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Variaciones sobre el arte, el mar y el Mediterráneo

Por Carmen Pardo

Si al término del siglo XXI los relatos hubieran dejado de ser espacios de recogimiento, entonces la primera mitad de este siglo bien podría recorrerse como una vasta galería de imágenes y de sonidos donde el sedimento de los tiempos se confunde. De entre todas esas imágenes, hay particularmente una que, a menudo, se desliza por nuestro imaginario produciendo una extraña mezcla de placidez y desasosiego. Se trata del grabado Bajo la gran ola de Kanagawa de Katsushika Hokusai (1760-1849). Esta obra, que pertenece a la serie de las Treinta y seis vistas del monte Fuji, muestra una tempestad que forma una gran ola a punto de engullir unas barcas que vuelven sin pesca a puerto. Al fondo, el monte Fuji con su cumbre nevada hace de contrapunto estático. El tema principal de la obra, la gran ola, no ocupa el centro sino que ha sido desplazado a la izquierda. Esta decisión de Hokusai es importante porque, por un lado, obliga al espectador a recorrer toda la obra, y por otro lado, contraría los hábitos de lectura que desde la era Heian, se practicaban de derecha a izquierda. Hacer avanzar la ola desde la izquierda y recorrer el cuadro hacia la derecha es un modo de dotar de más dramatismo a la imagen.

Unos años más tarde, en 1854, se celebra la Convención de Kanagawa, que supone la apertura de varios puertos japoneses al comercio estadounidense. Cuatro años después, se firman acuerdos comerciales entre Japón y Europa, teniendo como elemento común el deseo de fragilizar al imperio nipón. Entre los resultados de estos acuerdos comerciales, se encuentra la llegada a Europa y a Estados Unidos de productos japoneses.

La Exposición Universal de Londres (1862) acoge toda una colección de estampas de Hokusai. Cinco años más tarde, en la Exposición Universal de París se puede contemplar Bajo la gran ola de Kanagawa junto al resto de la serie. Las obras de Hokusai causan una gran impresión en numerosos artistas y desatan la pasión por la cultura japonesa. Estas estampas del periodo Edo —ukiyo-e o imágenes del mundo flotante—, penetran el imaginario artístico, social y cotidiano de la burguesía. Los interiores de sus casas son ocupados por bronces, cerámicas, cristales y muebles de corte japonés. Charles Baudelaire poseía estampas japonesas que también regalaba a sus amigos. Del músico Claude Debussy contamos con dos fotografías de 1910 que nos muestran al compositor en su apartamento de la avenida Bois de Boulogne. Debussy aparece sentado en un sillón y junto a él, en una de ellas el músico Igor Stravinsky y en la otra el compositor Erik Satie. En ambas, al fondo podemos ver el grabado de Bajo la gran ola de Kanagawa. Cuando compone su obra El mar. Tres esbozos sinfónicos para orquesta (1905), Debussy escoge como portada de la partitura la obra de Hokusai, aunque reducida a la imagen de la gran ola.

Si con El mar, Debussy deja escuchar los ritmos cambiantes de las olas y los encuentros imprevistos de la resaca marina, nada se percibe en cambio de esas barcas ni de la suerte que sin duda correrán sus tripulantes. El mar de Debussy es como nuestro mar, en calma o agitado, pero siempre hermoso. Las imágenes de nuestro mar son las de un mundo flotante en el que nos zambullimos en verano intentando olvidar que esa ola va a engullir las tres barcas. Nuestra mirada no contraría los hábitos estéticos contraídos con el mar desde que los primeros «baños de ola» terapéuticos dieran paso al turismo de sol y playa.

Si en palabras de Raymonde Isay, el japonismo fue el equivalente del descubrimiento de un continente estético nuevo, las barcas cargadas de dolor en el mar Mediterráneo, para muchos nuestro mar, son la constatación de un continente ético que marcha a la deriva.

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