Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

¿Y esos pies…? | Nell Leyshon

El viento forma ondas en la superficie del agua. Debajo, en las profundidades, la turba se extiende en capas de una sola pieza. Entre las dos, la tierra anegada, donde flores van a la deriva, atadas con tallos.
Un pez atraviesa nadando la crecida, las briznas de hierba rozan su vientre.
Abril. Un mes de verde, en esta la tierra deseable.
El sol temprano de la mañana sobre el agua. Luz de plata.
Un bote de remos se abre camino desde el estuario, a lo largo del río, después a través de la crecida y sobre los campos. Los remos se hunden, se arrastran, se alzan, se hunden. Hay otro sonido, un sonido rítmico, que se acerca, y el bote se detiene. El hombre alza los remos, los apoya en los escálamos. Dos cisnes vuelan por encima, sus alas se extienden y se repliegan al unísono, lentas y pesadas en el aire fino, sus plumas iluminadas por el sol; blanco sobre el cielo gris hierro.
El hombre y el chico observan los cisnes, observan su blancura.
El goteo del agua y el ritmo agonizante de las alas.
Agua y el bote. Nada más.
Eso es lo único que hay.

El hombre vuelve a hundir los remos, los arrastra contra el peso del agua, y el barco comienza a moverse.
El chico está sentado observando cómo su tío rema. Después, mientras mira a su alrededor la masa de agua, las ramas de los árboles que rompen la superficie de plata atravesándola, bosteza.
Su tío ve el bostezo:
—¿Estás bien?
El chico asiente.
—¿Ya estamos cerca? —pregunta.
Su tío ríe.
—Vaya con el mocoso —dice—. Siempre preguntando lo mismo— Señala la colina que hay más allá, al otro lado de los páramos, donde queda Glastonbury—. Tierra yerma.
No demasiado lejos.
—Allí tendrás un catre para ti.
El chico piensa en catres: el catre de paja en el que nació, el colchón de paja sobre el que todavía duerme, en casa.
Piensa en su madre, que, echada en el catre de paja, lo trajo a la vida.
Su madre, la madre soltera, la madre intacta, la madre pura.
Que huele a casa y a paja.
Pura.
Pero el chico no quiere pensar en su casa, o en su madre, así que en vez de eso intenta pensar en catres. En catres y en sueño, y en cómo los seres humanos se van a dormir cuando llega la oscuridad, y se levantan con la luz. Piensa en las aves que durante la noche vuelan aquí, en esta tierra verde: el búho, el caprimúlgido, el ruiseñor.
Y piensa en murciélagos.

—Sí, allí tendrás un catre bien cómodo para ti solo.
Una vez había visto un murciélago, un murciélago muerto. No sabía que tenían las caras así, pequeñas caras de mamíferos.
—Y algo de comida.
El chico levanta la vista.
—¿Alguna vez has visto un murciélago, tío? —pregunta.
Su tío asiente:
—Unos cuantos en mi vida.
—¿Alguna vez les viste la cara?
—Sí. Extrañas.
—Tienen las orejas grandes —dice el chico—. Quiero decir, para su tamaño.
—Es porque tienen mucho que escuchar. Me refiero a que, o vienes equipado así, o no oyes esas cosas.
—Sí —dice el chico—. Supongo.
«Su cerebro no es muy grande, el de los murciélagos. Pero mira cómo oyen. Da qué pensar».
El chico mira alrededor.
—Sí —dice—. Da qué pensar.
—Tal vez por eso los creó Dios —dice su tío—. Ya me entiendes, para darnos qué pensar. Si todos fuéramos iguales, no habría mucho qué pensar.
—Si todos tuviéramos orejas de murciélago.
—Orejas de murciélago y cerebros pequeños.
—Si todos tuviéramos cerebros pequeños —dice el chico—, no seríamos capaces de pensar.
—Cierto —su tío sonríe—. No eres ningún tonto.
—¿Crees —pregunta el chico, mirando alrededor en esta tierra extraña— que sólo las personas son capaces de pensar?
—Hmm —dice el tío—. Es bonito creer que los animales pueden pensar —sigue remando, luego dice: —Bueno, ¿qué te parece todo esto por ahora?
—Mucha agua —dice el chico—. Mucha agua y mucho verde.
—Bueno, es el agua lo que hace que sea verde.
—Distinto de casa —dice el chico.
Esa palabra otra vez. Casa.
—Te vendrá bien —dice el tío—. Salir un poco, ver el mundo.

