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Viazac | Yves Bonnefoy

Mi recuerdo más perturbador es mi preocupación, cuando tenía diez o doce años, por el silencio de mi padre.

Un silencio que no era hostilidad hacia su entorno. Que no daba la impresión de ser la represión o el rechazo de una palabra que habría podido ser pronunciada. Era más bien el signo de una renuncia a comunicar, o quizá aun a pensar en algo sin embargo para él esencial.

Y no era ni siquiera algo demasiado evidente, y que hubiese incomodado, inquietado. Menos un verdadero mutismo que pocas palabras. Y yo, que me percataba de ello, acaso el único en hacerlo, podía y quería pensar, no sin cierta razón, que mi padre era de naturaleza taciturna, y poco dispuesto a adoptar, después de su largo trabajo cotidiano —que deshabituaba a hablar en medio del ruido, aun del estruendo, del taller—, una forma de ser más distendida, más lúdica quizá, que no habían sido por otra parte nada comunes en los lugares y medios de su origen. Élie era de una familia de campesinos, entre el Lot y el Cantal, yo sabía que provenía de esas tierras pobres de las mesetas donde la monotonía de los arbustos y de las piedras aumenta la de las tareas cotidianas: algo que se asemeja al silencio, que lo incita y que aún lo hace amar. Y así debió adoptar, o conservar, la costumbre de guardar silencio durante sus años de servicio militar bajo las pesadas banderas de la época. Púdico como observé que lo era, nunca estuvo en mesura de participar en las conversaciones de caserna. El silencio es el recurso de aquellos que reconocen, aunque sólo sea inconscientemente, una nobleza en el lenguaje.

Por otra parte, muy pronto llegó su fatiga, aun su enfermedad, la diabetes de los mal o muy mal o demasiado mal alimentados, la sangre que se descompone y el corazón que se gasta. Vi con horror los primeros signos completamente imprevistos, por ejemplo ese domingo por la tarde, excepcionalmente en el cine por una vez, cuando debió abandonar la sala en plena función: era 1931, porque en ese mismo instante las «actualidades» mostraban en la pantalla, con tanques y soldados anegados en capas de bruma negra, la invasión de la Manchuria por los japoneses. Una gran ola se alzaba, y rompió dos años más tarde cuando una mudanza, que se quería un progreso, una pequeña casa en lugar de la vivienda de años anteriores, hizo que el taller donde trabajaba estuviese a una mayor distancia del domicilio. Cuatro veces al día mi padre debía caminar largo tiempo. Como yo tomaba la misma ruta para ir al liceo, donde acababa de entrar a sexto grado, a veces lo veía alejarse o volver lentamente, lamentablemente, por el boulevard que debíamos seguir, un paseo con grandes castaños bordeado de casas burguesas.

En suma, había muchas razones para explicar ese silencio. Y nada a su alrededor para considerarlo una manera de ser fuera de lo común, una provocación. En casa Élie parecía estar a gusto en el jardín, escarbar, poner semillas, regar las seis u ocho jardineras que le permitía el propietario del lugar, alojado en el piso encima del nuestro. Pasaba las tardes del verano y los domingos en el jardín. Y cuando llegaba la hora del paseo dominical, para el que tenía una camisa blanca de cuello duro, polainas sobre los zapatos, guantes claros, un sombrero ligero, como se decía entonces, e incluso un bastón, todo un disfraz de pequeñoburgués, caminaba servicialmente junto a nosotros, pero casi siempre uno o dos pasos por delante o por detrás de aquellos otros. Soledad, en su silencio. Y creo que muy pronto pensé que era necesario comprender esa forma que tenía de conducir o de perder su vida, preguntándome también por la mujer aún joven que tantas cosas compartía con él, en esa especie de creciente intimidad que crean las preocupaciones cotidianas, y que los fines de mes hacen más graves.

