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Yo sobreviví al Vive Latino

Me costó casi diez segundos reconocer que se trataba de un techo. Estaba tirado en el piso. Cuan largo soy. Lo primero que pensé fue: Carlos, ya tienes 37 años. Eres un padre de familia. Ya no puedes seguir perpetrando este tipo de osos. Me sentía Casper al final de Kids. Jesus, what happened. Me encontraba en un baño. Revisé mi bolsillo izquierdo. Celular sin extraviar. ¿Mi cartera? No me la habían robado. Me palpé el culo. Incólume. No era penal, murmuro. No estoy crudo. Sigo pipa. Qué digo pedo, lo que le sigue. Qué horas son, mi corazón. Qué horas son en Torreonistán. Qué horas son en Old Town. Qué horas son en la Interzona. Guaché mi cel. Eran las cinco de la mañana. Me gusta la machaca, me gustas tú. No he pagado el Internet, puta madre.

Me arrastré cojeando como un Joe Manteca del subdesarrollo hasta una ventana. El rumbo me horrorizó. ¿Calcuta? ¿Bombay? ¿Cidade de Deus? No. La colonia Guerrero. Es una pena que Kevin Carter se suicidara. Una vuelta por el Kantinflas y se habría ganado otro Pulitzer. Echado sobre un camastro roncaba Ike. Un mercenario que se hace pasar por artista visual. Aterricé. Estaba en su estudio. Me invadieron escalofríos. Mi cuerpo ardía. Como si acabara de ser atacado por un regimiento de aguamalas. ¿Será el ácido úrico? ¿Serán los dioses ocultos? ¿O serás tú? Me desparramé junto a Ike. Próximo a su pelo de caramelo derretido que lo ha tornado tan célebre. ¿Vas a perder el avión, verdad, Charly? Era domingo. Debía salir rumbo al aeropuerto a las 7 a.m. Si me odias o me deseas algún mal, prográmame un vuelo temprano. Mis detractores te lo agradecerán.

A las 2 de la tarde estaba programado para leer un fragmento de mi novela en la Feria Universitaria del Libro en Monterrey. Mis bártulos, un mísero cambio de bombachas y mi computadora, estaban en la colonia Roma, en casa de Mente Sucia. No importa cuánto admire el estilo de vida de Doc Sportello, no podía permitirme el lujo de faltar a mi compromiso. Sería el segundo año consecutivo que los dejaría plantados. Fragüé un plan maestro. Me dormiría una hora. A las seis saldría en taxi a recoger mis tiliches y a las siete en punto me barrería en safe en el aeropuerto. No, le balbuceé a Ike, no lo perderé. Me aguardan tratos. Tengo bisnes que concretar. Mi futuro depende de mi presencia en la Sultana del Norte. Además, le mediría la temperatura a mi novela con una lectura en público. La novela que he cacareado por cuatro años. Ni madre. Me treparé a ese avión, nada puede impedirlo, ni siquiera aunque acabara de salir de un trasplante de hígado lo perdería.

Qué ocurrió, Ike, lo interrogué. Cómo qué, güey. Casi nada. Nomás nos pasó un Vive Latino por encima. Apenas terminó la frase, comencé a roncar.

Todo comenzó con mi armadura en un ETN con destino a Monterrey. He perdido la cuenta de cuántas ocasiones he realizado ese mismo trayecto. No valen las que hayan sido, siempre me prende. Monterrey es una de mis ciudades favoritas. Antes y después de la guerra vs el narco. Urdí un plan. No perder el bus de las seis de la mañana. Palomeado. La Universidad Autónoma de Nuevo León me odia. Cómo se les ocurre ajuarearme a presentar un libro a las tres de la tarde. Me pucharon a montarme en la primera corrida. O no arribaba a tiempo. No descansé el párpado toda la madrugada. A cambio no fallé a la cita. Durante el camino no conseguí guachar porno porque el wifi del bus apestaba. No obtuve más consuelo que entregarme a la lectura. El mundo conspira para que yo sea un literato en todo momento.

