Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Viajes mujer adentro | Margo Glantz

1.

Soy una viajera obstinada, impenitente, quejosa. Viajo como si fuera mi único destino, un destino impuesto por los hados (adversos); por ello intento hacer una operación contradictoria aunque literaria: además de viajar hacia fuera, visitar países, ciudades, playas, inicio un viaje mujer adentro para tratar de explicarme las causas de esa agitada circularidad que cuando vivía en París, en mis ya lejanas épocas de estudiante, dibujaba una extraña figura en el territorio de los transcursos, pero común en el de la retórica, el oxímoron. El movimiento perpetuo que entraña todo viaje se transformaba de pronto y, gracias a un estado de conciencia singular, en el regreso, es decir, antes de haber viajado ya estaba de vuelta cancelando el viaje y nulificando su sentido.

Recuerdo alguna vez, cuando llegamos Paco López Cámara y yo por primera vez a Estambul en 1954, la legendaria Constantinopla, dirigirnos a nuestro hotel —por cuestiones económicas situado en un suburbio no muy elegante de la ciudad—, tener la sensación de no haber salido de la Ciudad de México y recorrer incesantemente calles idénticas a las de uno de sus barrios populares, la Lagunilla; las callejuelas de repente se abrieron y se transformaron en el Cuerno de Oro, una enorme perspectiva, la vista soberbia, el sol iluminando apenas el mar y entre el fondo brumoso del cielo la silueta de los innúmeros minaretes y las cúpulas de las mezquitas de la vieja ciudad; la visión me dejó suspensa, maravillada, y, sin embargo, en un acto malabar y súbito de conciencia ya estaba de regreso en París, llorando desesperada porque iba a dejar de ver el Cuerno de Oro, cosa que en verdad me sucedió como sucede en cualquier viaje, a pesar de que seguía contemplándolo, absorta, extasiada, en ese preciso instante, desde un recodo milagroso de la ciudad. No sé si me explico, pero lo que sí sé es que mis viajes se hacen pero al mismo tiempo se deshacen: apenas empezados los anulo en el pensamiento y de manera inexorable regreso al punto de partida.

Decir que Estambul es bella es repetir un lugar común, pero no puedo dejar de repetirlo, Estambul es una ciudad bella, bellísima. La visito de nuevo en noviembre del 99, poco antes de cambiar de siglo, aunque no sé bien si el siglo empezaba en el 2000 o en el 2001; voy con Renata, mi hija menor. Empezamos nuestro periplo en la antigua Bizancio, luego Constantinopla, conquistada por los turcos en 1453, quienes dejaron intactos —minaretes más o menos— algunos de los más bellos edificios de la ciudad antigua: Santa Sofía cuya silueta bizantina define el paisaje del Cuerno de Oro, convertida en modelo fundamental de mezquita; la cisterna con sus miles de columnas y, una, cuyo capitel invertido ostenta unas medusas cuya capacidad de producir horror se ha perdido, medusas iluminadas, serenas, sumergidas en ese castillo subterráneo, la cisterna llamada Yerebatan Sarayi.

Salimos. Arriba, otra columna, carbonizada, construida por orden de Constantino I en 325 de nuestra era, ejemplo de sincretismo: el emperador hizo representar en ella imágenes paganas y cristianas, incluyendo la piedra de la que Moisés hizo brotar el agua; cerca, los clavos de la Cruz de Cristo fundidos dentro de la corona que decoraba la estatua del emperador Constantino— Apolo (?). La Kariye Camii, la antigua iglesia bizantina de San Salvador en Chora, convertida en mezquita en 1511 y ahora museo, ostenta hermosos mosaicos y frescos muy bien conservados. En el museo de antigüedades destaca el mausoleo de Alejandro, ornamentado con apolos, océanos, cleopatras: es importante recordar que los famosos caballos de Venecia, los de la Catedral de san Marcos, ahora substituidos por copias, fueron un botín de guerra traído desde Constantinopla.

