Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Viva México | Alexandra Lucas Coelho

Luis hizo las botas de la revolución. No la revolución mexicana de hace cien años, caramba. La última revolución mexicana, la de los zapatistas en Chiapas, en 1994. Y no sólo las botas, por cierto. «De todos los zapatos que encuentren allí, yo soy el culpable», dice él, descansando en su rincón, en Tepito.

Tepito se ve del cielo. Una persona está mirando la Ciudad de México como si cubriera toda la tierra, y de repente ve unos rectángulos amarillos, anaranjados, azules, cientos de toldos coloridos. ¿Qué es eso? Eso es Tepito. ¿Y qué hay debajo de los toldos? Todo lo que puede ser barato, robado, falsificado o prohibido. Si el Zócalo, la plaza central, es del poder, Tepito, el barrio bravo, es del contrapoder: contrabandistas, traficantes, ex presidiarios con la Santa Muerte tatuada en el pecho, creyentes de la Virgen de Guadalupe sin un peso, vecinos de patio y de vida, mujeres muy cabronas, muy valientes.* Aquí se comen migas de caldo de huesos y se alimentan los cronistas de la historia alternativa. De aquí salió Cantinflas para Hollywood y El Ratón Macías para campeón (41 victorias, 25 de ellas por knock out). Ya en el tiempo de los aztecas era el barrio bravo, dicen los tepiteños.

En suma, en la Ciudad de México hay dos nacionalidades: los chilangos, que son los naturales de la ciudad, y los tepiteños, que son los naturales de Tepito.

Por ejemplo, Luis. Aquí está él, sombrero a la Bogart, barriguita, barba blanca, brazos cruzados. Luis Arabelo Venegas, nacido en Tepito hace setenta años. «Me tocó nacer y crecer en un patio horizontal y no en edificios. Hay más comunicación, más diálogo, en un patio. Cuando vives en la vertical pierdes contacto con la gente aquí abajo, te vuelves individualista». Estamos frente a un creyente zapatista y por lo tanto creyente en el colectivo. No hay pierde, afuera el muro tiene la pintura de un encapuchado, los ojos para afuera y gorra. Pero es necesario saber venir hasta aquí, y por eso Luis marcó el encuentro en el metro, allí adelante.

 

«Tengo un sombrero», había dicho. Y no fue difícil reconocerlo en la convulsión de la gente, a pesar de todo lo que sabemos sobre sombreros: hay muchos, sí, pero un Bogart zapatista no es tan común. Después nos metemos por la convulsión, volteamos a la derecha hasta un portón de metal y allí dentro estaba este patio: puestos callejeros pintados de rosado, anaranjado o azul; dibujos de estrellas y aves del paraíso; murales con gente con libros en la mano; anuncios en la pared que dicen: «Tango los miércoles» y «Apoyo a tareas de casa e inglés».

Es el Espacio Cultural Tepito, el rincón de Luis.

«Mi padre vino del estado de Guanajuato y mi madre también tiene es originaria de ahí, se juntaron aquí y nacimos varios, seis hombres y dos mujeres», cuenta. «Era zapatero, mi padre. Aprendí el oficio cuando era niño, en el atelier de la casa». En ese tiempo, Tepito estaba lleno de oficios, sobre todo zapateros. «Era un barrio de gente trabajadora, artesanos, pero hace cuarenta años dejaron de saber para qué sirven las manos. Ya en el tiempo prehispánico Tepito era un barrio comercial, pero se vendía lo que se fabricaba. Ahora las personas no saben hacer nada y se dedican a vender lo asiático, lo que no se puede reciclar, lo que se usa y se bota. Los jóvenes están desocupados la mayor parte del tiempo. Cambió  mucho».

Pero el título —barrio bravo— ya estaba. «Cuando algo nos pone en peligro defendemos el barrio. La gente es muy noble, recibe lo que viene de afuera, no es agresiva». ¿Y la fama de violencia? «Porque el barrio se descompuso. El comercio ambulante hace que no se produzca. Donde hay dinero, hay delincuencia. La gente adquirió vicios, roba por dependencia. La droga aquí es consecuencia de que las personas hayan dejado de trabajar».

Defender el barrio y combatir al mercado global es la fe de este tepiteño orgulloso. «Tengo seis hijos y todos se prepararon, tienen profesión». O sea no andan vendiendo.