Atraqué en la tierra de Lalazo, don Eulalio, Piporro, con Todo fine de Juan Cirerol en los audífonos. Fue inevitable no pensar en la primera vez que Jack Kerouac visitó Monterrey. La literatura norteamericana conspira en mi contra. El pensamiento vertical de las letras. El libro Viajero solitario posee todo el espíritu del Cerro de la Silla. Apenas concentré tiempo suficiente para hacer el pisa y corre en el hotel. Habilidad retenida de mis días como jugador de la liga infantil de beisbol de mi pueblo. A las dos de la tarde presenté el libro Mapping de Óscar David López. Un ex queer travestido a cyborg Vaquerobvia. Que a raíz de una serie de cirugías en las que le extirparon el intestino grueso ha experimentado una trasmutación radical. Mandó a la banca a Morrissey y su mechón de pelo rosa para abrazar la narcocultura. Nada como una aproximación a la muerte para despertar apego a los orígenes.

Al concluir el evento Óscar amagó: estoy de vuelta de la muerte. Vamos a celebrar. Vamos a comer a El Rey del Cabrito. En la madre, me receté. La última vez que se me ocurrió acompañarlo a la sucursal de Constitución, la ubicada atrás de MARCO, me vetaron indefinidamente. Tuve que aguardar a que cambiara una generación de meseros para que me permitieran el acceso again. Aquella ocasión apenas si alcancé a ordenar unos frijoles con veneno y una Bohemia. Mi cel sonó. Era una conferencia desde el PDF. Un poeta ex amante de Óscar. Dile que le mando saludos. Óscar te manda besos. Pregunta qué cuál Óscar. No terminé la frase cuando me arrebató el teléfono y se puso a injuriarle cómo que cuál Óscar, el que te la metió por el ano sin condón. Y toda una sarta de babosadas jotas a grito pelado. Con El Rey del Cabrito abarrotado de familias con niños.

Un mesero se aproximó y yo todavía muy campechano tomé la carta y le pedí una orden de mollejas, una de machito y una de pierna. Ah, y otra chela, plis. Todo el cuerpo de meseros del lugar rodeó nuestra mesa. El capitán nos espetó en la jeta: no les vamos a servir nada más, paguen lo que pidieron y lárguense. Y me extendió la cuenta. Óscar no se percató de que nos estaban echando. Seguía enfrascado en su pelea de matrimonio gay. Firmé el baucher y me salí. Como Óscar no se enteró del zafarrancho que había armado con sus exabruptos, se ofendió cuando le exigieron que se borrara. Se resistió. Si existe alguien necio en el mundo es este cabrón. De repente vi la puerta principal del local abrirse y a Óscar volar expulsado por seis meseros y aterrizar a mis pies todavía con el cel pegado a la oreja escupiendo malasrazones.

Como era domingo la única oportunidad de conseguir alcohol era en restaurantes. La ley seca se activaba, en ese entonces, a las dos o tres de la tarde. No habíamos dormido. Atravesábamos un momento crítico. Se nos había agotado la cocaína. La única salida decente era embriagarnos hasta la ignominia. Acabamos en Sanborn’s. Para colmo era la hora feliz. A base de Negra Modelo perdimos el estilo. Hasta que Óscar se desató y en medio del bar comenzó a gritar: Carlos, déjame te la mamo, al tiempo que me estrujaba la bragueta. Nos corrieron bajo amenaza de que llamarían a la policía. Los amenazamos con demandarlos en la CNDH, por homófobos. Que no nos autorizaban a vivir nuestro amor sin cortapisas. Óscar se cayó al piso afuera de Sanborn’s y entre carcajadas comenzó a miarse en los pantalones. Le saqué una foto. Una mítica foto con la que lo extorsioné bastante tiempo, hasta que en un viaje a Culiacán extravié mi cel.

Lo anterior había sucedido antes de las operaciones. Entonces cuando Óscar me espetó, después de la presentación del libro, que estaba de regreso del valle de la muerte, que ansiaba celebrar la vida, comenzaron a sonar las alarmas. Me sentí como HAL9000 cuando Dave lo desatornilla manualmente. Dave, stop, Dave.  Will you? I’m afraid. My mind is going. I can feel it.  Pero qué chingados, me envalentoné. No se pone un pie de verdad en Monterrey hasta que no se visita El Rey del Cabrito. He probado varios. El Gran Pastor, el de don Rogelio Arrambide, los Cabriteros, el Pipiripau, pero ninguno como la generosidad kitsch de El Rey del Cabrito. Y con las porciones más apabullantes. Nadie nos reconoció en el local. Y comimos sin contratiempos.