El imponente acueducto, en perfecto estado; debajo de sus columnas pasan los taxis amarillos y las mujeres con las cabezas cubiertas; en mi primer viaje, pocas iban veladas: desde la época de Ataturk se intentó liberar a las mujeres; Ataturk, caudillo vestido de smoking con cara de galán de cine mudo, cuyo retrato está en todas las paredes de agencias de viaje, correos, ferrocarriles, paradores, museos, etc., una especie de Stalin avant la lettre, prefigurando a un nuevo dictador, Erdogan, quien quiere hacer retroceder la historia.

Y los bazares y los vendedores de tapetes a granel, enojados porque no queremos comprarlos, me increpan, «todos vienen a Estambul a comprar tapetes y ustedes me desprecian»; en el bazar se vendía además yogurt, avellanas, azafrán, cojines y miles de pieles para abrigos de cuero mal cortados y amontonados en las vitrinas, también colas de ¿zorro? en paquetes informes y mal cerrados, en las calles, los desperdicios colocados en montones de basura visitados por innumerables gatos.

El panorama vuelve a ensancharse de repente y reaparece el Cuerno de Oro con su tenue neblina azulada, el agua extensa, mucha gente —¡es una gloria, decimos!—, aunque yo sepa que no hay gloria sin purgatorio ni sin infierno y que en Turquía mucha gente vive sin alcanzarla jamás: ¿los kurdos?, ¿las mujeres?, aunque hay quien dice —y Renata está de acuerdo— que se las ve felices y serenas, aunque sólo excepcionalmente dejen asomar un mechón de pelo o la cabellera completa cortada a la moderna, y mucho más extraño aún, algunas van en minifalda, obviamente en su trabajo como cajeras de banco de una trasnacional.

La Mezquita Azul es una Santa Sofía a lo bestia —hermosa—, situada enfrente con sus seis minaretes, sus cascadas de cúpulas y medias cúpulas, mandada a construir por un sultán famoso, Ahmed I, e inaugurada un año antes de su muerte, acto para el cual, en signo de humildad, Ahmed usó un turbante imitando las babuchas del profeta Mahoma, cuya enorme huella —de caminante empedernido— tuvimos ocasión de admirar en el palacio de los sultanes, el Topkapi, repleto de joyas milyunochescas, único calificativo que se ajusta a su esplendor. A la mezquita entramos sin zapatos —mis medias están rotas—, y nos obligan a cubrirnos la cabeza con unos pañuelos sudados. Los hombres rezan en su pedacito de tapete, se arrodillan, se extienden sobre el suelo, (yo necesitaría años de hacer yoga para obtener esa flexibilidad), las mujeres y los turistas permanecemos en la periferia. Renata está fascinada, quiere visitarla de nuevo, antes de partir de Estambul hacia París, mi ciudad preferida, ¿ciudad demasiado occidental, quizá demasiado previsible?

Siempre me ha parecido fascinante la cultura del harén (lo prohibido, el lugar de lo santo): el sultán se rodeaba de mujeres o de eunucos, muchos de ellos negros, para detectar el adulterio. ¿Era posible? Curiosa exclusividad. Mundo hermético, femenino, mundo de intrigas, rumores, deseos frustrados. Afuera, en los salones, el ámbito de lo político, los visires con sus turbantes, los jenízaros y sus alfanjes, la ceremonia, los rituales. Dentro, la madre, las concubinas, las hermanas, las primas y sobrinas, las criadas, los eunucos, los hijos pequeños, posibles sucesores al trono.

Junto a la mezquita, el cementerio con los mausoleos de varios sultanes y sus favoritas.

2.

Evidentemente he viajado en tren, en avión, en autobús, en barco o he pedido aventón en las carreteras europeas o hasta en un coche Hillman que alguna vez compramos Paco y yo que nos llevó por la antigua Yugoslavia en tiempos aparentes de prosperidad (en México), para visitar la costa Dálmata, entonces totalmente virgen (apenas había carreteras) y tan barata que nos alojábamos en hoteles principescos cerca de las antiguas ruinas romanas y comprábamos por una bicoca unas monedas de plata con la efigie de la emperatriz María Teresa de Austria, reliquia de esas épocas ya lejanas en que el imperio austrohúngaro gobernaba gran parte de la Europa oriental, monedas que conservé durante casi sesenta años y que me acaban de robar en un asalto.

