Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

Esta columna la tecleo durante las primeras horas de mi cumpleaños, cuarenta otoños de jotear sabroso, darme en la madre y venirme. Me rayan los pasteles pero los cumpleaños suelen ponerme melancólicamente gay; dicen que de por sí los libra tendemos a la maniacodepresión romantizada por azotes nimios, pero eso lo veo más como una rutinaria coincidencia. La verdad es que no creo en los diagnósticos de personalidad derivados de una posición zodiacal en el negro universo. Para mí, los horóscopos se reducen a un puñado de estados anímicos básicos y estandarizados en clave cursi cuyo único ingenio es adecuarse al esquema de probabilidades: si te ponen diez rasgos de humanidad emocional, hay diez probabilidades de sentirse identificado al menos con una, y lo mismo pasa con las predicciones. El único sustento certero de los horóscopos es lo predecibles que somos los humanos. Si quieren cortarme la erección, pregúntenme por mi signo zodiacal. Prefiero responder sobre mi último chancro, sin pedos. Muchos homosexuales se entregan ciegamente a la espiritualidad zodiacal, quizás como segunda opción espiritual toda vez que la iglesia católica nos tiene excomulgados por el simple hecho de que nos gusta por atrás; o como chaqueta mental para evadir las consecuencias de nuestros actos: «No eres tú, Wences, es que los libra y los piscis son incompatibles…», me dijeron una vez. Curioso, porque en la cama todo embonó donde se debía: ¿por qué no me mandas a la chingada desde tu convicción, sin tener que echarle la culpa a un pinche astro?

Creo que mi ególatra melancolía se debe al hecho de haber nacido en lo más recóndito de la Comarca Lagunera. El desierto te vuelve huraño y torpe para lidiar con lo más elemental de las relaciones humanas. Pero es lo que soy y con cuarenta años de malos hábitos sentimentales hay poco que cambiar, como la inmadurez. Los gays estamos condenados a ello. A veces pienso que el matrimonio igualitario se inventó más como recurso para sentar cabeza y el beneficio legal es lo de menos y, aun así, ya he visto un par de parejas de hombres con todo e hijos adoptados discutir con la misma rabia pueril con la que en la secundaria arreglábamos los malentendidos. Los gays solemos tomarnos las cosas innecesariamente a pecho y a los setenta eso debe ser insoportable. Tarde o temprano, el onanismo nos cobrará la factura de nuestro erotismo antireproductivo.

Por eso me da pavor la vejez. Creo que después de los cuarenta, los homosexuales debemos tener cuidado con los pasos que damos hacia la tercera edad. Las referencias gays no son muy alentadoras: a excepción de la psicópata y amable frescura de John Waters, la mayoría de los homosexuales terminan siendo como una perversa imitación de Barry Manilow o Ernesto Alonso o Alejandro Tomassi, en plan diva aseñorada, desnudando jovencitos con la mirada, cargando las arrugas con poca dignidad. Se me retuerce el estómago de pensar en eso. A veces pienso que terminan así por haber hecho de la homosexualidad una existencia cobarde y reacia a romper los clichés gays. Si te pasaste la vida en el terso confort de las baladas interpretadas por mujeres, entregaste tu destino a la Barbara Streisand o María Victoria. No todo es un arcoíris en esto de la putería.

De momento, mejor no pienso en eso y celebro lo que resta del día sin tantas vueltas existenciales con Dinosaur Jr., cuyos riffs, para mí, son la fuente de la juventud.

Creo que los bugas lo hacen mejor, despreocupados y con los valores muy bien definidos entre la sencillez y la sabiduría. Pienso en Bukowski echándose una cerveza pasando los sesenta y me parece una buena recomendación para emprender la inevitable caída.

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