Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Vuelve por donde has ido | Anne Carson

Guirnalda

Tiene el corazón roto y luego su madre muere, así que D y F se la llevan de fin de semana. El lugar de vacaciones es un panal. Por la noche, las abejas avanzan en chorro por las calles. Abejas apretándose, zumbando, relucientes y deseosas; abejas que dan bandazos como marineros; abejas que se lamen entre ellas la malta de las barbas. D y F son abejas también, y van al

frente del chorro, guiándola. El chorro está ebrio. Llegan dando tumbos a su casa alquilada. Estaré bien, piensa.

Al día siguiente alquilan bicis. D y F bajan en picado por la senda para bicis. Ella pedalea fuerte, se barre en una duna, se magulla la pierna, vuelve a empezar. Esto ocurre cuarenta y cinco veces. No había montado en bici desde los diez años, le explica a nadie. El sudor le escurre por ambos lados de la nariz. E incluso entonces papá se dio por vencido conmigo. Ya quedan dos días menos, piensa.

Por la mañana, un gato salvaje dormita sobre la mesa del porche, mientras D come müesli y lee en voz alta la revista Mens Muscle. Otro para mí, por favor, caballero (complemento proteínico).

Fotos de hombres que tienen la musculatura de adentro hacia afuera a fuerza de tirar de cadenas al tiempo que de sus cabezas emanan truenos. Otros, en traje y corbata, levantan yunques enormes. Al leer a Gogol (notaba Nabokov), nuestros ojos se «gogolizan»; gente con gran pasión por los abrigos empieza a aparecer en pueblos que hasta entonces no conocían el frío ni la nieve. ¿Acaso veré hoy poleas y pectorales enormes retozando por las floridas calles del panal?, se pregunta.

Para hacer pasar el tiempo escuchaba las conversaciones de otros (café). ¿Se te antoja? Siempre se me ha antojado. Entonces, qué, ¿debería? ¿No podemos ser tan sólo libres y así, como ahora? Creo que es una locura, a menos de que seas de verdad, de verdad. Y verás si pierdo, entonces lo sería. No tenía ni idea de que te sentías así o hubiera dado las gracias, pero. Esta es una situación difícil. Recuerda, ni siquiera reconocimos al patinador en hielo. Ay, lo sé. Una fantasía no es una persona. Pero lo echo de menos como a una persona. Y entonces el día acaba con una discusión tortuosamente estúpida entre D y F en la terraza de un restaurante. Durante todo ese tiempo, ella tiene un trozo de filete de atún atorado en la garganta. Quieres que sea otro. Quiero que seas nada. Eso es metafísicamente imposible. Ay, vete por ahí.

Años después, cuando ya no están juntos, ella se pregunta cómo era para D y F aquello de llevarla a rastras como una tercera pierna, de arriba abajo por los malecones iluminados, de adentro hacia fuera en las tiendas perversas en donde se probaban atuendos que la hacían llorar, pasando por terrazas y bares y chiflidos y cruising y protocolos de combustión ajena. Embarrada de miel asquerosa, volvía a la casa alquilada y se tumbaba sobre la cama plegable.

En la playa (último día), mira hacia abajo y piensa, tengo los pies de mi madre. Ha estado leyendo sólo libros escritos por gente llamada Margaret, para sentirse cerca de ella. No demasiado cerca. Sus pobres pies. Durante la terapia (trata de recordar los buenos tiempos), solía contar aquello de cuando fueron juntas a la playa en un coche sin frenos, y su madre decía conforme salían en marcha atrás de la cochera, Bueno, de aquí al agua es todo bajada, así que ya veremos, y así lo hicieron. De cómo habrán vuelto a casa no puede acordarse. Nunca dijeron nada del viaje a la playa ni a su padre ni a su hermano. Lo escondieron bien, como una guirnalda navideña en el fondo del armario, para verla de reojo de vez en cuando al ordenar las cosas colocadas delante.

México

No es que no hicieran daño. Una a la otra.

Dos personas tan conectadas pueden hacerse daño incluso con las mejores intenciones. O sin ninguna intención.

La casa era pequeña y, ahora que papá se había «ido al asilo», radiante de silencio. Por la noche, se sentaban en cuartos separados, leyendo, sin leer. Los domingos, pedían un taxi y visitaban a papá. (Ninguna de las dos conducía. Papá solía conducir). No quedaba claro quién creía papá que eran. No le molestaban las visitas. La mujer mayor traía uvas y la joven sonreía tontamente. Se sentaban juntos en la cafetería, él con la mirada fija mientras se llevaban los platos

uno a uno conforme iba comiendo. No levantaba la vista. Más tarde, trajinaban en su cuarto inútilmente. Era un cuarto compartido con un hombre que no cerraba los ojos, nunca. Sus párpados eran disfuncionales. Decía que se estaba acostumbrando a ello. Decía que los doctores tenían miedo de intervenir, no fuera que sus párpados decidieran quedarse cerrados.