Pero, me interrumpo, ¿qué importancia puede tener que una mujer cualquiera haga viajes interiores o exteriores que parecen resolverse en la más absoluta inactividad? ¿Será por qué siendo adolescente había leído El judío errante de Eugenio Süe? ¿O será que pretendo seguir el inexorable destino que mi padre me impuso cuando terminada la Segunda Guerra Mundial empezó a viajar interminablemente para conseguir fondos para ayudar o enviar a Israel a los judíos sobrevivientes de los campos de exterminio?

Y los viajes de mi padre empezaban y terminaban siempre en el muy pequeño aeropuerto de nuestra ciudad todavía transparente. Entonces yo pensaba sólo y con gran ansiedad en los regalos que él nos traería, regalos de regiones entonces muy prósperas: collares de plata del Perú, bolsas de caucho de Panamá, artesanías de Guatemala, mariposas disecadas del Brasil, objetos de cuero de Buenos Aires, algunas piedras del Congo belga o bálsamo del tigre de la China, y no advertía que en ese movimiento pendular que nos hacía ir y venir a o del aeropuerto se estaba forjando mi destino.

Cerca de la ventana de mi estudio aparece mientras escribo —y como por ensalmo— una mariposa amarilla muerta, sus alas son perfectas.

No la muevo de lugar. Reposa sobre una faja bordada que alguna vez compré en Antigua, Guatemala. Vuelvo a hacerme la pregunta: ¿a quién le importa que yo dé vueltas como trompo y que mi movimiento sea sólo una ilusión furtiva? ¿Mis viajes prefiguraban el internet? ¿Eran solamente navegaciones virtuales? ¿Como la que me llevó por dos días a Huatulco con mi hija Alina, tratando de resolver algunos asuntos familiares, viaje en el lejano año de 1985 que ni siquiera nos dejó la piel tostada por el sol, aunque, eso sí, nos permitió ver la terrible desolación de nuestras playas que quizá como las de Haití sólo pueden ser gozadas en su plenitud por los turistas extranjeros?

Lo reitero: desde pequeña supe que mi destino sería errante como el del judío de la novela de Eugenio Süe, libro que literalmente devoré en mi adolescencia junto con Los misterios de París del mismo autor, Los tres mosqueteros de Dumas y Los miserables de Victor Hugo. Ese destino viajero no era manifiesto: mis primeros viajes nunca me llevaron más lejos de Xochimilco, Tula o Teotihuacán (sitios arqueológicos que cuando era joven eran poco frecuentados) o cuando más a Cuernavaca o Tepoztlán, de donde siempre traían mis padres las tradicionales miniaturas excavadas en madera que evocan a la vez un caserío y las montañas, cuyo máximo atributo, según Carlos Pellicer, es su nostalgia marina.

Cuando cumplí trece años acompañé a mi padre a Veracruz, donde por primera vez vi el mar, vestida con un traje sedoso de adecuado fondo azul y estampado con caracolas. No recuerdo cuál fue el objeto de ese viaje, sin embargo sí me acuerdo de una escala que hizo nuestro transporte, un autobús ADO (Autobuses de Oriente), en Xalapa, justo en la hermosa plaza principal, situada sobre un cerro, húmeda, limpia, con un aire provinciano, casi decimonónico, desbordante de vegetación, muy diferente a la de hoy, mucho menos arbolada, invadida, despojada, violada, y al recordarla en esos tiempos (¿sería 1943?) mi recuerdo se retrotrae y veo a mi padre bañándose en las playas de Veracruz con el cuerpo totalmente enrojecido por el sol. Lo veía desde la orilla del mar, un poco gris: me dio miedo y una leve nostalgia.

Más tarde, en 1947, viajé con mi madre a los Estados Unidos para comprar ropa (de mujer) (de contrabando) (aún no existía el TLC, ahora agonizante) y venderla después en la Ciudad de México. Me gusta rememorar mis paseos por las calles de Dallas en épocas de intenso calor y la elegancia de las mujeres con sus grandes sombreros a lo Greta Garbo, sus altos tacones y sus elegantes vestidos de algodón, como si estuviéramos en La rosa púrpura del Cairo, de Woody Allen, dentro de la película y no mirándola sentados en la sala, conviviendo con personajes desconocidos aunque románticos. O mejor en un cuento de Quiroga, mucho antes de que Woody filmara su película, en ese cuento un marido despechado sale de la película, saca una pistola y asesina al amante de su mujer sentado con ella en un palco situado frente a la pantalla.