Para aliviar le mal du porc nos atrincheramos en mi habitación para recurrir al mejor Sal de uvas posible: cocaine. Cervezas, videos de Madonna y fifí. ¿Existe acaso otra fórmula para acceder a la felicidad? Soy joven. Escribo bien. Y me pagan. Pero a las siete de la tarde una llamada trastocó el destino. Mi acreditación para el Vive Latino estaba lista. Tendría que volar el viernes a las seis a.m. Por qué Chuyito, por qué insistes en ponerme estas pruebas si sabes que siempre yerro. Dalai, beast, me serené. Es miércoles en la tarde. Estás con un amigo al que pensaste que no volverías a ver. Enjoy la doña Blanca.

Bajamos a cenar. Según yo no me desvelaría, ay sí, ajá. Óscar y yo nos parapetamos en mi habitación a esnifar. A las cinco de la mañana me atacó una especie de revelación. Se acabó, dije al ponerme de pie. Me retiro. Renuncio a la literatura. Me dedicaré a la actuación. Está decidido. Mi conducta obedecía a un hecho crucial. Se había terminado la coca. Oh, gosh. Llamamos al díler. Hijo de su erase & rewind, nos mantuvo una hora afuera del hotel al tiempo que admirábamos la bruma del Cerro de la Campana. Ver el amanecer es un asunto de drogadictos y de deportistas. No apareció. Derrotado, me fui a acostar. No pude dormir. Calculo que a las siete dormité a little. Pero a las ocho ya estaba en pie. No hice nada en todo el puto día, excepto tragar. Al atardecer compramos más material. Bien arreglado, me fui a la cantina La Nacional a la presentación del libro de Tanguma. Estuve aplastao en la mesa de Memo Berrones. Uno de las máximas chuchas cuereras en la materia del corrido.

Disciplina, Carlos, mentalicé. Aguanta, corazón, no seas cobarde. Si Leonard Cohen se enclaustró una década en un santuario budista bien puedes tú no desvelarte una ocasión en tu perra vida. No te puedes dar el lujo de perder este vuelo. Mañana por la noche toca Robert Plant. No te lo puedes perder. Pero la fuerza de voluntad es una pistolita de agua. Y la coca de Óscar me impidió continuar con el plan. Eso sí, cumplí con todo el ritual. Me puse la piyama. Me lavé el océano. Y me cobijé hasta el pecho. Por la tv pasaban la peli Beat, con Kiefer Sutherland como Burroughs y Courtney Love como Joan Vollmer. Quitadito de la pena sistemáticamente me paraba de la cama, me ponía las pantuflas y me aproximaba a la mesa para meterme una raya. Dinámica que realicé toda la noche. Buen trabajo, Carlos, me aleccioné. Volviste a hacerlo. Felicidades. Pero eran las cuatro de la mañana. voy a dormir una hora. Proferí iluso. Pero lo que hice fue cerrar los ojos y concentrarme en el latido de mi corazón hasta las cinco.

El ritmo de mi coraza emulaba al de un atleta de alto rendimiento. Un consejo: nunca tomarse el pulso si te estás administrando cocaína. Me pegué un chagüer y a las seis en exactitas subí a un taxi. Al cajero, le ordené. Y luego al aeropuerto. No me culpen por urgir un subidón. Toda mi época lo necesita. Me metí una raya violenta en el cajero y puse “Boys & Girls” de Blur en el iPod. Sólo un issue me masomeneaba. Que mientras yo me dirgía al aeropuerto, Jordi Carrión realizaba el mismo recorrido, pero a la inversa. Venía de Barcelona y había pasado sólo una noche en el PDF. Y desde mayo de 2013 que no nos veíamos. Había prometido sobre una estampa de Malverde que sería su guía en Monterrey. Intromisionarlo en todos los lugares nasty que eran estación obligada. El Jardín, el Guichos, el Metehuala. Y conducirlo por los meandros del cabrito de leche. Sin llorar. Por el gonzo soy capaz de lo que sea. Incluso de plantar a mis felas.

Soy un puto crack. No perdí el avión. Aterricé en el PDF con unas ojeras más pronunciadas que las de la Campuzano. Obcecado en la tradicional cultura del take the money and run, hice una breve escala en el depa de Mente Sucia para aventar mis chunches y me lancé al Xolo. Un restaurante en Monterrey esquina con Tapachula que Ike ha convertido en nuestra base de operaciones. Este ritmo de vida no tardará en cobrarme la factura, pensé. Si Kylie Minogue derrotó el cáncer yo superaré lo que el destino me depare, me consolé. Como tu abogado, te recomiendo que pidas un taco gobernador, instruyó Ike.

