Columnas

La raja

Luciana Cadahia

¿Feministas maradonianas? Sí, y qué

El día que Diego murió muchas feministas salimos a manifestar públicamente nuestra tristeza y dolor por la muerte de un ídolo popular. Mejor dicho: nuestro ídolo popular. En mi caso escribí el siguiente mensaje en redes sociales: «Lo diste todo. Nos diste felicidad, futbol y política. Te hiciste pueblo y nos regalaste un futuro. Que la tierra te sea leve hermano». No hubo cálculo ni premeditación en mis palabras. No me pregunté si eran o no feministas. Me importó un reverendo carajo. Se me arrugó el pecho con la noticia y fue lo único que pude hacer: mandar un mensajito de amor a alguien que sentía que lo había dado todo. Sí, se reactivó dentro de mí ese magma que llevamos dentro los que dejamos que salgan a la superficie esos sedimentos históricos y contradictorios de nuestra educación sensible. La devoción por los santos populares y por el sacrificio; la fascinación por el exceso de la fiesta que vuelve al pueblo en forma de felicidad; ese resentimiento tan hondo que luego se transmuta en revolución popular. La muerte del Diego nos descubrió sintiendo todo eso a la vez. Y con cada imagen que veíamos del dolor del pueblo nos sentíamos ese pueblo hermanado en un duelo colectivo. Amor, igualdad y fraternidad vivimos el 25 de noviembre. Lloraron Dalma y Gianina, lloraron las compañeras feministas, lloró el hincha de River junto al de Boca, lloró Alberta junto al periodista que trataba de relatar el suceso. Todo fue un revoltijo de emociones difícil de contener. Y en medio de ese tsunami sentimental, entre chistoso e incontenible, decidí dejarme llevar por la asociación de imágenes y sensaciones que esa noticia me trajo. Me acordé del mundial del 90’, el primero del que tengo memoria. Por ese entonces estudiaba en un colegio público y la directora había decidido sacar el televisor de veinticinco pulgadas de la sala de videos y ponerlo en medio del patio de recreos para ver los partidos del mundial. Éramos trescientos estudiantes alrededor de un televisor diminuto. Nadie veía ni escuchaba nada. Pero eso no importaba. Estábamos ahí, haciendo el aguante a lo impredecible. Y eso impredecible era lo más cercano que teníamos a un deseo de futuro. En ese patio ni la dictadura cívico-militar, ni la hiperinflación, ni el descalabro económico que desintegraba a cada una de nuestras familias podían manchar esa felicidad colectiva, esa especie de comunión religiosa cocinando la imaginación de un porvenir.

Mientras esas imágenes de la infancia se mezclaban con la certeza de que me tocaría, otra vez, hacer un duelo colectivo en solitario —el otro fue la muerte de Néstor en el 2010—, no pocas compañeras feministas empezaron a cuestionarnos. Habíamos cruzado una línea roja y nos habíamos convertido en traidoras de la Gran Causa.

Encima, el Diego, como no podía ser de otra manera, se vino a morir el día internacional de la lucha contra la violencia de género. Digamos que nos puso en un aprieto y varias feministas decidieron establecer una dicotomía: de un lado estaban las feministas de verdad, las que salían a marchar y, por otro, las que habíamos decidido hacer un duelo patriarcal, las que llorábamos a un hombre.

Lo que estas compañeras no podían soportar era que se pudiera hacer las dos cosas a la vez, es decir, hacer un duelo por la muerte del Diego y, al mismo tiempo, manifestar en las calles nuestro rechazo a la violencia sistémica contra las mujeres y las diversidades sexuales. ¿Acaso el campo popular no se puede permitir conmemorar y fundir en una misma lucha política la muerte de las hermanas Maribal junto a la de Maradona? ¿No son todas esas vidas la encarnación de una dislocación, algo que se salió fuera de sí y vuelve como rebeldía y lucha popular?

Y ahí es cuando me dije: espérate un poquito, qué le esta pasando al deseo individual y colectivo dentro del feminismo como para que lleguemos a este punto. Porque no critican al Diego, critican que nos duela la muerte del Diego. Repudian que la imagen del Diego nos produzca felicidad y tristeza. Rechazan que nuestro deseo se haya anudado con la imagen de Maradona. Se ubican en el lugar simbólico de la que juzga a otra compañera y le dice qué está permitido desear y qué no. Y ahí me pregunto: ¿qué idea del deseo tienen esas compañeras que nos critican? ¿Acaso creen que el deseo es algo mecánico que se moldea a punta de un voluntarismo completamente decodificado y transparente a sí mismo? ¿Ése es el deseo que queremos construir desde el feminismo? ¿De verdad? Y ahí nos metemos en un berenjenal terrible que se viene cocinando dentro del movimiento desde hace décadas. Incluso habría que preguntarse hasta qué punto, y mediante un juego de superviviencias históricas, este problema del deseo no nos ata a cuestiones vinculadas con temas tan arcaicos y tan incofesadamente actuales como el culto a los ídolos, la tensión entre la encarnación, la imagen y el deseo. Como decía la genia de María Moreno en una nota sobre la muerte del Diego: «algo lloró en mí».1

Ese dolor que me arrugó el pecho no era mío. Como tampoco era mía la fiesta colectiva a la que nos invitaban los goles del Diego. Esa felicidad y esa tristeza popular, compañeras, no la elegí yo, aconteció en mí. Y elegí persistir en ellas junto a los demás.

No me interesa un feminismo que no pueda hacerse cargo de ese misterio de lo popular, no me reconozco en un feminismo incapaz de experimentar curiosidad ante las contradicciones de nuestro deseo. No me interesa un feminismo que nos devuelva a las dinámicas del miedo, el castigo y la culpa. Quiero un feminismo que no le tenga miedo a los anudamientos colectivos que se funden en la opacidad del deseo. A fin de cuentas, quiero un feminismo que se haga cargo del fervor popular.