Dejan el bote en un extremo del pueblo. Lo amarran a un árbol, sacan los remos de los escálamos y los colocan atravesando los asientos de madera.
El tío se inclina sobre el bote y saca la bolsa de plata que va a intercambiar por estaño. Él y el chico caminan por el pueblo hasta la casa en la que ha acordado reunirse con los hombres. Allí, el tío habla con ellos de estaño y plata, y cierran el trato y beben. Llevan al chico a la cocina, donde una mujer le da un plato de pescado y pan, y come hasta que no puede más. Después lo llevan a la parte de atrás, a los establos, donde le enseñan un largo pesebre lleno de paja limpia y dorada. Se mete dentro, y sus ojos se cierran al tiempo que su cabeza toca la paja que huele a su madre.

Su madre, sobre el catre de paja, dando a luz.
El bebé, el infante, los ojos cerrados, la boca busca.
Luz de estrellas en la oscuridad del establo.
Puro.

El tío vuelve remando a través de las aguas crecidas. Caminan hasta el puerto y embarcan, cargados con el estaño que ha intercambiado por su plata. El chico duerme en su hamaca por la noche y arregla sogas durante el día. Toma un trozo largo de soga y hace un nudo en ella cada siete días. Ha hecho muchos nudos para cuando llegan al calor y la tierra árida.

—Bueno —dice su madre María después de abrazarlo y dar un paso atrás para comprobar cuánto ha crecido—, ¿qué te ha parecido?
—Bueno —dice el chico—, era verde y húmedo y un buen sitio.
—¿Eso es todo? —dice ella.
—Me dio qué pensar. Ya no soy ningún niño. Necesito avanzar.
—¿Y qué vas a hacer? —pregunta—. ¿Serás carpintero como tu padre o comerciarás con estaño como el tío José?
El niño se queda pensando:
—Quiero trabajar con la gente.
—¿No vas a seguir con la labor de tu padre?
—No. Voy a seguir mi propio camino.
La madre del chico hace entonces una pausa:
—Bueno, tienes espíritu. Eso no se puede negar.

El chico se convirtió en un hombre y terminó trabajando la madera, como su padre. Mientras trabajaba —girando, lijando, serrando— pensaba en cómo le había dicho a su madre que quería trabajar con la gente. En cómo seguiría su propio camino. En cómo no lo había hecho.
Fue en su trigésimo cumpleaños cuando tomó la decisión. Abandonó sus herramientas de carpintería y comenzó su nueva vida.
Milagros, sermones, lavados de pies.
De todo.

Fue esta nueva vida la que lo metió en problemas: empezó a tener adeptos, empezó a causar revuelo. Comenzaron los murmullos y las intrigas en su contra, y supo que su nueva vida terminaría.
Todo alcanzó su punto crítico en Jerusalén, donde la cena de la Pascua Judía fue dispuesta para él y sus doce seguidores. Se sentaron a la mesa con el tío del hombre, José, y el hombre arrancó un pedazo de pan de la hogaza.
—Tío —dijo, y le ofreció el pedazo de pan a José—. Tío que me tomaste de niño y me enseñaste el mundo. Éste es mi cuerpo.
José tomó el pan. Comió.
El hombre llenó el cáliz de plata de José con vino tinto.
—Y ésta —dijo— es mi sangre.
El tío José colocó parte del pan en el cáliz de plata y éste se empapó del vino.
—Mi sangre y mi carne —dijo el sobrino. Miró a los doce hombres. Se puso en pie—. Es hora de irnos. Nuestra última cena juntos ha terminado.
José ocultó el cáliz de plata bajo sus ropas. Se puso en pie y lo siguió.