Un atracón siempre amerita un desempance. Por lo mix nos afanamos una pachita de tequila cada uno camino al metro. Ignoro por qué, pero en mi cabeza irrumpió una frase: «Oh, mamá, ella me ha besado». Malditas trampas del inconsciente. Hacía siglos que no oía esa pendejada. Ni cómo culpar al ácido. He decidido dejar de hacer responsables a las drogas de mi comportamiento. Le caímos al Vive Latino y nos encontramos con lo mismo de todos los años: una legión de especímenes descendientes de gente que nunca debió de reproducirse. Ingresamos a tiempo para ver a Juan Cirerol. Pero apenas puse un pie en la carpa Rockampeonato se presentó el maldito anatema característico de éste y de todos los festivales futuros: el divisionismo. Ike me comunicó sus deseos de apersonarse a guachar a los Babasonicos. Con esporádicas incursiones al Hospitality. Nada bueno se puede desprender de esto, pensé.

Juan Cirerol pasó con su cara de niño como un demonio de Tasmania por el Vive Latino. Salió en solitario. Para después de dos canciones hacerse acompañar por un dueto, batería y bajo, que recordaba a los Tennesse Two de Johnny Cash. Con cientos de kilómetros de lona recorrida sobre el escenario y un dominio pleno del público abarrotó la carpa. Es un salto enorme el que ha pegado Cirerol, desde la época en que cantaba en taquerías y cantinas, hasta echarse a la bolsa a los asistentes al Vive Latino. Su figura encarna una mezcla de Johnny Cash con Piporro. Más piporresco que nunca, con los tics de Eulalio González, gruñidos, tics, onomatopeyas,  exhibió unas tablas envidiables sobre cómo un hombre con un instrumento puede manejar a la audiencia. Culminó la actuación tirado en el piso convulsionándose mientras rasgueaba el bajo sexto.

Ike retornó minutos antes de la actuación de Nacho Vegas. Su rostro ya acusaba los estragos condenatorios de alguien que ha abusado del consumo del alcohol. La mirada estrábica, el balancearse como un Monkiki en una rama y la práctica de una lengua que te obliga forzosamente a recurrir a los servicios de un traductor para poder entenderla. En vano traté de disuadirlo para que no acometiera una segunda fuga. Lo insté a permanecer conmigo. Sabía lo que ocurriría. En un punto de la aglomeración sería imposible volver a encontrarnos. Pero el súper poder, el soy bien chingón, que te insufla el alcohol lo envalentonó a desprendérseme. Y es que cuando un hombre ha comenzado a beber, difícilmente se detendrá. Dependerá de su fuerza de voluntad. Y en el caso de Ike, primero se suspendía el evento por tormenta eléctrica antes de que renunciara a los privilegios del Hospitality. su pretexto: Interpol. Aquí te espero, cabrón, en la consola. No me voy a ir hasta que regreses. Vana advertencia.

Antes de que se largara le expropié su pachita de tequila. La mía la había liquidado en Juan Cirerol. Y mientras sonaban las primeras notas de Nacho Vegas me pegué el primer viaje. Maldita, no resistiría hasta Robert Plant. Sé que sonará contradictorio, oh cabrones, no soy perfecto, pero el grupo de muchachas con pancartas con alusiones a los 43 de Ayotzinapa durante la presentación de Nacho no me pareció un guiño impostado. Sé que he condenado este tipo de manifestaciones por considerarlas un recurso fácil para agradar al público. Pero en Nacho Vegas me pareció un gesto auténtico. Basta escuchar Resituación, su disco más reciente, para percatarse de que la postura de cantautor comprometido de Nacho no es oportunista.

Al igual que Cirerol, abarrotó la carpa Rockampeonato, con una legión de fieles seguidores. Que concurrieron para escuchar en vivo el que quizá sea el mejor disco en toda la carrera de Nacho. Porque no existe duda de que atraviesa por su mejor momento.