* * *

Entre mi padre y mi madre existían grandes disparidades que podían ser la causa de incomprensiones o decepciones. Diferencias de sus medios de origen y de su educación en casa o en clase. Hélène había nacido en el medio valle del Lot, entre Cajarc y Conques, donde los pueblos no eran verdaderamente pobres. Y en uno de ellos, Ambeyrac, en la orilla del Aveyron, su padre, Auguste Maury, había sido maestro de escuela: a su modesta manera un intelectual, alguien que habría querido leer aún más y participar en más acontecimientos de los que su vida le permitió. Sin embargo, trabajó en cambiar al menos un poco su condición. Fue el hijo natural de una pastora de las mesetas, cuidadora de una manada de cerdos bajo los pequeños robles, y no habría debido de ser más que un peón de granja o un soldado, pero la nueva República obligó a su madre a enviarlo a la escuela, y él amó el estudio, se esforzó en él, se graduó como primero de su región, lo que le permitió ir más lejos por el camino del que su pueblo no sabía nada: otra escuela, con una beca, luego la admisión a la Escuela Normal, en Rodez, donde formaban a los maestros.

Y fue en Ambeyrac donde vivió la mayor parte de su carrera. Devoto de la religión laica cuya fe se llamaba progreso, con valores simples y claros y reglas morales estrictas pero convincentes, pasaba sus tardes y sus días de vacaciones escribiendo libros, al parecer sin otra intención que la de mantener despierta su curiosidad, su inteligencia. Un tratado de moral, una historia de Francia, una recopilación de anécdotas, un manual de dibujo, y otras obras que nunca envió a un editor pero que sin duda mostró a sus hijas, Lucie, Hélène, quienes también eran sus alumnas en la única clase de la escuela, junto con los niños de las granjas vecinas. Mi madre recordaba con gran afección a sus condiscípulos, que eran diez o quince. Sus familias, siempre al corriente unas de otras, en un mundo que para ellos no cambiaba, constituían una sociedad más o menos atea, que en realidad había permanecido apaciblemente pagana, donde el cura no pedía nada más que mínimas observancias, donde los muchachos y las muchachas corrían en los campos, probaban a fumar hojas de maíz, cantando canciones en dialecto. Un paraíso, decía Hélène de aquellos tiempos. Sin los hermosos vestidos y los listones en el cabello, eran casi las carreras, las canciones, los besos y los ramos que evoca Baudelaire en Moesta et errabunda.

Pero después de la escuela primaria en Ambeyrac llegó para ella el colegio en Villefranche-de-Rouergue, y luego, hacia los trece o catorce años, la violenta enfermedad, al mismo tiempo meningitis y tifoidea, que cambió el curso de su vida. Hélène permaneció varios días entre la vida y la muerte, escuchó una tarde decir al médico, que la creía inconsciente, al abandonar la habitación: «No sobrevivirá la noche». Sin embargo sobrevivió, pero, muy debilitada durante algunos meses, y no pudo ser tan buena como su hermana mayor en la vía que la conducía a la profesión del padre, cuestión que le provocó una gran inquietud. El institutor, convencido de que ella sabía que él se decepcionaría de su fracaso, prefirió a la hermana mayor. No volvería a hablar de la misma forma con ella.

Y por orgullo herido, por tristeza, decidió algo que agravaría la disensión temida, poner fin a sus estudios como alumna institutriz, y hacerse enfermera. Había en Bordeaux, primero en su tipo en Francia, un hospital que era también y, sobre todo, una escuela de enfermeras, creado bajo el modelo concebido en Inglaterra por Florence Nightingale. Era una enseñanza sobre todo práctica, pero con una filosofía. Hélène postuló, fue admitida, pasó dos años en Bordeaux, quizá los mismos en Lorient, donde se había establecido un segundo centro Nightingale, y obtuvo un título de cuidadora de enfermos diplomada, profesión que enseguida ejerció durante algunos años. De esos años de hospital hablaba con ánimo, contando con una extraña gracia las horribles situaciones en las que se hallaba sin cesar, en servicios en los que se intentaba curar la rabia. Los lívidos grises y los negros del «triste hospital» de «Faros», los gritos y alucinaciones del Corral de locos de Goya, no habían desaparecido de los lugares que ella frecuentó. Dura vida para una muy joven muchacha, horas muchas veces difíciles y en ocasiones peligrosas, la rabia incitando a morder, pero cuyo temperamento, que se revelaba intrépido, le permitió conservar un excelente recuerdo, hecho de orgullo reparado.