Jesús arrastró su cruz de madera varios kilómetros durante la noche, hasta el Lugar de la Calavera. Al amanecer los soldados lo desvistieron hasta que quedó desnudo. Colocaron una capa púrpura sobre su cuerpo y una corona sobre su cabeza; las espinas eran tan gruesas que le rasgaban la piel y la sangre brotaba. Puedes llamarte Rey, decían, y le escupían en los ojos. Puedes llamarte Rey, decían, y le golpeaban la cabeza con una vara de junco, haciendo que las espinas se hundieran más profundamente en su piel. Puedes llamarte Rey, decían, y le tiraban del pelo de la cabeza y la barbilla hasta que brotaba más sangre.
Lo clavaron a la cruz y la levantaron. Entre otras dos cruces, entre dos ladrones.
El viento sopló y las aves enmudecieron de repente.
José permaneció al pie de la cruz con el cáliz de plata bajo sus ropas. Observó cómo se movían los labios de su sobrino, observo cómo rezaba con tanto fervor que el sudor de su cuerpo se volvió rojo y era sangre. Las gotas de sangre resbalaron por su cuerpo, por la cruz, y se hundieron en la tierra. Dieron alimento a la hierba.
La madre de Jesús, María, permaneció con las manos sobre los ojos. José pasó su brazo por los hombros de ella, después abandonaron la escena. Se marcharon a preparar el entierro.

El calor sobre su piel. La sequedad de su boca. Sus brazos. Hombros. Piernas. Pecho.
—Agua —gritó, una y otra vez—. Agua.
El cielo se oscureció y vio un petirrojo volar frente a él y luego desaparecer.
Unos pocos minutos después, regresó. Se acercó a su boca, y tocó sus labios con su pico. Una sola gota de agua cayó en su boca.
—Gracias —dijo.
El pájaro se posó sobre su hombro, sus pequeñas garras clavándose en su piel. Inclinó la cabeza hacia un lado, bajó la vista hacia su pecho. Era rojo. Sangre fresca.
—Gracias —volvió a decir el hombre.
El pájaro levantó el vuelo, regresó y volvió a posarse sobre su hombro. Su pecho empapado de sangre.
—¿Quieres más? —dijo el pájaro. Él asintió y el pájaro depositó más gotas de líquido en su boca. Él tragó.
Un pájaro hablándole. Bajó la vista hacia la tierra. Su pecho desgarrándose. Su mente debe de estar perdiéndose.
—¿Más todavía?
Recolocó sus brazos. Su propio peso los arrastraba hacia abajo.
Un pájaro hablándole.
—He dicho que si quieres más.
Él negó con la cabeza.
—Bien, entonces mejor me voy. Ahora mismo son demasiadas cosas —el pájaro bajó la vista hacia su pecho—. ¿Sabes? Este rojo me gusta bastante, me queda bien. Esto podría ser el principio de algo, ya sabes.
El hombre cerró los ojos.
—Bueno, buena suerte —dijo el pájaro—. Espero que te bajen pronto. —Echó un último vistazo alrededor y después emprendió el vuelo.

Podía escuchar su propia respiración. El cielo se oscureció.
Agua. Pensó en copas, en cálices de agua. Arroyos, ríos, lagos, mares. Entonces pensó en las extensiones de agua que había visto con su tío. El mar, después el estuario, el río, la tierra anegada. Pensó en inclinarse por un lado del bote y mojar sus dedos, formar una copa con sus manos, acercarla a sus labios y beber. Pensó en bajar su rostro, más y más, hasta que su piel tocara la superficie, hasta sumergir la cabeza entera, después el cuello y los hombros. Su cuerpo zambulléndose en el frescor. Nadar. Bucear entre la pradera marina. Bucear lejos de la luz de arriba, bucear profundo, en la oscuridad.

El cielo se oscureció, se volvió negro. La tierra tembló y se abrió. Los santos salieron de sus tumbas y caminaron.
Un soldado perforó su costado con una espada de plata. El tío volvió, tomó el cáliz de plata que guardaba bajo la ropa y lo sostuvo para recoger la sangre de su sobrino y agua que mezcló con el pan y el vino. Carne y sangre.
Cuando bajaron el cuerpo, se lo entregaron a José. Él lo llevó a la tumba que había excavado en la roca, lo cubrió con un quintal de mirra y aloes, y después lo envolvió en lino. Colocó una roca en la entrada de la tumba y se marchó.