¿Y este espacio a quién le pertenece? «El dueño murió, la familia nunca lo reclamó y hace cuarenta años que lo utilizamos». Luis entra en uno de los puestos callejeros-atelier y agarra un zapato de dandy de los años cuarenta, aquellos de dos colores. Es una muestra para sus aprendices. «Doy clases de hacer zapatos, una compañera ayuda con las tareas de la escuela, otro enseña son cubano, porque estamos muy influenciados por la música cubana y colombiana. Así como tenemos la etiqueta de bravo también nos dicen guapachosos, alegres, de buen carácter. Nos gusta bailar».

Y el combate, hoy, es por ahí, cree Luis. «Me di cuenta que el problema de mi barrio, de la ciudad, del mundo, es la falta de cultura. La gente se descompone, deja de prepararse y vive en otra dinámica. Hay que llevar la cultura a los espacios públicos, y primero hay que limpiarlos. El baile es una de las estrategias para reunir a las personas, porque con los apartamentos se perdió la solidaridad que existía en las vecindades».

Los antiguos patios de Tepito, como aquel donde Luis nació, semejantes a las «villas» de Lisboa o a las «islas» de Porto.

 

Cara de indio, cuerpazo de gran-indio-sentado, Mario Purga es uno de los cronistas del barrio. Los cronistas son una tradición de Tepito, con rivalidades y honras. Mario no se referirá, por ejemplo, a su rival Alfonso Hernández, que hasta tiene una página en Internet. El lugar de Mario es aquí, el Espacio Cultural Tepito. «Sólo falta Camila y vamos a dar una vuelta», dice. Camila Chapela, veintinueve años, antropóloga, prepara una tesis sobre Tepito. Aquí está ella, tirantes y jeans, pelo recogido. Se va a casar y la despedida de soltera es esta noche, pero no es razón para perder una vuelta por el barrio con Mario abriendo camino. Ella dice, jovial: «Soy una mosca que se pegó a Tepito».

Entonces salimos. Primera etapa, la esquina donde está la entrada del metro, oculta por todos los puestos. Si se mira mejor, aparece una placita con murales. «Es aquí que después, a la noche, vamos a tener cine», anuncia Mario. «Vamos a proyectar en aquella pared. Los viernes, cine, y los martes, baile». Camila ya vio y cuenta: «Las personas vienen todas a bailar a partir de las cinco de la tarde, las mujeres se cortan el pelo, se arreglan. La gente aquí es muy guapachosa.» Esta palabra otra vez. ¿Cómo traducirla? «Caliente, sabrosa, sensual, tropical», va diciendo Camila y balancea las caderas. «Los que bailan son los más viejos, y alrededor la gente ve».

Mario da las primeras coordenadas de la vuelta: «Vamos por la calle caridad hasta la plaza Bartolomé de las Casas». Flippers, ropa colgada, colchones en la calle haciendo de puesto. Uno está cubierto por cientos de cajas de medicamentos. Las recetas no son un problema en Tepito. Después hay jeringas y después controles de videojuegos. Y después entramos en la parte cubierta por los plásticos coloridos, como quien desaparece en un universo paralelo.

«Todo eso es ilegal», va diciendo Mario entre soportes de CD y DVD, cada uno con su playlist. Es una cacofonía, y el aire huele a podrido. «Tepito está en tercer lugar en el mundo en piratería».

No sabemos bien dónde encontrar esa estadística, pero tal vez no sea el momento de esclarecer la cuestión.

«Esto viene de China, de Rusia…». Parte en puestos, parte en el piso. «Aquí debían poder pasar los carros», explica Camila. «Pero las personas alquilan estos espacios en el pavimento». ¿Y la policía?

«Anda por ahí, pero no se nota mucho».

De hecho, no.

Ahora huele a estofado porque nos metemos por un corredor donde hay comida. «¡Lupita!», saluda Mario. Y la pelirroja Lupita, de delantal amarillo, revuelve su gigantesca olla. Son carnes, ¿pero qué carnes? «Vísceras, hígados, tripas…». Una bomba. «Este estilo de comida, por ejemplo, no hay en el resto de la ciudad», explica Mario. «Es una forma de reciclar lo que los otros desechan». Sin duda.