Las dos mujeres se preguntaban si había que hablar. Una con otra.

¿Por qué no, ahora cuando aún queda tiempo? Pero no lo hicieron. Sus preguntas son todas alternativas, sin importar lo que responda siempre estoy equivocada a medias, pensaba la más joven (esa era una excusa). Las estrellas no se encuentran, estallarían (era otra). La situación le provocaba este tipo de dramatismo, que confiaba a un cuaderno que años después releería con vergüenza. Si conversar se volvía indispensable, su costumbre era presentir lo que la otra quería escuchar y decirlo. Si su madre probaba a hacerse la cáustica (me haré con un poco de Nembutal, para acabar con los dos), la hija devolvía una sonrisa ceñida y apuraba la cena. De vez en cuando se reían con ganas. A la entrada del ala privada en la que vivía papá, podía leerse el nombre oficial en grandes letras cursivas: «Las horas doradas» pero mamá lo llamaba «La última y nos vamos» y, aunque lo encontraba gracioso, lo suficiente como para contarlo a otros por teléfono la noche misma, la hija no decía nada a su madre. No le daba las gracias. Se reían y se detenían; el abismo a sus pies. Sería difícil describir, o años más tarde creer, cuán pesada era cada palabra en esos días. Reunir lo suficiente para una sola frase requería encontrar la fuerza de un héroe mitológico, un Heracles o un Teseo, que construyeron los muros de Troya con piedras ciclópeas que hoy ni siquiera diez hombres normales podrían levantar. Su madre era fan de los viajes espaciales y le gustaba la idea de morir en Marte. Tenían conversaciones cortas al respecto, de vez en cuando, al ver cohetes explotando en las noticias, pero llevaban a lo lúgubre.

De haber atisbado el interior más profundo de la otra, ¿qué hubieran visto? Pero no lo hicieron. Incluso al realizar una tarea juntas, pelar mazorca, bañarlo, desviaban la mirada. La falta de asombro se interponía entre ellas como una lápida que eliminaba algo en cada aparición. Ser adecuadamente asombrado o asombrable (¡mata al padre!) ocurre más en las obras de teatro que en la vida.

En fin, un sábado regresaban de visitar a papá, acababan de salir de la autopista en la curva que da a su calle, en un día de noviembre marrón-grisáceo. El taxi giró hacia el camino de grava. De una mancha

fresca de nieve marrón-grisácea, pequeñas hierbas marrón-grisáceo se abrían paso buscando la luz –años después todavía podía recordarlas– algunos árboles flacos y desagraciados, una zanja negra. Al entreabrir la ventanilla entraban olores de raíz, ceniza, hojarasca, frío. Era apenas media tarde, pero la luz y la vida parecían escaparse por ambos lados del día. La visita no había sido mejor o peor que otras, pero, sentada ahí viendo el cráneo brillante de papá bambolear sobre un montón de ropa que le resultaba más o menos conocida, sus adentros se volvían lúgubres y peligrosos. El taxi había virado a la izquierda, más allá del cementerio, pasando la escuela abandonada en donde papá colgaba al entrar su pequeña gorrita, pasando el escampado entre los árboles que dejaba asomar el lago. Su madre, sentada al frente, hablaba con el taxista (Clayton) de su artritis, o de la artritis de su esposa, o de Marte. La artritis de su esposa había sido peor que la suya y ella le había pillado el truco a conducir con los nudillos cuando Clayton murió inesperadamente, justo después de Navidad.

En el asiento trasero, miraba fijamente por la ventana, tratando de no escuchar a los del frente, con el pensamiento divagado: la merienda, números, Navidad, una obra de arte de la que alguna vez le hablaron, «Caballos corriendo al infinito» o algo así. ¿Lo había soñado? No. ¿Imaginado? Quizá. ¿Fue en México? Sí, ¡fue en México! Un tablero de ajedrez en miniatura donde todas las piezas eran caballos. Y México le vino a la mente como alteración de la muerte a la mañana, sólo la palabra, sólo la idea, los pequeños cascos taconeando por el tablero de dos pulgadas, sus corazoncitos precipitándose en los pechitos ardientes, los mini copetes y espolones y cruces, iluminados por el rocío de un alba mexicana de pequeña escala. Le volvió la vida al cuerpo en todas direcciones, como un color, y al apoyar la frente en la ventana helada, se imaginó de pronto contando todo esto a su madre durante la cena. Era algo externo a ellas, gallardo y belicoso y claro –no usaría esas palabras sofisticadas, pero algunas palabras, otras palabras, surgirían. Valía la pena intentarlo. No vuelvas por donde has ido, solía decir papá cuando paseaban en coche los domingos. Ven por un nuevo camino.