Sí, había decepcionado el deseo de su padre, alarmado a sus parientes al elegir una vida que no era considerada, según las palabras de la época, demasiado decente, pero ella lo hizo de una forma provocadora, que dejaba ver claramente su afección inquieta, y así pudo volver a Ambeyrac continuamente, sin tener que justificarse demasiado. Sin embargo, la idea de que ya no era del todo digna de su padre, el amigo de los libros, seguramente nunca abandonó su pensamiento. De ahí provino su manera de ser, más tarde. Con una inmensa nostalgia quedó unida al pueblo de sus orígenes, a la forma en que vivió su infancia y a la mirada de su padre sobre las cosas escritas y sobre la vida. Ahí estaba lo que ella llamaba «el país», en oposición a los sucesivos lugares de su vida de mujer. En ellos parecía alegre, pero era sólo apariencia, se inmovilizaba, su mirada parecía perderse. Cuando por última vez en su vida volvió al pueblo por unos días, temblaba, me dijeron, con todo su cuerpo.

* * *

Mi padre era Marius Élie Bonnefoy, a quien sólo llamábamos Élie, quizá porque él lo había querido así desde la infancia. Y su pueblo no era el que acabo de evocar, aunque estaba muy próximo, y su civilización también era muy diferente, a pesar de las evidentes y fuertes semejanzas. El valle del Lot, con casas casi siempre muy bellas, sobre todo en la orilla sur del Aveyron, cuyo territorio interior es Villefranche-de-Rouergue y Rodez, ¿me atrevería a decir que, a sus ojos, era lo que la provincia romana habría podido ser para los Celtas del norte? El lugar donde él nació estaba a sólo veinte o treinta kilómetros de Ambeyrac, no más: pero los rodeos de los pequeños caminos y las aguas que se debían atravesar —manaba cerca de ahí el Célé, un estrecho afluente del Lot— bastaban para dar la impresión de lejanía, y aún más cuando su tierra, ya lo he dicho, era mucho más ruda, la gran meseta a dos pasos, caminos hechos sobre todo para pastores, muchas más piedras, arbustos, animales entrevistos furtivamente que vidas humanas. Y otro tipo de aspiraciones, en esas regiones aisladas, y otras referencias. Por un lado, hacia el norte, los espacios entonces semidesérticos que rodean Rocamadour, lugar de religión, y al noreste, a diez kilómetros, el Cantal, y enseguida Maurs.

En esa época no era frecuente salir de su pueblo. Mi padre en su infancia sólo había conocido los más próximos al suyo, Viazac: es decir, Felzins, Cardaillac, reservas de oscuras alianzas, y Figeac en los días de mercado. Su primer viaje, todavía a un lugar muy cercano, fue a Rocamadour, porque algunos sacerdotes llegaron hasta Viazac con la necesidad de reclutar. Iban de puerta en puerta: «¿Tiene un niño del cual podríamos hacer un buen sacerdote? Lo llevaremos al pequeño seminario, nos encargaremos de sus estudios». Mi abuelo, Jean Bonnefoy, modesto hostelero, sastre en ocasiones y peluquero para alguna decena de campesinos, dejó que se llevaran al pequeño Élie, quien pasó dos años en Rocamadour trazando, entre dos clases de catecismo, círculos y óvalos, líneas rectas, ángulos, en cuadernos que conservó. Como esa vida no le gustaba, una noche saltó, con su maleta, por la ventana de su dormitorio y volvió a pie a Viazac.