Entonces la oscura profecía ocurrió. Ike se desmaterializó. No volvió al punto de encuentro. Y si lo hizo fue devorado por el tráfico hipster. Arribé a Interpol para atestiguar los últimos veinte minutos del show. Pese a que El pintor me reconcilió con la banda, algo se rompió. Verlos en vivo ya no significa nada para mí. En qué momento pasaron de ser un grupo indie a convertirse en una banda de festivales. Y no porque esto sea negativo. Pero considero que Interpol algo pierde en sus presentaciones masivas. Ignoro si es comunión con el público o a qué se deba que experimente este distanciamiento. Me encantaría poder disfrutarlos en un lugar pequeño. Para constatar si el efecto producido cambia. Como muchos, me encontraba de pie ahí sólo para aguardar a Robert Plant. De no ser ese el móvil preferiría situarme en cualquier otro sitio. Una taquería, para bajar avión, o en un vagón del metro para caer temprano en cama. Triste conclusión.

Robert Plant atronó en escena con «Babe, I’m Gonna Leave You» y era definitivo, Ike y yo nos habíamos perdido el rastro. Par de rain dogs. Los festivales están repletos de gente que se extravía, no somos los primeros ni seremos los últimos a los que les ocurre. Pero algún karma estás pagando cuando la persona con la que planeas asistir y compartir ese evento se esfuma. Sólo esperaba que lo estuviera disfrutando. Por mi parte, era una deuda más que saldaba. En la anterior ocasión que vino a México no pude acudir al concierto. Y estos días que una gira de Led Zeppelin se vuelve más y más improbable, mejor ver aunque sea a uno de sus miembros que a ninguno. Y cómo sucede con la música que te ha marcado y ha formado parte de tu educación sentimental, los primeros acordes de «Babe, I’m Gonna Leave You» me removieron las tripas. Como la coca de buena calidad, que apenas te das una línea y te manda a defecar, cual vil Fatache.

Para cuando sonó «Rainbow», del disco Lullaby and… The Ceaseless Roar ya había visto toda mi vida en fastforward, como si de los créditos de inicio de Los años maravillosos se tratara. Siguió «Black Dog» y se apoderó de mí. Esta canción es una de las culpables de que tenga el cuello fornido. Toda mi vida me la he pasado sacudiéndolo arribabajo y deunladopalotro al ritmo de la rola. En «Going to California» recordé que Ike había mencionado que para Robert Plant buscaría a su morra. Qué a toda madre, idealicé, que orita esté amacizao. Luego me pegó el sopor etílico de los mezcales, las dos pachitas de tequila y las siete u ocho chelas que traía en la chacón. Y entré en un trance del que esperaba me sacara «29 Palms». Pero nunca llegó. Me hacía una enorme ilusión escucharla en vivo.

El cubetazo de agua fría «Whole Lotta Love/Who do you love». Salí de mi hipnosis. Esa sin duda fue mi mejor venganza. Si algún día tengo nietos y desarrollan la inteligencia suficiente para oír rock les restregaré en la jeta que yo sí vi a Robert Plant. Pero que ellos llegaron demasiado tarde al rock & roll. Que ya está muerto. El changarro se cerró con «Rock and Roll». En sus tiempos la declaración de principios de una generación que ahora la ha adoptado como soundtrack de la osteoporosis. Y eso fue todo, doce rolas. Y a esperar a la próxima gira. Si es que hay. Parece que perder se ha vuelto la constante en mi vida. Perder mujeres, discos, dinero, drogas. Y para colmo, perder a Ike en el concierto de Robert Plant. Lo que sí no perdí fue la posibilidad de ver en vivo al vocalista de Led Zeppelin. Como sí le ocurrió a Ike.

Al día siguiente me enteré de que Ike no había estado en el Foro Sol cuando Robert Plant brincó a escena. Se había puesto tan pedo que tuvo que largarse a su casa. Había esperado por meses la fecha. Pero los mezcales del Hospitality lo liquidaron. Tanto aguardar. Tanta emoción contendida. Tanto deseo por estar presente en ese toquín. Para al final descontinuarse a base de alcohol. Sacarse a sí mismo de circulación. Podría acusarlo de autosabotage. Pero el autosabotage es un aspecto inherente a la vida del borracho.

La logística del sábado se antojaba de peligro extremo. Asistir a la segunda jornada del Vive y a treparme a las 8 a.m. en el avión que me repatriaría a Monterrey. Ningún reto que no hubiera afrontado con anterioridad. Hasta me podía dar el lujo de, a): terminado el jelengue chingarme unos Parados de Baja California e irme a dormir un par de horas, o b): buscar un after awer, el Jacalito, el Tin Tan de Garibaldi o el Internet y largarme en vivo al aeropuerto. Lo único que me perturbaba era dónde iba a beber, dónde iba a firmar, dónde iba a ver la Copa de Oro, si me acababan de clausurar las Pecosas. Ah, y me apuraba mi compu. La MacBook Pro donde receloso guardo la novela que ha consumido los últimos cuatro años de mi vida. Por la que he perdido todo. Tenía mi itinerario calculado bien nice. Pasaría por la compu a casa de Mente Sucia dos horas antes del check in.