Trouble in Paradise

Mi suegra mide un metro cincuenta. Al abrazarla me siento enorme, bestial, algo desleal; mi propia madre, ya difunta, también era pequeña. Aparte de eso no se parecen, excepto por la opinión de que me visto mal y soy de emociones oscuras, que ambas habrían compartido. Que deberían llevarme por ahí «a comprar ropa» es una amenaza al acecho. Esta noche mi suegra y yo lavamos los platos. Es Nochebuena. Estamos en Ohio. Se llama Verna. Ella lava, yo seco. El trapo de secar, mi regalo para Verna en la Navidad pasada, tiene un estampado de caricaturas de celebridades del Grupo de Bloomsbury. Verna cuenta historias de Mildred, su mejor amiga, que ha muerto. Mildred me enseñó todo lo que sé, dice. Mildred me enseñó a ser buena anfitriona. Escucho a medias, pensando en cuando secaba platos con mi propia madre. Recuerdo silencio, destemple e impotencia de mi parte. En verdad quería hablarle, o escucharla hablarme. Aun así, me quedaba junto al fregadero, a su lado, noche tras noche, año tras año, en un acceso de vergüenza, no sea que me haga una pregunta interior o que me espete alguna entraña propia. El temor a las entrañas nos gobernaba. Ambas teníamos intestinos neuróticos. Y un tipo de furia infundada y continua. Así que cuando digo «quería hablar», no es tan cierto. En ese momento nunca lo quise. Lo quise antes, lo quise después, lo quiero ahora, nunca lo quise en su momento. En su momento era siempre el mal momento, y yo estaba furiosa. ¿Son así otras familias? Sé que pongo la vara muy alta, pero no puedo imaginar que en Bloomsbury, digamos, hubiera un mal momento para hablar. Pero luego aquí está Virgina Woolf (en «Apunte del pasado»):

Somos vasijas selladas flotando en lo que, por comodidad, hemos dado en llamar realidad; en ciertos momentos, la materia que sella la vasija se resquebraja y entra a chorros la realidad….

¿Fue Virgina Woolf quien nos enseñó a adorar esos chorros de realidad sin los cuales simplemente navegamos con los demás en un mar de comodidad? Pero aquí estamos, Nochebuena en Ohio y se empieza a abrir una grieta. De pie al lado de mi suegra, trapo empapado en mano, reflexiono sobre la santidad del conversar. Me habla del último atisbo que tuvo de Mildred. Un cuarto de hospital. Mildred, postrada por uno de esos cánceres que te matan en un fin de semana, ya no puede comer, chupa un pedazo de hielo, tiene un tubo metido en la nariz; y cuando Verna se inclina hacia la cama para preguntar si hay algo que pueda hacer, Mildred le lanza una mirada, aparta el tubo y dice: Verna, ahora mismo daría lo que fuera por uno de tus Martinis. Al día siguiente, Mildred está muerta. Doblo en tres mi trapo, ahora oblongo saturado, con la esperanza de encontrar alguna esquina seca. ¿Cuándo murió Mildred? Pregunto y Verna dice, 1965.

¿Qué es un ser mortal? Aire, un sueño, una sombra, nos dicen los poetas de la antigua Grecia, pero a Verna no se lo digo. Sólo repito incrédula, ¡1965!

Del otro cuarto llega el ruido de la tele. Es un especial navideño sobre la guerra; entrevistan a un soldado de algún ejército, creo que israelí, cuya tarea es presentarse en zonas donde han asesinado a una mujer o un niño y plantar armas en el cuerpo. Escurro el trapo. Todo lo que quisiera de una madre agota las entrañas, está anegado de furia, electrocutado vivo y dispuesto en forma de alarido. Todo lo que me atrevo a pedirle es esta comodidad. Le pasamos un trapo a la cocina. Colgamos trapo y esponja. Cuando era pequeña, asumía que el mundo estaba hecho de papel y que había que pisar con cuidado a riesgo de atravesar el papel. Quería una partitura para ello, para el atravesar. Pensaba, todavía pienso, que dicha partitura está guardada en alguna parte, por encima de nosotros en una suerte de bruma o capa secreta. No me había dado cuenta de que Verna llevaba cincuenta años cargando el fantasma de Mildred en la frente de la memoria como un par de cuernos imposibles. Las sentencias que nos dictamos unos a otros no son muy juiciosas, ¿no es cierto? Verna quita las manchas de la estufa con el dobladillo del delantal. Ven, vamos a ver la tele, le digo. He traído una película. Es Lubitsch; te gustará.

 

Traducción de Daniela Franco

Ilustración de Daniela Álvarez

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