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Por Valeria Villalobos

¿Emily Dickinson es más fantasma de lo que fue persona?¿Y eso de qué depende, cómo se mide qué tan persona y qué tan fantasma serás? ¿Seguimos a Berkeley y sólo lo que es percibido es real?¿Y si percibimos seres ingrávidos, fantasmas?

Los ingrávidos, de Valeria Luiselli —quien recientemente se volvió la primera mexicana en obtener el American Book Award por Los niños perdidos (Sexto Piso, 2016)— , se cuestiona: ¿cuál es la lupa con la que percibimos la realidad? Al terminar de leer la novela, la respuesta inmediata sería: el lenguaje, la literatura; sin embargo, el lenguaje, como lente de la percepción, está bastante lejos de ser microscópico y mucho más cerca de ser espectral.

Esta primera novela cuenta de manera fragmentaria dos historias que poco a poco se funden o se difuminan mutuamente; por un lado, una mujer, madre de dos hijos, escritora y esposa, narra su actualidad familiar y su pasado como editora en Nueva York, mientras intenta escribir una novela que gradualmente afecta su matrimonio. Esta mujer, una especie de Emily Dickinson, se va gradualmente confinando, incluso del libro mismo. Por otro lado, el poeta Gilberto Owen se pesa diariamente atemorizado por convertirse en espectro y relata sus últimos años de vida. Enfermo y divorciado, Owen rememora su juventud neoyorquina en la década de los veinte al lado de Federico García Lorca, Louis Zukofsky y otros poetas de la época.

La mujer y Owen tienen una particular afinidad: ambos se encuentran fantasmas en el metro; ya sea que se tropiecen con fantasmas el uno del otro, o de escritores que han ayudado a construir su visión de la realidad. Pero eso no es lo único, ambos viven entre personajes espectrales, presencias fantasmales que van y vienen, cuya existencia, en ocasiones, incluso se pone en duda. Más allá de esto, ambos comparten espacios y objetos: a veces el rostro de Ezra  Pound, a veces un abrigo rojo, conversaciones, una maceta, unos gatos o sonidos. Mientras Luiselli narra ambas historias, poco a poco va acortando los espacios temporales que las dividen. La voz de la mujer aparece y desaparece entre la voz de Owen, fundiéndose entre casualidades que buscan diluir el tiempo lineal, para inaugurar el tiempo de la literatura: un tiempo que permite una yuxtaposición de momentos y cruces temporales, donde el futuro afecta tanto al pasado como el pasado al futuro. Una suerte de guiño historiográfico.

«Una novela vertical contada horizontalmente», repite constantemente la novela, a veces en voz de Owen, otras en voz de la mujer, otras más, en voces inubicables; esto recuerda a la sentencia de Borges en «El aleph»: «Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré». Esa novela vertical es una alusión metaficcional a Los ingrávidos, pues ésta busca la yuxtaposición de tiempos, le estorba lo sucesivo del lenguaje para colapsarlos, por ello su fragmentariedad y la sobrecarga simbólica de las palabras le son inminentes. De ahí que la conversación sobre la complejidad del lenguaje vaya mucho más allá de la catalogación de enunciados «analíticos o sintéticos», como lo  dice el personaje Homer. Una maceta, en la obra de Luiselli, no es sólo una maceta, ni una azotea es sólo ella misma, es una mezcla de tiempos que conversan entre sí a pesar de la distancia que los separa. El lenguaje en Los ingrávidos es un intento por lograr la máxima de Pound: la literatura es lenguaje cargado hasta el máximo de sus posibilidades. Es esta sobrecarga la que permite una ruptura en el tiempo, la que posibilita que Owen y la mujer, a pesar de los cincuenta o sesenta años que los distancian, conversen, se influyan.

«Si yo recitaba un pedazo del Paterson cada vez que caminaba por cierta avenida, con el tiempo esa avenida sonaría a William Carlos Williams. La boca del metro de la estación de la calle 116 era de Emily Dickinson…», dice la protagonista, quien también percibe el Hudson de acuerdo con Martín Luis Guzmán. En Los ingrávidos, Owen y la mujer aprehenden el mundo a través de lo que leen: su aproximación a la realidad —lo que quiera que esto sea— está condicionada por la ficción. Las apariciones en el metro que vive Owen lo llevan a escribir un poema, que, décadas después, permitirá a la mujer percibir el subterráneo como lo hace, y al mismo tiempo es la aparición fantasmal de la mujer la que posibilita a Owen escribir el poema. ¿Cuál es entonces la obra palimpsesto de la percepción de ambos? «¿…quién es fantasma de quién?».

«Tal vez sea justo que las palabras no contengan nada, o casi nada. Que su contenido sea, cuando menos, variable», explica la protagonista. Si la literatura y las ficciones que aprehendemos ayudan a moldear la manera en que percibimos el mundo, cuando el lenguaje se nos manifiesta borroso, cuando aparentes obviedades de la lengua (como las que enuncia el hijo mediano de la mujer) muestran más misterios que evidencias: vivimos una realidad fantasmal, donde aquello que pensamos que es una cosa es también fantasma de muchas otras. Es  así como Luiselli muestra el lenguaje como detrito de la memoria y de otros tiempos en constante convergencia.

Desde esta perspectiva del lenguaje y del tiempo, todos quedamos parados como fantasmas, incluso el lector. Así como los personajes de Los ingrávidos, nosotros con cuántos interlocutores invisibles no nos comunicamos día con día, entre cartas, pensamientos, recuerdos y desde luego, novelas.

 

IngravidosLos ingrávidos
Valeria Luiselli
Narrativa Sexto Piso
2017
144 páginas

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