A mediados de los sesenta y por intermedio de los Ezcurdia, Manuel y Antoinette, fui invitada a dar clases al Instituto de Lenguas de Monterrey, pueblo protagonista de una célebre novela de Steinbeck, situado en la hermosa bahía del mismo nombre, cerca de otros pueblos habitados por gente riquísima, como Carmel o Pacific Grove, mejor conocido como Pacific Grave, porque sus habitantes eran multimillonarios de edad provecta. Cuando hice ese viaje, mi hija Alina tenía seis años de edad y su idea de los Estados Unidos era singular, imaginaba ese país como una inmensa tienda donde sin interrupción vendían sólo helados y muñecas barbies, ese artefacto famosísimo que acaba de cumplir varias décadas de vida y aún parece ser uno de los objetos más codiciados de las niñas, entre ellas mi nieta Sofía, quien cuando iba a cumplir cinco años ya contaba en su haber con doce muñecas de esa marca, algunas de larga cabellera imposible de escarmenar y miles de accesorios y acompañantes, por ejemplo, su novio Ken, para quien existía asimismo un vasto repertorio vestimentario. (Y mi otra nieta, la más pequeña, que ahora tiene ocho años, se entretenía fotografiando con el celular de su mamá varias muñecas Barbie en traje de baño).

Era el tiempo de los hippies, del Festival de Newport, de los jóvenes de pelo largo, de los pantalones acampanados que se apoyaban en las caderas (hip huggers), y mis alumnos y yo cantábamos y bailábamos al son de los Jefferson Airplanes, Los Mammas y los Papas, Johnny Rivers, y, obviamente los Beatles y los Rolling Stones, entonces jóvenes y guapos, como yo misma.

En mis momentos libres solía tomar la carretera #1 para almorzar un sándwich de queso y aceitunas negras en Nepenthe, bello y pequeño restorán situado en lo alto de una montaña muy cercana a Big Sur, donde Henry Miller se había retirado del mundanal ruido con una de sus esposas, creo que la quinta, una japonesa. Subía yo la carretera en un coche color verde caqui que había pertenecido en épocas mejores a la Pacific Bell Company (en esa época la empresa telefónica más importante del oeste), una carcacha inmensa que ascendía con esfuerzo la angosta carretera por donde circulaban los automóviles último modelo a gran velocidad. Yo manejaba con una insegura lentitud: provocaba la desesperación de los automovilistas y varias veces estuve a punto de provocar un accidente.

Entre mis amigos había una muchacha hippie que tenía dos hijos a los que nunca les peinaba el largo y rubio cabello y cuyo novio era un objetor de conciencia que hacía dieta para eximirse del servicio militar en Vietnam, medía cerca de dos metros y era delgadísimo; recuerdo muy bien su cuerpo anoréxico, blanquecino y pecoso, enfundado en un traje de baño negro que lo hacía verse aún más enjuto, tumbado en la arena de una de las maravillosas playas de la costa norte californiana con sus acantilados y su maravilloso mar de agua helada, cumpliendo con su heroica dieta mientras nosotros devorábamos todo tipo de comida (junk food), acompañándola con cerveza. Más tarde, cuando ya había acabado la guerra (la de Vietnam), vinieron a México (él hizo el trayecto en motocicleta) y se hospedaron en mi casa, con consecuencias desastrosas: en ese tiempo los norteamericanos aún creían en la eficacia de sus conductas.