«No quieres ser sacerdote», le dijo su padre, «está bien, pero arréglatelas tú mismo». Y algunas semanas más tarde volvió a partir, tal vez ahora en carreta, hacia la otra dirección, a Maurs, donde un primo herrador lo tomó como ayudante y como aprendiz. Maurs era más o menos el mismo mundo que Viazac, a una distancia de pocos pasos, y Élie no tuvo la mínima verdadera ocasión de descubrir la sociedad de su siglo pues, sin transición, muy pronto después, fue una vez más el confinamiento, la conscripción que lo retuvo varios años en otro aprendizaje, el de la próxima revancha. De esos campesinos, de los resignados de nacimiento, sería fácil hacer la carne de cañón de los grandes combates.

Y así, formado de esa manera, Élie tenía muy pocas oportunidades de sobrevivir a la guerra que llegó inmediatamente después, pero la vida decidió de otra forma. En Maurs fue herrador, herrero, y cuando terminó su servicio militar en 1911, encontró empleo como obrero montador en las vías férreas de Clermont-Ferrand, luego en Montluçon y, finalmente, en los grandes talleres de Tours donde, martillando los cuerpos de las locomotoras, ejerció en 1914 una actividad tan esencial para las nuevas necesidades que le valió, en el momento de la movilización, ser convocado en el mismo sitio para producir ese material. Noche y día durante toda la guerra fabricó locomotoras, y también el cañón de 75. Idas y venidas del domicilio al taller, muchas veces en mitad de la noche, y nada más. Ni siquiera un mínimo viaje, aunque sea breve, tan sólo pequeñas visitas a sus padres, sin amistades fuera de la camaradería del trabajo, tampoco, hasta donde sé, ningún amigo de infancia o adolescencia, de aquellos por los que, más tarde en la vida, nos interesamos, debido a sus destinos diversos en otros lugares. Tampoco intercambios con sus vecinos de Tours para quienes él era casi un extranjero, sólo un vago vínculo, en los años treinta, con un «lugareño» rencontrado, un tal Monsieur Peygourié con mujer e hija, que visitábamos tres o cuatro veces al año los domingos por la tarde, pero sin casi nada que decirles.

Casi olvidaba las rituales visitas al propietario de la casa, Monsieur Gallé, el primer día del año o el día de Reyes. Nos esperaba en la parte alta de la escalera con una copa de vino blanco y un roscón cuya pasta hojaldrada me parecía detestable, y con el temor agregado de ser yo quien hallase la sorpresa y a quien avergonzarían con una corona. Mi padre permanecía silencioso aun en esos momentos en los que se debía gritar y reír. Como en la calle durante los paseos, como en el jardín, su mirada parecía distante del lugar próximo, en busca de otra parte.

Su destino, un sobre que permaneció vacío. Esta vida, una página en blanco. Y con gran razón puesto que Élie no había leído casi ningún libro. Y no por desinterés o por falta de oportunidades —mi madre leía novelas, había en casa una pequeña biblioteca, muy pronto enriquecida con los libros que heredó de su padre—, sino porque no sabía lo que era leer. Desde su infancia no tuvo en sus manos muy pronto callosas más que herramientas o sencillos manuales. Además del periódico del día, que descifraba concienzudamente, no tenía ninguna relación con los impresos cuya razón de ser no fuese práctica, con la excepción de dos o tres de esas hojas plegadas —una canción, música y letras, y un dibujo en la primera página— que vendían en los mercados de la época. Tenía un libro, a pesar de todo, un gran volumen forrado en rojo del que se sentía orgulloso, sobre la historia de las locomotoras, pero no lo leía, se contentaba con mirarlo, y era tan sólo su manera de presentar a los otros, en realidad a sus hijos y a su mujer, esas máquinas que él fabricaba y que eran su orgullo. Máquinas que habría amado conducir él mismo, creí comprender: solo en el vapor de carbón con la vía férrea huyendo sin fin bajo las ruedas.

Ningún libro, nada para la imaginación o para la memoria, y no es él, dicho de paso, quien habría podido venir junto a la cama de un niño para relatarle a la hora de dormir algún cuento de hadas o recuerdos de su vida más o menos transfigurados.

