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Who Dig Los Angeles Is Los Angeles

Nuestra generación no aprendió nada de Mi pobre angelito 2. Viajar en diciembre es una calamidad. Pero quién puede quedarse a cantar el jingle bells, jingle bells rock, cargar los peregrinos o inyectarle metadona a un pavo, si Joe Bonamassa se presenta en el Dolby Theatre. Ni el pinche Kevin McCallister.

Todo comenzó con una llamada de don Cheto, mi díler de boletos. I got tickets for the secon night. In sigunda fila. A 250 dólares el privilegio. Había elegido diciembre para desintoxicarme. Estaba preparado para ver al bebé gatear por el techo. Existe gente que suda alcohol o droga. Yo transpiro conciertos. Llamé a mi editor. ¿Te interesa una pieza brillante sobre Bonamassa? Sí, me respondió, pero por favor ya no pongas que fue la mejor noche de tu vida. Al día
siguiente desperté a las 6 am para tomar un avión a Guadalajara, de allí uno a Tijuana, cruzar la frontera a pie y proceder por carretera hasta el centro de Los Ángeles.

El vuelo se retrasó y perdí la conexión. Apenas aterricé en tapatilandia exigí entrevistarme con el gerente de la aerolínea. No se puede tratar de esta forma a un doctor en periodismo. Ya no soy un don nadie. Tengo agente. ¿Tiene agente?, me interrogaron en el mostrador. ¿De verdad tiene agente? Es lo que acabo de decir, argüí. Denle a este hombre un vuelo a Los Ángeles, ordenó. El siguiente era a las 8 de la noche. Y eran las 11 de la mañana. Si piensan que eso puede derrotar a un doctor en periodismo están equivocados. Todo retraso trae su torta ahogada bajo el sobaco. Invertí todo el día en leer Born to Run, la bio de The Boss.

Pasada la medianoche el avión descendió sobre lax y me sentí bien papas fritas. Pero la migra me bajó los humos. Tardé dos horas en ingresar al Chuco. Salí al contaminado aire angelino con la sensación de haber sido violado. Mi plan era pedirme un pUber pool. Estaba lloviendo. La pedrada salía en 63 dólares. Mi olfato reporteril me llevó hasta un taxi pirata. El chofer era un yugoslavo. Idéntico a Yuri, el padrote de Leaving Las Vegas. Y para acabarla de chingar también era de Latvia. Por 35 dólares me llevó hasta Hollywood. Al depa de Lorena Villa Parkman. Vecina nada menos que de Peter Katsis, el descubridor de Ministry y manager de Smashing Pumpkins y Jane’s Addiction. Para ser un niño de la calle eres demasiado fresa, me dijo don Cheto. Uno siempre cae parado, le respondí. A las dos de la madrugada me desvanecí sobre el sofá de mi amiga. Habían transcurrido 20 horas desde que saliera de mi depa. Ay
Joe, everything I do, I do it for you.

Corte A (lo demás vale madre):

Home Alone (capítulo Californication)

No existe pendejada más grande que desplazarte unos cuantos miles de kilómetros para acudir a un concierto y llegar tarde. Terminé mi segunda chela en Cabo Wabo, la cantina de Sammy Haggar, y don Cheto me dijo juyámonos. Pero me pedí una más, no pensé que Joe arrancara a tiempo. Pero salió a las 8 en punto. Cuando nos internamos en el Dolby el venue retumbaba. Todavía me cumplí el capricho de largarme a miar. Pero sirvió para el encontronazo. Camino a ocupar nuestros asientos Joe estaba al filo del escenario y lo tuve a menos de metro y medio. Había visto cientos de videos de Bonamassa, pero nada me preparó para topármelo de frente. De impecable traje. Parece un abogado. Un Lionel Hutz guapo y exitoso.

Lo que diferencia a Bonamassa de otros guitarristas es que no parte de un punto para llegar al clímax. Desde el principio es climático. Y no baja de intensidad ni en las rolas más lentas. Por lo que cada tanto sacude las manos en señal de desentumimiento. Si Gary Clark Jr. es el mejor guitarrista negro desde Hendrix, Bonamassa lo es desde
Stevie Ray Vaughan. El concierto se dividió en dos partes. Primero tocó canciones de su último disco Blues of Desperation. Y la segunda de Live at Greek Theatre, su tributo a los King. Y qué voz tiene, emparentada con la ópera. Y qué banda lo acompaña, Anton Fig, baterista del show de Letterman, a quien yo jamás había visto trabajar tanto como esta noche en el Dolby, y la leyenda Resse Wynans. Verlo ha sido lo más cerca que he estado de un miembro de la banda de Stevie Ray.

Con el Dolby sold out, Bonamassa cimbró Los Ángeles. Era el último concierto de una exhaustiva gira, y un regalo de navidad invaluable. Es el guitarrista más completo de los últimos tiempos. Lo mismo toca blues a la manera clásica, que con acústica, que jazz y que metal. O un sonido semi big band, como esta ocasión, con tres metales y dos coristas negras de respaldo, una especie de virtuoso Brian Setzer. Y qué feeling maneja. Parece que se comió a un negro. Y
es que no existe otra manera de definir su estilo más que canibalesco. Y su persona contrasta con la imagen del blusero. No se ha tirado a las drogas o al alcohol. Si en este momento no es más popular es por su sentido de la no tragedia.

Cerró el show con una vigorosa Going Down, How Many More Times (me van a matar pero le pasa por encima a Jimmy Page) y Hummingbird del recién fallecido Leon Rusell. Las 20 horas habían valido la pena. No vi a Hendrix, ni a Stevie Ray, pero ya vi a Bonamassa.

Carlos Velazquez posa para una foto  en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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