En 1997 volví a California, a Berkeley, donde alguna vez los estudiantes participaron en un histórico movimiento de rebelión. Aún era una universidad muy viva, pero sus formas y sus métodos se habían transformado, tanto en sus conductas como en su lenguaje, políticamente correcto y estrictamente codificado, y cada grupo se veía integrado a compartimentos verificables y hasta anodinos, en cierto modo los resabios arqueológicos de un exaltante pasado. A finales del siglo XX, cuando me paseaba por la universidad y las calles de esa ciudad universitaria, la única hazaña heroica digna de recordar fue el papel representado en una comedia por Monica Lewinski cuando el presidente Clinton fuera su (breve) compañero sentimental; varias de las vitrinas de algunas de las tiendas de modas estaban decoradas con carteles en los que la joven becaria anunciaba una nueva marca de productos lácteos; afuera, acampados en las aceras, tirados en el suelo, varios vagabundos —homeless— de pelo muy largo y sucio, pedían limosna, acompañados de uno o varios perros muy bien alimentados

3.

Hace mucho tiempo viví años en París como estudiante. El boulevard Saint Michel estaba adoquinado y durante algunos meses me alojé en un hotel pequeñito del barrio latino, situado en la aún más pequeña rue Serpente, cerca de Hautefeuille y Monsieur Le Prince; desembocaba y desemboca todavía sobre la calle de Danton, el célebre revolucionario, cuya placa conmemorativa explica simplemente que fue miembro de la Convención revolucionaria, después de 1789. Los cuartos de hotel eran pequeños y sólo tenían un lavabo y un bidet rudimentario y portátil, y en cada piso, en un recodo de las retorcidas escaleras, haciendo juego con el nombre serpentino de la calle, un excusado cuyo inclemente olor me acompañó durante todo el invierno.

En el año de Gracia de 2003, cuando se cumplían exactamente cincuenta años de haber visitado París por primera vez (donde permanecí cinco años), volví a ese albergue donde nos alojamos mi primer marido y yo, ahora un pequeño hotel de dos estrellas, con un lobby elegante, restaurado, luminoso, de donde ha desaparecido, al lado de la puerta, un letrero en metal niquelado blanco con letras negras que anunciaba «gaz à tous les étages».

Recuerdo en particular una tarde de ese año en que con Lilia Carrilo y Ricardo Guerra estábamos Francisco López Cámara y yo frente al Arco de Triunfo, simples y pobres estudiantes, sin saber qué hacer y con la cara amoratada por el frío: el termómetro marcaba una temperatura poco habitual de veinte grados bajo cero que ha vuelto a repetirse en el invierno de 2017; rememoro también una mañana de ese mismo año en que decidimos ir al Louvre y tomamos el autobús equivocado; al advertirlo decidimos caminar hasta el museo que quedaba a unas pocas cuadras de allí, pero al cabo de unas cuantas más nos vimos obligados a entrar precipitadamente en un bistró —parecido peligrosamente a los de cualquier película o fotografía francesa de esos tiempos—, con el deseo de tomarnos un vino caliente, un vin chaud, cosa que yo hice sentada sobre el calefactor, artefacto que ahora se vende en las casas de antigüedades del Marais, entonces barrio pobre, con algunos judíos religiosos que aún habitaban el barrio, como antes de la guerra, y donde podíamos (si la teníamos) cambiar moneda en el mercado negro o comer delikatessen maravillosas a precios más sorprendentes aún.

En 1954 nos mudamos a un hotelito cercano a la Porte d’Orléans. Sólo nos separaba de la Ciudad Universitaria, donde viviríamos el resto de nuestra estancia en París, un enorme parque, el Montsouris.

Más tarde, creo que en 1956, una de las crisis de petróleo que de vez en cuando amenazan al mundo civilizado —se trataba esta vez de la crisis del Canal de Suez— nos hizo tiritar varias semanas de frío: se interrumpió la producción de gas mazout, necesario para hacer marchar los radiadores.