«Mi familia está aquí hace ochenta años, este negocio comenzó con mi madre, y yo ya tengo cincuenta y seis», cuenta Lupita. «Es un barrio precioso. Lamento que algunas personas lo hayan puesto mal, con la droga, los ladrones. Eso ya tiene muchos años, pero nosotros, lo que nacimos aquí, somos personas honradas, trabajadoras. Yo tengo dos hijos, de treinta y cuatro y veintiséis años, y continúo viniendo aquí todos los días, de lunes a domingo».

Interrumpe para servir una víscera a un cliente. La olla es como aquellos paquetes de cigarrillos sueltos. Cada persona llega y compra una víscera.

«Va a tener que probar un bocadito para saber lo que se come en Tepito», decide Lupita. Paralizada, pero sin pudor, miento, balbuceo que soy vegetariana. Lupita y Mario lamentan semejante desgracia. «¿Qué se podría cocinar para ella?», intenta él. «Vamos a ver, vamos a ver», dice ella, revolviendo. Felizmente todavía nos faltan kilómetros. «Bueno, Lupita, nos tenemos que ir», se despide Mario.

Al fin, una de aquellas pruebas. Tepito no es para debiluchos. Se verá lo que valemos, y ni una víscera.

 

Calle Bartolomé de las Casas. Barbies, maletas, tenis. Olor a marihuana. Tepito es el mayor emporio de la ciudad, cosa de media tonelada por día.

Y de repente, en medio de dos puestos, Mario voltea a la izquierda y entramos en una vecindad, un patio muy largo, con una escalera al medio que bifurca para la derecha y para la izquierda. Hay casas abajo y casas encima, coloridas, a lo largo de una terraza. La ropa está extendida de unas casas para otras. La electricidad viene de una formidable instalación eléctrica con cables enredados. Se ven motonetas estacionadas y se escuchan niños.

Un hombre aparece por atrás, con un cigarrillo en la mano. Tiene una camiseta con la Muerte de sombrero de copa, jugando dados y cartas. La Santa Muerte hace parte de los interdictos que en este barrio se volvieron culto. Un culto en el que la muerte usa manto y corona, con altares repartidos por el país y Tepito como centro. Las personas hacen fila para llevarle flores a la Santa Muerte. Los narcos la usan en tatuajes.

«Nací aquí hace cincuenta y dos años, sí, cien por ciento tepiteño», dice el hombre. «El alma de Tepito es el corazón de la gente. Uno sólo no es Tepito, Tepito es todos. Dicen que somos el barrio bravo porque somos de batalla. El barrio es bravo en honestidad, amor, cooperación. No bravo de maldad». Él mismo, inclusive, se llama Santos.

«Pero si nos provocan, respondemos», dispara Mario. «Como nos piden, así damos», devuelve Santos. «Pero más que nada somos amor». Como para darle razón, salen muchachas de las casas, se sientan en los escalones para conversar y, más adelante, atrás de las escaleras, una niña con dos ganchos en el pelo y un perrito viene a sentarse en uno de los tanques del lavadero público, mientras las mujeres parlotean y traen baldes.

Encima, materas de plantas, al lado rosas para una Virgen de Guadalupe. Y quien entra o sale de la vecindad, tiene de un lado la Sagrada Familia y del otro un ángel rafaelita.

Paz.

Tepito es eso, pero como decía Santos, no es sólo uno, son todos. Una paz violenta.

De vuelta a la convulsión, cajas que anuncian «G3» y tienen la fotografía de una escopeta, como si fueran cajas de galletas. Y en la esquina un policía conversa con uno de los vendedores, recostado en el puesto. «Las personas necesitan crear esta imagen, de que es tranquilo, porque si no nadie viene a comprar», dice Camila. «Vivimos mucho del mito».

Entonces, allá al fondo, como si regresáramos a la superficie, se abre el enorme terreno de la plaza Bartolomé de las Casas, con su iglesia y sus balizas.

¿Sus balizas? «La plaza fue transformada en campo de futbol», esclarece Mario. «Le dicen Estadio Maracanã». Un Maracanã sin césped, pero con atletas corriendo, si miramos bien. «Salieron de aquí importantes futbolistas del Deportivo Tepito. Es uno de los pocos espacios comunes del barrio. Pero lo que en realidad volvió el barrio conocido fue el boxeo».