En la cueva estaba oscuro, incluso para los muertos. Una pequeña grieta de luz donde la roca descansaba contra la entrada de piedra. Un ruido, un aleteo.
El petirrojo entró:
—Entonces, te bajaron.
Su corazón se movió lentamente, consiguiendo que una gota de sangre entrara en una vena.
—He dicho que te bajaron.
Un pulmón se extendió y creció, y el aire pasó a través de él.
—Me encontré con una petirroja después de verte allí arriba. Le gustó el rojo. Sigo teniéndolo, ¿sabes?
El otro pulmón también. El corazón lento pero a intervalos regulares. Latiendo.
—Sí, le gustó bastante.
Abrió un párpado. Vio al pájaro.
—Así está mejor —dijo el petirrojo.
Abrió la boca. Los labios. Secos.
—Ahora el otro ojo.
Abrió el otro ojo.
El petirrojo dio saltitos alrededor.
—Apuesto lo que quieras a que te vas a poner bien.

El hombre se movió.
—Espera, deja que te ayude. —El petirrojo encontró el extremo del lino y tiró de él con su pico, tiró y dio saltitos por el suelo hasta que los jirones de lino descansaron en una pila y el hombre yació en el suelo de tierra, su piel cubierta de hojas y savia.
—Necesitas un buen baño —dijo el petirrojo—, pero sobrevivirás.
—Gracias.
—Por Cristo —dijo el petirrojo—. También hablas.
—Yo soy quien debería decirte eso.
El pájaro rio.
El hombre alargó la mano. El petirrojo se subió a ella de un saltito, y se quedó mirando fijamente la palma:
—¿Qué es eso?
—¿El qué?
El pájaro señaló con la cabeza la marca de su palma:
—Eso.
—Donde se clavaron las uñas.
—Por Cristo.
El hombre rio:
—¿Crees que podré levantarme?
El petirrojo bajó de un saltito:
—Inténtalo.
El hombre se puso de rodillas lentamente, y después de pie. Se sacudió el polvo y la suciedad del cuerpo, y caminó hacia la luz.
—¿Adónde vas? —preguntó el pájaro.
—A ver a mi tío.
—Bueno —dijo el petirrojo—. Buena suerte.
Conforme el hombre empujaba la roca, le grieta se iba volviendo más grande, y empezó a trepar por el hueco:
—Gracias.
—Ha sido un placer —dijo el pájaro.
El hombre se dio la vuelta y miró al petirrojo. Sonrió.
—Sólo una cosa —dijo.
—Tú dirás.
—¿Siempre has sido capaz de hablar con gente?
El petirrojo negó con la cabeza. Parecía confundido:
—No había pensado en ello, pero no. No hasta que te vi en esa cruz. —Está bien —dijo el hombre—. Bueno, tengo que irme.
—Por supuesto —dijo el petirrojo volando hasta su hombro—. Hasta luego.
—Sí. Hasta luego.
El petirrojo levantó el vuelo y el hombre observó cómo se marchaba.

Su madre lo abrazó y lo llevó a ver a su tío, que estaba sentado junto al fuego, con la cabeza gacha.
—Tío José.
José levantó la vista. Su sobrino estaba de pie frente a él, un pequeño taparrabos de lino, la piel manchada de verde y marrón:
—Por los clavos de Cristo.
Él rio.
—Sí, eso mismo —se sentó junto a su tío, junto al fuego—. He venido a decirte algo.
—Dime.
—Quiero que construyas un edificio. Donde la gente pueda reunirse. Donde pueda propagarse la palabra.
—¿Dónde? —preguntó su tío.
—Duerme esta noche y cuando te despiertes, conocerás la respuesta.

José se echó aquella noche junto al fuego con el cáliz de plata a su lado. Pensó dónde podría construir. Donde pudiera esconder el cáliz para que nadie pudiera encontrarlo.
Finalmente, durmió unas pocas horas y se despertó al amanecer con el canto de los pájaros. Se despertó al amanecer con la respuesta.

El viento sobre el agua. Ondas. Luz de plata. Campos anegados. La turba de una sola pieza en las profundidades, bajo el peso de las crecidas translúcidas. Flores flotan en el agua. Un pez debajo, briznas de hierba rozan su vientre.
Dos cisnes bajo la luz. El agua y ambos en el bote con los remos. Nada más. Silencio y quietud.

José de Arimatea se marchó ese mismo día. Se llevó a sus adeptos y el cáliz de plata. Dejaron las tierras cálidas y volvieron al verde. A las tierras húmedas.

Traducción de Raquel Vicedo

Fotografía de Smudge 9000 en @Flickr

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