Me reuní con Ike en Xolo Bar, nuestro dog out. Después de una dosis no recomendada de mezcales, la Guzmán nos recogió en su troka y le pegamos al Foro. No ameritó cargar parque. Para qué portar nalguera si existía el Hospitality. El Waze nos ahorró un buen tramo de viaducto. Nos condujo por una ruta que nos sitúo justo a los pies de las putas de Tlalpan. Una chiquivuelta y a la altura de Añil emergimos al Viaducto como el cuerpo de un ahogado que después de horas flota la superficie. Las manos me sudaban. De la emoción. Por los Happy Mondays. El lance implicaba una chinga. Tener que retacharme a Monterrey. La culpa era mía por aceptar invitaciones a ferias de libro en tiempos del Vive Latino. Pero valía la pena.

Parqueamos la troca e ingresamos al Vive. Yo no sé ustedes, pero yo me voy a refugiar en el Hospitality, amenacé a Ike y a la Guzmán. Me siguieron al backstage. Parecíamos El Profesor Cavan, el padre Ángel Berriantúa y José Mari de El día de la bestia camino a matar al anticristo. El Hospitality era el pan con lo mismo de todos los años. Una cohorte de grupis de vello en el sope y un sector rockero dividido. Por un lado los memetodetodo y por el otro aquellos a los que la yoga u alguna variante new age había transformado su existencia. Pronto yo sería uno de ellos. No un rockstar, un abstemio. Pontificaré sobre las virtudes de la dieta macrobiótica y viviré de mis éxitos de hace veinte años.

El manual de buen comportamiento obligaba formarse en la fila del mezcal. Después de tan emprendedor comportamiento la velada se trastornó un poco. No suelo contabilizarme los tragos. Ese tipo de acciones sólo las llevan a cabo las personas que tienen problemas con su manera de beber. Pero Ike asegura que me bebí diez mezcales en hora y media. El problema con el mezcal es que es como la verga. Primero no entra. Luego como que medio entra. Y al final ah cómo entra. Que me bajé con unas seis o siete cervezas. Yo me sentía a toda madre. Tan animado que pensé que lo conseguiría. Me veía a las ocho de la mañana pidiéndole el primer whiskey a la azafata. Hasta escuchaba su voz: señor no le podemos servir alcohol hasta que no despegue el avión. Y apenas se separaran el tren de aterrizaje de la pista volvería a tocar el timbre de la sobrecargo y me ignoraría. Desde su lugar me lanzaría una mirada que indicaba que tendría que amarrarme un güevo a que traspasáramos los cien mil pies.

Nos acercamos al escenario Tecate Titanium para ver a Lucybell. La culpable era esa maldita tara de haber sido adolescente en los noventa. Que el paso del tiempo no hace sino agudizar. Todavía no finalizaba la actuación de los chilenos y comencé a experimentar lo que la psicología llama angustia anticipatoria. El medio litro de mezcal que había sacado del Hospitality en una botella desechable de agua se terminaba. Qué chingaos vamos a hacer, dije en voz alta, ¿o lo pensé? Qué puta hacíamos en Lucybell si en la carpa Rockampeonato estaba El columpio asesino. Si les digo, la pinche borrachera cómo lo dota de lucidez a uno. Pero como ocurre con el país, era demasiado tarde para enderezar el rumbo. Faltaba una hora para Caifanes. Nuestra única alternativa era retachar al Hospitality. Y lo hicimos.

¿Se han fijado que el alcohol lo vuelve a uno más inteligente? En un punto de la peda decidí que era un error pedir caballitos de mezcal en un pinche vasote (era el efecto que producía, porque en realidad era como de 200 0 250 mililitros) si podía solicitar que me lo llenaran hasta el tope. Ike, que su súper poder en la peda es llevar la cuenta exacta de lo que te has metido, perjura que me tragué como litro y medio de mezcal. No lo creo humanamente posible. Estaba siendo víctima de su propia exageración. Según yo andaba casi sobrio. Había bajado avión con una torta de jamón serrano. En el Hospitality se topa uno con la banda borracha. Vi a Cyntia de Sopitas y a Pedarda cerveza. Ya que les hagan el pinche Vive aquí dentro, les ladré. Que las bandas toquen acá pa’ evitarles la güeva de salir. Recuerdo que platiqué con más raza, pero no consigo ubicar quiénes eran. Era oficial, estaba en las garras del mezcal.