Para él fue un lamento, seguramente, un deseo intimidado, oculto. El domingo, cuando vestía su traje completo, cuidaba que el periódico de la mañana saliese un poco de uno de sus bolsillos. Y del taller de locomotoras me traía grandes cuadernos más largos que altos de papel amarillo, registros inutilizables donde el envés de las hojas podía servir para escribir o dibujar, algo que él veía bien que a mí me gustaba hacer. Era como si con esos objetos que venían del lugar donde la vida lo había confinado me hiciese una señal: me invitaba a transformar su naturaleza gracias a las palabras que yo escribiría ahí, indicándome que el taller de locomotoras no era su único horizonte. Sin embargo, debido a sus rúbricas y a sus columnas, yo no utilizaba esos cuadernos. No sin sentirme más o menos culpable, y me doy cuenta de que es por ellos, muy probablemente, que conservé a lo largo de la vida la costumbre de escribir en el envés de las páginas ya impresas o utilizadas. Tal vez volveré sobre este punto.

* * *

Pero antes es necesario que recuerde mucho más, y es la relación de Élie y de Hélène lo que voy a evocar: quizá la relación tal y como fue, en todo caso tal y como me pareció, muy pronto. Grandes eran las diferencias entre mis padres, pero larga también la separación entre el alba y la noche de muchos días. Por añadidura, el trabajo que hacía cada uno era ininteligible para el otro, nada decía siquiera a su imaginación: lo que llegaba a Hélène de las jornadas de Élie en la fábrica sólo eran los «overoles», la ropa de trabajo sucia, manchada de grasa, que se debía meter rápidamente en un recipiente de lejía que estorbaba en la cocina. Y sin embargo creo con firmeza que un verdadero sentimiento los había unido, desde el primer día, y que ese vínculo nunca llegó a romperse.

No se conocían antes de comprometerse el uno al otro. Su unión había sido imaginada por alguna de esas celestinas que había en los pueblos, cuya vocación era asegurar, gracias a sus conocimientos eruditos del pasado de las familias, de los lugares, de los salarios, de los posibles lazos entre primos, un poco de exogamia en ese mundo cerrado. Haciendo prueba de una asombrosa amplitud de miras, porque Ambeyrac y Viazac no estaban en el mismo mundo, esta mujer sin duda vieja, frágil, sentada tardes enteras detrás de las cortinas de su pequeña ventana, puso en contacto a las dos familias, que no se conocían en lo absoluto, y una y otra se declararon interesadas. Por un lado un muchacho que volvía del servicio militar con una buena salud y un buen oficio. Del otro, una joven muchacha de una condición social un poco superior pero cuya profesión de enfermera la había vagamente desclasado. Y en ambos casos la respetabilidad, ninguna deuda, un mismo gusto por los buenos modales y el trabajo. Aún faltaba que esos jóvenes se gustasen, ya no se estaba en la época de los matrimonios por obligación.

Hélène, imagino, aceptó la idea del encuentro por el deseo de contentar a un padre frente al cual se sentía todavía culpable, pero también quizá por orgullo. ¡Era su hermana Lucie, la institutriz, quien debía casarse con un institutor! No buscaba oponerse al pensamiento subyacente en el ofrecimiento que se le hacía: que sería natural que ella se casase con un herrero y feliz si ese matrimonio pudiese lograrse.

Intento imaginar el encuentro de las dos familias presentando cada una a sus hijos. Fue en Viazac, un domingo. Llegados a pie desde Ambeyrac, los Maury habían tomado el tren de la mañana en Toirac hasta Capdenac, dos estaciones más lejos, y ahí un bus que recorrió más o menos la misma distancia. Luego, en Viazac, salieron de la estación a la hora de la comida casi enfrente de la casa donde se les esperaba: porque el Hotel Bonnefoy era también el Hotel de la Estación, prácticamente el único edificio a la vista.