A la entrada del restorán de la Cité Universitaire —donde comíamos todos los días— había un letrero que nos ordenaba quitarnos los sombreros antes de entrar, cosa lógica si se tiene en cuenta que casi siempre era invierno (o por lo menos así me lo parecía) y todos íbamos enfundados en ropas de lana y con la cabeza cubierta. Si alguien olvidaba la consigna, todos los estudiantes golpeaban con sus cuchillos las escudillas que contenían un roast beef sanguinolento y unos ejotes grasosos. No hay que exagerar, porque me acerco peligrosamente a Oliver Twist o a Nicholas Nickleby de Dickens, y ni éramos huérfanos ni se nos perseguía sádicamente como en las novelas de folletín y podíamos recurrir a otros restoranes universitarios, el de Francia ultramarina o el Mabillon que aún existen (con mucho mejor comida): se debe tomar en cuenta que llegamos a Francia casi una década después de la guerra y los franceses eran todavía pobres. A mitad de nuestra estancia, es decir, hacia 1955, conseguimos un carnet para el restorán de las estudiantes universitarias, situado al frente del parque Luxemburgo donde se comía mucho mejor y mi marido se creía Casanova, rodeado siempre de seis o siete muchachas de buen ver y de distintas nacionalidades (prefería, creo, a las alemanas y a las suecas), y yo me sentía miembro de un ménage à sept, él se comportaba como si estuviera en un harén: más tarde nos divorciamos y él se casó con una de aquellas suecas, parecida a Liv Ulman, la bella y extraordinaria actriz danesa de las peliculas de Ingmar Bergman y durante un tiempo su mujer.

A mí me gustaba tomar el metro desde la Ciudad Universitaria, cambiar en la estación Denfert Rochereau, bajarme en el Luxemburgo, abordar allí el autobús 21 —hasta el Palais Royal— y caminar por la rue Richelieu, rumbo a la Biblioteca Nacional, a cuya puerta hacía cola, detrás de algunos príncipes rusos, hecho extraordinario cuya excelsa significación solía recalcarme el portero que vigilaba la democrática distribución de los lugares. Ya dentro, pedía los libros necesarios para seguir investigando sobre los viajeros franceses que habían venido a México entre 1847 y 1867, para explicar en parte otro problema, el del exotismo francés. Mientras me llegaban los libros, tomaba yo de los estantes las comedias de los dramaturgos de los siglos de Oro; intentaba investigar el tema del indio en América a partir de las comedias de Lope de Vega, tema que según Marcel Bataillon, el gran hispanista, polígrafo y miembro del College de France, autor de Erasmo en España, a quien le solicité asesoría, ya estaba perfectamente bien estudiado. Con la solemnidad y finura que le eran habituales, me mostraba textos sobre ese tema, cuyos autores no recuerdo.

Ahora sé que siempre es posible escribir sobre cualquiera cosa, aunque muchos hayan trabajado anteriormente sobre el mismo tema; así es, diría mi mamá, pero en aquel tiempo yo era apocada y obediente. La biblioteca se cerraba a las seis en punto, los empleados pasaban tocando una campana —como en los pubs ingleses a las once de la noche— y avisaban con voz tronante y feliz: «On ferme».

(La Biblioteca Nacional de la calle Richelieu —donde pasé cerca de cinco años investigando— se ha convertido como el Quai d’Orsay en museo. Allí vi recientemente una bella exposición de Sophie Calle).

Yo regresaba a pie al Palais Royal; me detenía con fruición frente a una quesería ya desaparecida, situada al final de la calle Richelieu, unos pocos metros antes de llegar a la Comédie Francaise, idéntica a la de ahora; en dicho establecimiento podían admirarse en la vitrina una diversidad magnífica de quesos (había cerca de trescientos cincuenta variedades provenientes de las distintas regiones francesas): yo los miraba con la misma desesperación que acosaba a los personajes indigentes de Los misterios de París. Entonces aún no había un mercado global y la mayoría de los quesos no estaban pasteurizados, pero los franceses sólo se enfermaban del hígado. Si hacía buen tiempo, caminaba hasta el Boulevard Saint Michel, me compraba un helado, entraba en el jardín del Luxemburgo, alquilaba una silla y me sentaba a ver pasar a la gente y jugar a los niños con sus barquitos de papel en los estanques, como en tiempos más lejanos lo había hecho y relatado el niño Marcel Proust en su extraordinaria novela.