Para Caifanes nos sacamos una botella de 600 llena de mezcal. Yo culpo al maldito aire. Me ocurre que cuando empedo en un lugar cerrado y salgo a la intemperie me pongo hasta las manitas en fracción de segundos. El alcohol se comporta como Flash en mis venas. Ike se lo achaca a la cantidad de mezcal que supuestamente me empiné. Está jodido. Es humanamente improbable. Ta bien que soy una bestia pero que no exagere. El caso es que para cuando salió Caifanes yo traía una mala copa bien pro. Surqué varias etapas, desde acariciarles la melena a las morras hasta recargarme en el hombro de quien sea y quedarme dormido. Tuve qué preguntar quién tocaba. Porque se me había olvidado el embuste por el que me había arrastrado hasta ahí. Cuando me dijeron que Caifanes no lo creí. No se oía la voz de Saúl Hernández. De jodido hagan playback, gritó alguien a mí lado.

En «Aviéntame» Ike se fue hasta adelante como el pinche preparatoriano de espíritu que es. Yo continuaba de caga palos con la gente a mi alrededor. A éste lo van a madrear, debió pensar la Guzmán. No se me ocurre otro argumento para que decidiera que era hora de sacarme del Foro. «Vámonos, güey», me instó. Desconozco por qué la obedecí. Si lo que aplicaba en aquel momento era necear. Quería hacerla de pedo. Pero seguro atravesaba por ese momento de la peda en la que uno es susceptible de que experimenten científicamente con tu anatomía. Yo quería ver a los Happy Mondays. Para eso había abandonado comprometido mi posición con la feria del libro, había abandonado mi maleta en un hotel de Monterrey y trepado a un taxi que me condujera al aeropuerto Mariano Escobedo.

En un punto de nuestro camino a la salida comencé a zigzaguear. Tengo la teoría de que deseaba regresarme. Los Happy Mondays, for Christ sick. Pero como motrizmente me era imposible volver atrás daba tumbos. Ni madres, andabas bien ahogado, corrige la Guzmán. Pobre, ni cómo ayudarse. No alcanza ni los cincuenta kilos de peso. Basta con que le rodee un hombro con un brazo para que se hunda como peso muerto. No le quedaba más remedio que tratar de atraerme por el sendero correcto con un bistec imaginario como si yo fuera un perro. Una hipstercita que transitaba a mi lado la abordó. ¿No se la vas a hacer de pedo? No, le respondió la Guzmán. ¿No lo ves cómo viene? ¿En serio no se la vas a hacer de pedo? No, recalco la Guzmán y la hipstercita se indignó. Seguro pensó que la Guzmán era mi vieja. Pero nel, sólo es mi niñera. Alcancé a librar el último acceso, o el primero depende de la dirección, y mi humanidad se venció. No pude caminar más. Me tiré al piso en uno de los muros laterales del metro. Sobre un manchón de miados.

La Guzmán le marcó a Ike, pero como era de ley no había señal. Hasta que San Apapurcio se apiadó de la pobre dama caída en desgracia y pudo comunicarse con Ike. Cabrón, este güey está tirado afuera del Foro. Ven a recogerlo. Ike no sacrificaría los últimos minutos de Caifanes, pero para tranquilizar a la Guzmán le aseguró que venía en su rescate. Pero los minutos trascurrieron lentos para la Guzmán como el tiempo de compensación en un partido de futbol. Como el caifanesco no se personificaba volvió a llamarle. Cabrón, ya me voy, aquí voy a dejar a este güey tirado. Ven por él. Ai nos vemos. El ultimátum no hizo mella en el espíritu festivalero de Ike. En lugar de tirarle el paro a la Guzmán (y a mí de paso) se largó a los Happy Mondays. Jijo de la China Hilaria. Para buena fortuna de mi ano, mis tenis, mi iPhone y mi cartera, la Guzmán no cumplió su amenaza. Y permaneció a mi lado.