Primera mirada de unos a otros. Dos padres y dos madres, dos observancias de reglas de buenos modales, pero dos tipos de miradas para apreciar y juzgar los comportamientos. El padre del pretendiente, el hostelero, cortaba el cabello de los campesinos de los alrededores, hacía sus ropas, sobre todo las de trabajo, tenía el mismo hablar que ellos, sus gestos y su atavío. Los recién llegados estaban mejor vestidos, con corbata y un espíritu santo sobre el corsé, en cambio sabían que se cocinaba bien en Viazac y no podían olvidar que no ocurría lo mismo en su pueblo. Christine, nacida Artigues, mi futura abuela paterna, que alimentaba a los jóvenes que pasaban la noche en el albergue, casi siempre viajeros de comercio, era la virtuosa de una cocina opulenta, renombrada en toda la región. Marie Chabert, Madame Maury, que era muy avara y más pobre de lo que se sabía —su marido había asumido las deudas de un pariente lejano— iba con el carpintero de Ambeyrac para juntar el serrín fresco, lo metía haciendo presión en grandes botes de hierro, redondos, acanalados, que habían servido para guardar café verde, luego, haciendo dos orificios en la base por donde pasaría el aire, convertía el serrín en fuego que ardía lentamente, bien controlado, con un olor a madera caliente —yo lo respiré— embriagante, en la penumbra de la cocina, pero que no servía para los grandes proyectos culinarios.

Y de pronto, en mitad de la comida festiva, de numerosos platos, de conversación prudente y sin duda un poco torpe, el joven hombre que presentaban a la joven muchacha declaró que definitivamente esos alimentos no le gustaban, pero que no importaba, él iba a poner a cocer huevos, como aparentemente sabía hacer. Exclamaciones, seguramente, y risas, un poco incómodas. Lo que había dicho podía parecer grosero. Y hacer todavía más perceptible la forma en que ese muchacho había permanecido hasta entonces al margen de la comida, taciturno, quizá hostil. Era mi madre quien contaba esta escena, con una alegría que guardaba viva la simpatía que entonces había sentido, y que comprendo bien. La declaración intempestiva, la marcha de Élie a la cocina, no era hostilidad hacia la cocinera, era para sorprender a la joven muchacha que estaba al otro lado de la mesa, y comunicarle así su interés, y aun proponerle una alianza.

No tenemos necesidad de todo esto, decía, podemos comenzar juntos otro tipo de vida, para la que tengo los medios. ¿Todo esto? No esas personas y sus maneras, que nunca mis padres criticaron, sino el pasado que ellas preservaban, esa idea de la vida que había decidido, por ejemplo, el encuentro de ese día. Élie proponía a Hélène un nuevo comienzo, y qué importa si al inicio o siempre sería la pobreza que metaforizan los huevos. Ese gesto parecía una «declaración», como entonces se decía. Un ofrecimiento.

Y Hélène había aceptado ese ofrecimiento. Todo esto me permite pensar que el proyecto razonable de las familias fue el origen, para mis padres, de una relación afectuosa y aun amorosa, y que sus primeros años de vida común fueron felices a pesar de la pobreza y las fatigas de los tiempos de guerra. Los primeros años y aun, al menos por momentos, los siguientes; tengo recuerdos, ya evocados en Dos escenas y en Las tablas curvas, que me convencen de ello. En mi madre había momentos de cólera, incluso con violencia en su comportamiento, en su voz, que me asustaban, al no comprender la razón. Y diré hoy que esa razón sigo sin conocerla, pero no pienso que fuese asociable, directamente, a mi padre. Y también me sorprendían, me reconfortaban, momentos de evidente connivencia.

Eran pocos sin embargo, debido a la sobrecarga de las jornadas y a las múltiples preocupaciones, pues las necesidades aumentaban más rápidamente que los ingresos. Y no disminuían la inquietud, que creo haber sentido desde muy pronto, frente al silencio de mi padre, del que me percaté desde que tuve edad de observar y presentir los problemas.

He temido, sobre todo cuando tuve que tomar conciencia de la degradación de su salud, que no se sintiese digno, la vida transcurriendo y tomando aspectos nuevos, de la alianza que tiempo atrás propuso a Hélène, y que ella había aceptado y aun ahora no recusaba.

Traducción de Ernesto Kavi

Foto “Altes Ehepaar – old couple” de Stiller Beobachter @Flickr

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