sobre sus condiciones de trabajo, comenzando por el salario, que se pueda hablar de esclavitud. Sobre todo, dudo de que un argumento sobre la pureza, que se opone a la prostitución en nombre de una sexualidad femenina santificada, no imponga su tono de superioridad moral en detrimento de una toma de consideración sobre las condiciones económicas reales de las mujeres.

Hoy se habla sin duda menos de una pureza femenina que en la época victoriana. No se trata tanto de plantear la virtud natural de la mujer en oposición a la lujuria del hombre para concluir que la prostitución priva a la mujer de su feminidad. Así, la sexualidad es la que remplaza a la inocencia. Lejos de asumir el puritanismo, nuestros contemporáneos le dan el más alto valor a la sexualidad. También la prostitución aparece más como una profanación de la pureza femenina, pero sobre todo como la alienación de la autenticidad sexual que nos define. Decir que la esposa no se siente a gusto sexualmente en su matrimonio no cambia nada, sin duda, responderemos que se debe comenzar por luchar contra la alienación y en cierta medida la prostitución da un buen punto de partida. En resumidas cuentas, hoy la sexualidad se encuentra más allá de la prostitución.

La sexualidad se vuelve ontológica. Vemos efectivamente grandes debates metafísicos en torno al deseo. Por ejemplo, el informe Kriegel sobre los medios de comunicación parece sugerir que el deseo está amenazado de extinción por la pornografía. El deseo normal y normativo sería destruido por el consumo repetido y mecánico. El informe parece indicar que el deseo sería una huella fundamental de nuestra humanidad. Para otros, no sería el deseo sino el consentimiento lo que tiene suma importancia y lo que define nuestra humanidad. En ese debate, algunos aceptan y otros rechazan la idea según la cual la pornografía y la prostitución, que implican la mercantilización de la sexualidad y de todo lo que concierne al deseo, atentan contra nuestra humanidad. Sin embargo, las tomas de posición sobre la prostitución, «a favor» o «en contra» que he podido leer en la prensa francesa, parecen compartir un presupuesto que se refiere a la libertad. Para oponerse a la prostitución, en tanto que ella impide la libre expresión del deseo, se reduce el intercambio sexual mercantil a una pura coerción. A la inversa, para defender la prostitución, se hace como si la persona prostituida eligiera libremente un contrato sin ningún tipo de obligación. En los dos casos, me parece que falta el hecho de que la sexualidad es el resultado siempre de una negociación incluida en fuerzas sociales e inconscientes, que muchas veces burlan nuestras elecciones. Nuestra capacidad de actuar consiste en trazar un camino entre los deseos que son por un lado coerciones y por otro libertades. Nuestra libertad no está «libre» de condiciones sociales. Lo que hay de humano aquí es la negociación, el hecho mismo de que realicemos elecciones, de que debamos elegir, incluso cuando nuestra elección está coactada por modalidades que no hemos elegido.

Rechazas entonces la metafísica del deseo que se escucha en un lado y otro de Francia.

Me parece, no obstante, que si se remplaza la metafísica por una fenomenología del trabajo sexual, se llega a conclusiones totalmente diferentes. Hay en primer lugar una variedad de profesiones, que van de la calle a las prácticas de lujo. En cuanto a la cuestión de saber en dónde está el deseo para las trabajadoras del sexo, eso conduce a respuestas complejas. A principio de los años ochenta, ayudé a algunas prostitutas que eran seropositivas, y descubrí que un gran número de ellas eran profundamente exhibicionistas, o que estaban orgullosas de sus prácticas. Algunas odiaban a los hombres con los que trabajaban y otras no. Eran unas relaciones muy diversas, unas amaban a tal tipo y no al otro. Uno era triste, el otro divertido. En cuanto a ellos, iban por el sexo aunque algunos se quedaban sentados sobre la cama contando sus historias y se les escuchaba. La diversidad de la prostitución también es así, y ni el deseo, ni el consentimiento, se encuentran del todo ausentes. En consecuencia, tomar la prostitución por una experiencia unívoca en la que un hombre goza en detrimento de una mujer que no siente placer y que pierde su humanidad, al volverse un instrumento de la satisfacción del cliente, implica cerrar la puerta a la complejidad que ofrecería una fenomenología de las diferentes situaciones concretas. Dicho eso, evidentemente existen riesgos y peligros considerables vinculados a ese tipo de actividades, de tal manera que toda feminista digna de ese nombre debería ocuparse de la sindicalización de las prostitutas.

Sobre la cuestión de la humanidad del deseo podría decir todavía algunas cosas más. Conozco una mujer que trabaja como publirrelacionista en los ambientes nocturnos. Ella acuerda favores sexuales remunerados a los hombres, por lo que entra en la categoría de «prostituida». En todo caso, es una trabajadora del sexo. Sin embargo, diferencia entre la sexualidad en la relación que tiene con el hombre al que ama y en las que se producen en su trabajo. Podemos preguntarnos entonces: ¿Qué pensamos de una vida así, dividida de esa manera? ¿Hay algo de inhumano, de degradante, o se trata de una manera de organizar la sexualidad, el amor, de manera que, por un lado, se preserva la humanidad, al mismo tiempo que se conserva una capacidad estratégica para sobrevivir económicamente, valiéndose del recurso que es su propio cuerpo?

Mucha gente tiene relaciones sexuales con gente de la que no conoce el nombre. ¿Qué se puede decir de esa sexualidad sin consecuencias (casual sex)? Se entra en la vida de alguien, se sale, se sirve uno del otro, por razones precisas y sobre la base del deseo. Se dirá «en cuanto hay deseo es humano». De la misma manera, se puede unir con una cena o no, eso forma parte de las motivaciones o no. Puede ser que esta persona tenga dinero, o un buen coche, se van a divertir, a dar una vuelta. ¿Estamos preparados para decir que los cálculos en principio, incluso los económicos, a corto o a largo plazo no tienen nada que ver con la sexualidad ordinaria? A veces sí, a veces no. Pero no creo que el deseo sea puro, social y psicoanalíticamente, esa concepción me parece bastante ingenua.

Se desea a alguien por múltiples razones. Cuando alguien se quiere casar ¿Cómo elige? ¿En su compañero, una mujer busca al padre de su hijo? ¿No hay un cálculo, una apreciación social? ¿No hay elementos sociales que constituyen lo deseable y el deseo? Una vez que se admite esta construcción cultural del deseo y se les incluye en las negociaciones, la cuestión de la libertad se plantea de otra manera. No se trata sólo de una elección transparente. Siempre hay una cierta opacidad en el deseo, porque algunos elementos culturales trabajan nuestro deseo y contribuyen a producir los objetos de nuestro deseo. ¿Qué puedo hacer con el deseo? ¿Trabajarlo constantemente? No es una libertad pura. Es una cuestión ética, se trata de decidir las condiciones de nuestras prácticas sexuales.

Se trata de un desplazamiento, de la metafísica a la ética.

Sí, y la cuestión es ¿qué elecciones puedo hacer, dada mi construcción y mi posición? ¿Partiendo de un contexto preciso, cómo puedo aumentar mi parte de autonomía? •

© Vacarme
Traducción de Hero Suárez
Ilustración de Daniel Guzmán

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