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Por Ernesto Kavi

No es frecuente que un poeta escriba una novela. Y, cuando lo hace, es lícito preguntarnos por las razones que lo empujaron a acometer tal empresa. La poesía es un ejercicio cotidiano, porque se alimenta de todo lo que nos rodea, a cada instante, conversaciones, imágenes, rostros, ruidos, viajes, recuerdos. Para abrirse al poema es necesario abrir nuestro cuerpo al mundo, poner atención en cada una de sus frases, en cada acento, cada tono, escuchar cuidadosamente lo que trata de decirnos. La poesía es un ejercicio cotidiano, muy difícil; pero no es necesario escribir todos los días un poema. Por el contrario, hay que ser pacientes, dejar que la materia con la que construiremos el poema se vaya acumulando poco a poco, como el ámbar, como una savia o una resina que tarda años en crearse; sólo entonces, cuando hayamos acumulado la suficiente materia, podremos escribir. La prosa es diferente, necesita una práctica habitual, casi urgente. No necesita la espera, es inmediata, se abre camino como un fuerte caudal, desborda, va anegando todo a su paso, y ése es su problema, su fuerza, su rapidez, su incontinencia, que pueden destruir todo lo que atraviesan. También la lengua. Pero, cuando un poeta escribe una novela, no puede ocurrir eso. Su mayor tesoro es la lengua, y no puede permitirse lastimarla. Tiene que lograr el difícil equilibrio entre la premura y la paciencia, entre el ruido y la música, entre la rapidez y la inmovilidad. Quizá el mayor ejemplo de ese equilibrio sea Pedro Páramo. Pero no todos los poetas lo han logrado. Sabemos que Octavio Paz intentó escribir una novela y, después de unos cientos de páginas, se dio cuenta de que lo mejor era destruirla.

Pero, ¿por qué un poeta escribe una novela? Es una pregunta para la que me parece difícil encontrar una respuesta. La más obvia es que se trata de un ejercicio, una especie de entrenamiento, o de prueba, para la gran batalla que es el poema. Como respuesta no me satisface, porque hay otros ejercicios mucho mejores, como los cuentos, los ensayos, las cartas, los diarios. Hay otras respuestas, más inmediatas, más sencillas, más fuertes. A Roberto Bolaño, quien siempre se consideró poeta, fue la responsabilidad de alimentar a sus hijos lo que le empujó a escribir novelas, a los cuarenta años, imaginando que años podría ganar un poco más de dinero. Quizá la respuesta sea: la necesidad. La necesidad de entrenarse, la necesidad de ganar dinero, o prestigio, la necesidad de conocer todos los aspectos de la lengua, aun de maltratarla, subyugarla, uniformizarla, darle un propósito, exigirle que descienda a la tierra y sea una herramienta más en nuestras manos, y no pájaro solitario surcando el cielo.

Fabio Morábito es un caso especial. Y no porque su lengua materna no sea el español, sino porque sus dominios, su origen, su tierra natal, su lengua materna, es la poesía. Quiero decir, es evidente, si recorremos un poco su literatura, que se trata de un poeta, que es alguien que espera, que escucha, que pone atención, que cuida la lengua, y que nunca intentaría transformarla en su esclava, porque sabe que, en cualquier momento, podría liberarse y atacar. Sólo los novelistas creen que la lengua se puede controlar y ser utilizada, sin ninguna consecuencia, para nuestros fines. Morábito no. Por eso en El lector a domicilio, su segunda novela, lo sentimos dudar, caminar lentamente sobre un lago congelado, poniendo el máximo cuidado en no tropezar, en no permitir que la fina capa de hielo por la que atraviesa se rompa. El lector a domicilio es una novela de poeta, es decir, no quiere contar algo, lo importante no es la historia, sino permitir que el libro acoja los sonidos con los que se tejen las historias, y que resuenen hasta nosotros, de forma clara, como si fuese la primera vez que abrimos nuestros oídos en el inicio del mundo. La historia que narra es sólo una metáfora de todo esto.

Eduardo, el protagonista, un hombre de treinta y cinco años, empleado en la mueblería que fundó su padre, incapaz de dar un propósito claro a su propia vida, ha cometido una pequeña infracción a la ley y, para redimirse, debe cumplir con algunas horas de trabajo comunitario. Lo insólito es el tipo de trabajo que debe acometer: lector a domicilio. Tiene asignadas siete casas. Lee para personas que, como él, no parecen haber encontrado su lugar en el mundo, o que han decidido renunciar a sus vidas, abandonándose a una existencia casi mineral, abocada a la petrificación del cuerpo.