Dos chavas se apiadaron de La Guzmán y se acercaron dizque para ayudarla. Entre la bendita bruma de la borrachera alcancé a escuchar «¿Y si lo cargamos entre las tres?» Ja ja ja ja. Pobres. Qué ingenuas. No sabían lo que decían. Aburridas, minutos después se largaron. Entonces apareció un taxista. ¿Me lo llevó?, consultó a la Guzmán. ¿Qué te lleven, güey? No podía proferir palabra. Sólo alcanzaba a asentir. Cuando el taxista me preguntó la dirección sólo obtuvo de mí balbuceos. Era yo, sí señores, la víctima perfecta. El problema fue cuando intentó ponerme de pie para conducirme al taxi. Mi peso me empujaba hacia delante. Y el chofer fue incapaz de contenerme, por lo que me detenía contra él y me deslizaba hacia el piso, como una caricatura. Hasta que en un intento por conservarme vertical me fui de hocico hacia delante. Me estrellé con la banqueta. Entonces el taxista se largó entre asustado y hastiado. A mí sólo me pueden mover o con una grúa o con una pistola.

Alrededor de las doce de la noche, al finalizar los Happy Monday apareció Ike, con una playera del Silencio de los Caifanes. Ya era hora, cabrón, chilló la Guzmán. Aquí espérenme, voy por la camioneta. Vamos a tratar de ponerlo de pie para subirlo. Pero para cuando llegó, Ike y yo habíamos desaparecido. Con ayuda de unos emos Ike me había trepado a un micro. En el que viajé echado en el último asiento. Debí desmayarme, porque cuando recobré la conciencia estaba en un taxi. Nos bajamos en los Parados de Baja California, como había planeado desde la primera entrada. Y ya iba por el extrainning dieciocho. Me zampé como doce tacos y medio litro de salsa. Conseguí relajar avión. De zeppelín lo rebajé a avioneta. Cenados, abordamos un Uber rumbo a la Guerrero, al estudio de Ike. Hicimos una parada en pits. En un Oxxo. Y compramos un doce de Tecates rojas. Cuando se busca la muerte cerebral no me ando con mamadas. En el lobby de Ike me descalcé e imité a Jim Morrison cuando baila como indio. Después vino el blackout.

Abrí los ojos a las 12 del día. Ike roncaba a mi lado con una red en cabello. Mierda, había estado tan cerca de conseguirlo. Desperté a las 5 de la madrugada, debí lanzarme en ese preciso lapso por mi compu. Me dolía el cuerpo como si acabara de nadar cinco kilómetros. El pésimo mezcal. No por nada es de obsequio. Todo el spleen del domingo se me vino encima. Cuarenta llamadas perdidas de los organizadores de la feria. De todo el programa fuiste el único que nos quedó mal, me dirán días más tarde cuando trate de cobrar los honorarios. Pero si no te presentaste. La culpa es de ustedes por organizar una feria el mismo fin de semana del Vive Latino. Me empecé a sentir down. El vuelo correría por mi cuenta.

Tantos años de horas nalga, de leer y escribir, de intentar fraguarme un nombre en las letras para al final embarrarla. Porque todavía tendría que capotear al editor de la revista que me había pedido una crónica sobre el performance de los Happy Mondays. Invéntala, malició Ike. Guachala en Youtube, al cabo que al Vive sí asististe. No me atrevía. No cometería semejante engaño. Un doctor en periodismo como yo no se puede permitir un embuste de esa magnitud. Puedo defraudar a todos, a mis padres, a mis hijos, a mis parejas, a mis editores, pero jamás al periodismo. Un borracho puede cometer inmensidad de bajezas, pero jamás faltarle al reporterismo. Prefería quedarme sin honorarios. Primero me pego un tiro antes que inventar una crónica.

Por qué desperté tirado en el baño, Ike, inquirí. Pinche Charly ¿no te acuerdas? Te creías Mr. Mojo Risin. Te encerraste en el baño a bailar la danza del venado. Como no saliste me fui a dormir. No lo recuerdo. Blackaoutee. No mames. Sí, me ocurre tiro por viaje. Al tiro, güey, tengo una prima que comenzó blackouteando y terminó epiléptica. Desde siempre he sufrido de esa madre y sigo entero, güey. Desde niño. Desde que la samba es samba.

Qué pinche cruda, vamos al Kantinflas por unos caldos, arrié. Al cabo que ya valió madre todo. Y qué haremos después, auscultó Ike. Pues tenemos pulseras para el Vive Latino. Repitamos el oso, vamos por otro blackout.

God loves his children, yeah.

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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