Y Mario se agacha en un susurro. «Ahora vas a ver algo increíble».

Pequeños con los puños vendados saliendo, nosotros entrando. Cuartos amoldados, una puerta, y allá adentro un mundo: golpes secos, gritos, silbatos, hombres dando saltitos, enganchando derechas en el saco —hombres y mujeres—.

El rey de este lugar es Raúl Valdez, cincuenta y seis años, heredero del mítico Raúl El Ratón Macías. Nariz de payaso, como si fuera falsa, pero es verdadera. Nariz de quien llevó muchos golpes. «Fui campeón mundial en Tailandia en 1985 y me retiré en 90», dice. «Al año siguiente comencé a entrenar este gimnasio. Tepito cambió mucho, antes había mucha pobreza. Había muchos boxeurs, luchábamos porque no teníamos dinero. Pero cuando entró la fayuca mucha gente comenzó a ganar y se fue para otros barrios». La fayuca son las falsificaciones, tipo whisky donde se echa alcohol de farmacia y marcas género Armandi y Luis Vuitrón. «El alma de Tepito siempre fue el comercio, pero se vendía ropa usada, zapatos que se hacían, mi papá grababa cuero».

Raúl entrena a cuarenta personas. Allí está él de joven, uno de los retratos en la pared, entre bigotes, bíceps y brillantina. Era un peso ligero.

Aquí afuera anochece. Los vendedores cuentan grandes fajos de billetes, desmontan los puestos. En una hora es como si todo el mercado nunca hubiera existido. Se cuenta que por debajo hay túneles, almacenes, el diablo.

Pero aún hay cosas para ver en la superficie y de camino un póster que habla de Las siete cabronas e invisibles de Tepito, un estudio sobre las mujeres del barrio, explica Mario. Pasando entre dos edificios llegamos a un lugar llamado La Fortaleza. Parece una pequeña plaza, cercada por edificios de ladrillo, con niños jugando con un balón. No se percibe desde el exterior. «Es un oasis, no cualquier persona entra aquí. La policía no entra fácilmente, puedes ver que esto no son entradas. Por eso se llama La Fortaleza».

Enseguida hay un barrio con casas semejantes a palomares y pinturas hechas por el grupo de Mario y Luis. «Lo llaman Los palomares. Los niños aquí tienen por lo menos un familiar en la cárcel, a veces hasta a la abuelita. Entonces es importante trabajar con ellos. Las personas dicen que «en Tepito todo se vende, menos la dignidad». Pero eso es porque la dignidad ya se vendió hace mucho tiempo. Esa es la gran suerte del barrio y su destrucción. No necesitan prepararse, esforzarse, porque está el comercio. Toda la creatividad desaparece. La gente se vuelve indolente, desorganizada. Hay mucha basura».

Es lo que vemos ahora. Viejos sofás destartalados en medio de restos de comida y tablas. La carrocería de un automóvil con una calavera en el capó y un letrero que dice «Prensa y Derechos Humanos». Y la torre azul y blanca, carcomida, de una antigua iglesia.

«Está encima de una pirámide azteca», apunta Mario. «¿Ves el piso hundido? Aquí era el mercado negro, donde se vendía lo clandestino. Y fue donde el último rey azteca fue hecho prisionero de Cortés».

Sí, la resistencia de Cuauhtémoc estaba concentrada en Tlatelolco. Pero en este sitio exacto es donde las tropas de Cortés lo atraparon por casualidad, en la tarde del 13 de agosto de 1521, él iba a salir de Tenochtitlán, donde había entrado disfrazado. Siguieron torturas terribles para que revelara el supuesto escondite del oro indígena. No había ningún escondite porque el oro no era oro para los indígenas. Bien podría Cortés quemarle los pies a Cuauhtémoc. Pero el mundo prehispánico estaba acabado. «Fue aquí que los aztecas fueron vencidos», remata Mario. «Por eso este es el lugar donde empieza la esclavitud».

El cielo amenaza con caerse, de tanta nube oscura.

Traducción de Rafael Gutiérrez

*Las palabras en cursivas aparecen en español en el original portugués. (N. del T.)

Post Tags
Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*