Sus anfitriones son seres difíciles de comprender, no por una oscura profundidad, sino por su extrema superficialidad, como si fuesen una clarísima planicie. Los hermanos Jiménez: dos hombres enclaustrados en su casa, uno de los cuales, mudo y acaso retrasado mental, es el títere del otro, pero en realidad nunca sabemos con certeza quién controla a quién. Sólo escuchan las lecturas de Eduardo para burlarse de él, a veces hasta la crueldad. Son los primeros en darse cuenta de que Eduardo es como un títere que no entiende ni escucha lo que lee. La familia Vigil, un hogar en el que todos son sordos, excepto los niños, pero ellos simulan serlo, se sienten obligados a serlo. Como si en esa familia escuchar fuese la peor vergüenza, la peor de las faltas morales. Los Reséndiz, un matrimonio acaudalado cuyo único interés es organizar reuniones y escalar en la estima de la pequeña burguesía de provincias en la que viven. El coronel Atarriaga, ya retirado, solitario, cansado, cuyo único placer es dormir mientras Eduardo lee en voz alta. Margó Benítez, cantante de ópera, una mujer madura y bella postrada en una silla de ruedas pero, sobre todo, en los anhelos de lo que pudo ser su vida. Es ella quien, con su dulzura, le hará comprender a Eduardo que, de alguna forma, no sabe leer, porque no escucha. Para cada uno hay un libro en particular : El desierto de los tártaros de Buzzati; La isla misteriosa de Julio Verne; Otra vuelta de tuerca de Henry James; los poemas de Gianni Rodari… Pero ninguno de esos libros importa. Nunca escuchamos sus líneas, su música, sus historias. Son libros mudos.

Morábito tiene una obsesión por la escucha, por la música de la lengua, por los sonidos del mundo. Quizá ésa es una obsesión que todo poeta tiene. Porque la poesía y la música son lo mismo. Perder el oído, para un poeta, es perder el rumbo, extraviarse, volverse roca o tierra yerma. Sin el ritmo, la poesía no es nada. En la novela de Morábito todos han perdido el oído, todos han perdido la facultad de escuchar. Todo es ruido o silencio. No música. Todos viven en una tormenta de estridencia y furia, de desesperanza y dolor, incapaces de hallar un ritmo. Nadie entiende nada de lo que lee Eduardo, ni siquiera él mismo. Las lecturas a domicilio son reuniones para paliar la soledad, para colmar alguna falta, para conciliar el sueño, para organizar fiestas. Pero a nadie le importa la lectura en sí, ni los libros, ni las historias. Quizá la única que no ha perdido el oído es la cantante, Margó Benítez. Ella enseña a Eduardo a poner atención a cada palabra que lee. Es la primera en reprocharle que no lee con atención, que se ausenta cuando comienza la lectura. Pero él no parece entenderla del todo. Porque, perder el oído, es encerrarse en sí mismo, enclaustrarse en la soledad. En la novela, Margó Benítez quedará muda por siempre, porque nadie nunca habrá sabido escucharla.

El lector a domicilio es un Bildungsroman, una novela de aprendizaje. Pero el paso hacia la madurez no está cifrado en el transcurrir del tiempo, en los años de estudio, en las aventuras y los fracasos del amor, sino en la iniciación hacia la escucha. Eduardo pasa del silencio a la música, del ruido a la armonía, de la sordera a la apertura del oído. La novela narra la historia de un hombre sordo que recupera la capacidad de escuchar, gracias a la literatura y, fundamentalmente, gracias a la poesía. «Desensordecer, dice Eduardo, es el mejor fruto de mi breve carrera de lector a domicilio (…) También aprendí a quitarme mi sordera innata, a salir un poco, entre tantos sordos, de mi burbuja, y a saber lo que digo cuando me oigo decirlo. Así he llegado a mis treinta y cinco». Y Eduardo festeja su nuevo año, su nueva vida, rodeado de la familia Vigil, los únicos que son sordos de nacimiento, pero también los únicos que supieron reconocer, y aceptar, que saber escuchar no tiene nada de vergonzoso, y que abrirse a los otros, abrirse al encuentro del mundo y, quizá, a la felicidad, no es ninguna falta.

Y, finalmente, podríamos decir que El lector a domicilio es una novela sobre la culpa. «¿Cómo un hombre puede ser culpable?», se pregunta Kafka en El proceso. Y Morábito parece querer responder a esa pregunta a lo largo de su novela. Y nos dice que la única culpa del ser humano es su sordera, que es como decir su soledad, su encierro, su incapacidad para acoger a los seres y a las cosas del mundo. La única culpa del ser humano es no aceptar la vida. Pero, dice Morábito, esa culpa se puede redimir. Y se puede redimir de la forma más sencilla: leyendo libros, aprendiendo historias, escuchando la música de las palabras. La expiación de nuestra única culpa está en la poesía. Porque la poesía es un don, el don de todo lo que somos y tenemos en la vida, pero que ignoramos poseer. La poesía es aquello que nos permite verlo, escucharlo, darle presencia, hasta convertirlo en música, en aire que entra por las puertas abiertas de nuestra existencia. En El lector a domicilio Fabio Morábito nos ha dado una lección de música, nos ha enseñado a deletrear nuestro nombre, a escuchar a los seres del mundo, y a salir, por fin, de nuestro propio silencio, y plantar así, como quería Rilke, un alto árbol en nuestro oído.

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El lector a domicilio
Fabio Morábito
Narrativa Sexto Piso 2018 • 162 páginas

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