Cuando en 1958 emprendimos el regreso a México, lloré desconsolada pensando que nunca más volvería a ver esas memorables calles adoquinadas. Premonición cumplida: en mayo de 1968, imitando a los obreros de tiempos de la Comuna, los estudiantes usaron los adoquines como proyectiles, de inmediato recubiertos por asfalto. Volví de nuevo a París en 1981 y pude comprobar lo que alguna vez dijera Proust: «… les rues et les avenues sont passagères, hélas, comme les années».

Desde entonces vuelvo a París casi todos los años. He comprobado, sin embargo, que algo permanece invariable y, de manera sintomática y universal, si se está atento (o atenta) aparecen bien delineadas torpes manchas oscuras, ya sea en las escaleras, los corredores o los andenes de las estaciones de metro, en las hermosas plazas de la ciudad, en las calles y avenidas de los barrios populares y de los barrios lujosos, cerca de las librerías o de las boutiques de los más elegantes diseñadores, en la puerta de los cines, debajo de los múltiples andamios que apuntalan edificios o los restauran; decoran asimismo algunos de los escasos adoquines que todavía se conservan en los hermosos pasajes parisinos estudiados por Walter Benjamin: son turbias y sinuosas, ensombrecen con su color oscuro y levemente húmedo los lugares públicos de París, ya sean memorables o anodinos: ¿será una mancha de aceite? ¿de cerveza? ¿o quizá del agua que ha escurrido de los arriates donde se riegan las plantas aun en donde éstas no existen? No lo sé, puedo imaginarlo, a pesar de que los puentes y los muelles del Sena o los corredores de los metros han mejorado su color —fueron grises, hoy son blancos— y el olfato ya no se resiente, y de que de las calles modernas de París han desaparecido esos maravillosos monumentos alineados de manera equidistante, situados cerca de los bellos quioscos que anunciaban y anuncian con puntualidad los acontecimientos culturales del momento; me refiero, como se habrá adivinado, a esos orinales conocidos con el nombre de vespasianas. Pintados de verde oscuro, redondos, con un canal por donde se deslizaba el agua, su altura permitía vislumbrar la cabeza y los pies de los varones que allí se congregaban continuamente. El olor los anunciaba como un aria de ópera anuncia la muerte de la protagonista.

Hoy (¿hoy?, más bien una mañana del otoño de 1983) tomé el metro en la estación del Odéon: en las paredes de ambos andenes, enormes letreros de la unicef piden ayuda para los niños-soldado del África, en otros se solicita hogar para los animales domésticos abandonados o extraviados en la ciudad. No sé por qué, pero de repente me vuelve la imagen exacta de mí misma, como si la hubiese extraído del delicado sabor de una magdalena remojada en una taza de té, un sabor delicioso a almendra, mantequilla y bergamota o quizá a hierbabuena, y el sabor me retrotrae, como a Proust en Combray, imagen obvia, a mi propia imagen: me contemplo de pie, detenida como estatua de marfil, en 1956, frente a los aparadores, admirando la ropa magnífica que nunca pude comprar o los quesos maravillosos jamás degustados acompañados de una baguette y de vino tinto, por más ordinario que fuera, quesos que hubiera gustado acompañar con rebanadas frescas de baguette recién untadas con mantequilla —esa mantequilla de la que le era imposible prescindir a la vieja dama que leía en 1955, en el quiosco de periódicos junto al metro de Saint Michel, la noticia de la invasión soviética a la ciudad de Budapest y que exclamaba consternada «zut, plus de beurre»—.

De esa manera y sólo así podría borrar la patética imagen que de mí misma me hacía recordar a los huérfanos que habría de rescatar de la miseria la UNICEF…

¿Es que los textos de viaje sólo se legitiman, como dice Francis Wahl al prologar un libro de Barthes —Incidentes—, por el esfuerzo realizado por la escritura para asirse a lo inmediato? Algunas frases de Barthes podrían resolver quizá algunas de estas dudas, las dudas que nos asaltan a quienes viajamos y escribimos que viajamos: «Me pongo, escribe, en la situación de aquel que hace algo, y ya no de aquel que habla sobre algo: no estudio un producto, endoso una producción; elimino el discurso sobre el discurso; el mundo ya no me llega en forma de objeto, sino como escritura, es decir, como práctica, paso a otro tipo de saber».

Illustración de donDani

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