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Por Claudina Domingo

La biografía que Vivian Gornick (Bronx, Nueva York, 1935) escribe no es completamente la propia ni la de su madre, aunque incluye una mirada, que no pretende ser invasora, de ambas trayectorias de vida. Lo narrado en Apegos feroces es también la historia de las charlas con su madre y los intensos debates que Gornick —judía, periodista, ensayista, feminista— libró consigo misma durante su edad adulta. Se trata, pues, de un recorrido transversal lo mismo por los diferentes tiempos para las diversas mujeres de su biografía que por su conciencia y la poderosa, efervescente necesidad de la autora por entender su vida.

Desde su niñez en el Bronx, Gornick escuchó a su madre y a las vecinas hablar en yidish, sobre todo, de las cosas más importantes, las oscuras o secretas. Observó también a su madre escenificar un papel extenuante de mujer/madre/esposa que era, al mismo tiempo y curiosamente, de rasgos megalómanos: «Mamá pensaba que merecía una medalla por sacar las piernas de la cama por la mañana». A la tendencia, consciente o no, de su madre, de hacer de su vida de mujer casada —y luego de viuda— una representación dramática, agotadora para todos excepto para sí misma, Vivian encontró el antídoto en las ideas: «La vida es difícil: es gloria y castigo. Las ideas son emoción, una compañía glamurosa. La soledad me devora por dentro». Esta compañía glamurosa, esta emoción racionalista, no sólo constituiría el alivio para la persona privada sino la experiencia de la persona social: la escritora, la ensayista, la periodista construirían un mundo donde la razón fue habitada; el debate sería una forma de caminata a lo largo de los años de experiencia. Y he aquí que por medio de este esfuerzo de la mente, Gornick encontró una experiencia aún más reveladora: un espacio que no fue ni hijo ni madre ni amante; un espacio de comunión con las potencias a salvo de cualquier intoxicación emocional: «En ese instante, sentí que me abría en canal. Mi interior se vació para dar cabida a un rectángulo de aire limpio y espacio despejado, que comenzaba en mi frente y terminaba en mis ingles. En el centro del rectángulo, sólo mi imagen, esperando con paciencia para depurarse. Experimenté gozo cuando supe que nada más podría igualarlo. Ningún “Te quiero” del mundo podría tocarlo. Dentro de aquel gozo me sentía segura y erótica, emocionada y en paz, a salvo de cualquier amenaza o influencia».

He escuchado hablar de este espacio. Una terapeuta meditativa me habló de este canal delicadísimo del alma/persona justamente como un espacio, una habitación finísima en el centro del cuerpo con la capacidad para expandirse en el alma que recorre la columna vertebral. El rectángulo del que habla Vivian Gornick es, claramente, esta clarividencia que no necesita pruebas: gracias a él crea, él le proporciona el alivio más necesario para una mujer inteligente, es decir, para un ser en clara desventaja histórica pero no emocional ni intelectual.

En estas memorias resalta un personaje que ejerce sobre la niña y adolescente Vivian una atracción fascinante: una «gentil» que recala en el edificio poblado de judíos y cuya accidentada maternidad, así como su intensa vida erótica, la llevarían a convertirse en —más que una persona— un ser peligroso para su entorno, porque, admitámoslo, las sociedades experimentan la necesidad de que un individuo de la comunidad asuma el papel de Venus. Mujer u hombre, a ese depositario de la lujuria se le despoja de la moral y de la razón: «descubrí que tenía una brillante mata de pelo rojo que le formaba un tupé y que le caía por la espalda y los hombros. Sus rasgos eran estrechos y angulosos (los ojos almendrados, la boca y la nariz delgadas y marcadas) y era ancha de hombros a pesar de su delgadez. Me recordó a las imágenes de Greta Garbo. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Nunca antes había visto a una mujer hermosa».

Para cuando Gornick entra a la universidad y descubre el inmenso e intenso placer del pensamiento, la vida de las tres mujeres ya es un tejido complejo donde, incluso si intentan acompañarse, cada una está enfrascada en una batalla interior con su femineidad: «Nettie decía que me estaba animando a sacarme partido para poder sacar buena tajada, pero de hecho era ella la que estaba enganchada a la práctica diaria de la seducción. Mi madre decía que necesitaba el amor para experimentar la vida en un plano superior, pero de hecho el luto por su amor perdido era el plano más alto de vida que ella había alcanzado. Todas nos entregábamos a nuestros placeres. Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer. Ninguna de nosotras sabía cómo imponerse una disciplina que condujese a la consecución de una vida femenina ideal y corriente. Y, de hecho, ninguna de nosotras lo logró».

Pese a esta reflexión tajante y pesimista, las memorias de Gornick destilan la pasión por la vida femenina que experimentó su autora: mujer de su tiempo —feminista comprometida, sus relaciones amorosas eran contradictorias ante un ideal igualitario—, creyó en el trabajo intelectual no sólo como una forma de emancipación sino como una forma de la alegría de la vida; una manera de libertad interior. El vínculo con su madre, más que una relación atormentada de odio y amor, se puede leer como un largo debate entre sus intenciones progresistas y una herencia conservadora. Porque, además, si algo hacen estas dos mujeres mientras Gornick reflexiona sobre su pasado y su presente, es charlar, discutir, debatir, visitar el pasado para sacar nuevas conclusiones. Gornick vive a su madre como un peligro para la propia libertad no porque su madre intente destruirla, sino porque la existencia de esa mujer entregada al placer del sufrimiento le resulta a la intelectual una tentación horrible, ancestral y decadente. Y, sin embargo, la mente aguda de Gornick va descubriendo, a lo largo de sus caminatas con la madre, que tanto su insensatez como su sabiduría le fascinan tanto como el erotismo desbocado de Nettie; son misteriosos y excitantes; la confrontan y la llevan a pensar, a intentar desentrañarlos y justo eso es a lo que se entregan la autora y el libro: al placer de pensar, al intenso placer de ubicarse junto a la ventana interior y observar a través de ella tanto el paisaje del mundo como el rico y contradictorio paisaje interior.

Apegos-feroces-portada-bajaApegos feroces
Vivian Gornick
Traducción de Daniel Ramos Sánchez
Narrativa Sexto Piso
2017
200 páginas

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