Columnas

Desde los zulos

Dhalia de la Cerda

Sobre el borrado de las mujeres

Cada vez es más común escuchar «personas con capacidad de gestar» y «personas que menstrúan» en leyes sobre justicia reproductiva, productos de gestión menstrual y debates feministas, y esto ha generado discusiones. A lo largo de la historia de la humanidad la palabra «mujer» ha estado acompañada de insultos misóginos o invisibilización. Las mujeres somos lo otro, el «segundo sexo», lo abyecto. Siendo históricamente el «sexo invisible» bajo la universalización del todos nosotros; la humanidad; al escuchar «personas gestantes», «mujeres cis», es natural pensar: ¿y nosotras? Ser nombradas es una batalla histórica del feminismo y las luchas de las mujeres, en ese contexto histórico. Es normal enojarse porque ya no somos «mujeres» sino «mujeres cis» o «personas gestantes». Sin embargo, personas gestantes en leyes de gestión menstrual y justicia reproductiva es para proteger a hombres trans que menstrúan y tienen capacidad de gestar porque si sus documentos oficiales son congruentes con su identidad de género y las leyes dicen solo mujeres, los servicios les pueden ser negados. Sucede. Ha sucedido.

Para mí, nombrarme mujer es una estrategia política. No obstante, soy consciente de que, en nombre de la lucha por los derechos de las mujeres, y del feminismo, se cometen muchas injusticias. Muchas. Usar los derechos de las mujeres como excusa lo ha hecho el imperialismo gringo para invadir otros países, lo ha hecho la derecha para impulsar leyes antinmigrantes y lo han hecho feministas para censurar todo aquello que les parece inmoral. Hay que decirlo: ciertos sectores del feminismo han pactado desde los años sesenta con la derecha para luchar contra la pornografía, el trabajo sexual y los derechos de las personas trans. También hay que decirlo, hay feministas que militan leyes que dejan sin trabajo a trabajadoras sexuales, sin certeza jurídica a mujeres trans y sin la posibilidad de un aborto seguro y legal a hombres trans. Decía Nietzsche que el que lucha contra monstruos debe cuidarse de no convertirse en uno. Y hay un sector del feminismo que, bajo la excusa de luchar por los derechos «basados en el sexo» y «el borrado de las mujeres», termina militando en posturas anti-derechos. Las feministas trans-excluyentes son feministas, pero también son anti-derechos.

Primero, y por si hace falta: ¿qué es un derecho? Un derecho humano es una garantía que tenemos los seres humanos para el buen vivir. La educación es un derecho, la salud es un derecho, el trabajo es un derecho. Existen los derechos específicos para contextos específicos como los derechos laborales, los derechos de las personas migrantes, los derechos «basados en el sexo», y existen los derechos de las personas de la comunidad lgbttti. Un derecho «basado en el sexo» es por ejemplo decidir sobre nuestros procesos gestacionales, y un derecho de las personas trans es el reconocimiento de la identidad jurídica.

Los derechos de una persona o de un grupo de personas no ponen en riesgo los derechos de otras, por ejemplo, el derecho a migrar no pone en riesgo el derecho al trabajo de otros ciudadanos. El derecho a la salud de las personas que tienen accidentes automovilísticos no pone en riesgo el derecho a la salud de personas con enfermedades crónico-degenerativas. Sin embargo, es común escuchar la falacia de que sí, de que existen grupos o «minorías» que ponen en riesgo los derechos de otras personas. Estas afirmaciones, por lo general, están articuladas a partir de la falacia de mear afuera del hoyo, es decir, de problematizar mal.

Los derechos no son el problema, pues cuando existe una pugna entre derechos es por malas políticas públicas. Las malas praxis son el problema, las malas políticas públicas, las leyes injustas, pero nunca los derechos. La disputa por los derechos humanos o la premisa «vienen a robarnos el trabajo, las plazas educativas, las becas y todo por lo que históricamente hemos luchado» la usan sobre todo las personas anti-derechos. Las personas que trabajamos haciendo activismo de base en temas de derechos humanos, sabemos que como dice Nic de Intersecta: «Los derechos humanos no son un pastel». Una persona anti-derechos es aquella que milita contra los derechos humanos de otras personas. Las morras de paño azul que militan contra el aborto son anti-derechos. Los nacionalistas que militan contra el derecho a migrar son anti-derechos. Los derechistas que militan contra el matrimonio igualitario son anti-derechos. Entonces… las feministas que militan contra las leyes de identidad de género, la inclusión de las personas gestantes en leyes de gestión menstrual o justicia reproductiva y derechos laborales para trabajadoras sexuales ¿son? Exacto: Anti-derechos. Y hay que decirlo sin miedo igual como lo hacemos con los provida, los antinmigrantes, los fascistas, los racistas y los nacionalistas. ¿O se nos arruga la verruga porque son feministas?

Un argumento común que usan las personas anti-derechos es usar a una minoría o al «otro/a/e» como enemigo/amenaza que viene a robarnos algo por lo que históricamente hemos luchado. Es curioso que si escuchamos a Donald Trump decir que «los migrantes ilegales vienen a robarse los trabajos de los estadounidenses de clase trabajadora» o a La Niña del Paño Azul decir: «Que los derechos de las mujeres no están por encima de los derechos de los bebés que serán masacrados», sabemos que son falacias de apelación a la emoción, que es un discurso que busca generar pánico moral y social para conseguir fines políticos. Pero si la que usa una falacia de miedo al otro o de apelación a la emoción es una feminista, si una feminista dice: «Los hombres que se auto perciben mujeres son la peor amenaza para los derechos de las mujeres porque vienen a robarse los espacios por los que históricamente hemos luchado», ahí tuerce el rabo la marrana y muchas decimos: Oh, podría ser verdad. ¿Por qué? Explicaciones podría haber muchas: culerismo, sesgos cognitivos o intereses políticos ocultos.

Estudié filosofía porque me gusta ejercitar el pensamiento crítico. Para muchas personas ejercitar el pensamiento crítico significa que si eres de un partido político de izquierda escucharás a quienes también son de izquierda, pero creen que los partidos políticos no son el camino. Para mí el pensamiento crítico se ejercita escuchando a quienes piensan contrario a ti. Para ejercitar mi pensamiento crítico he leído con atención a gente de ultraderecha. Y también he escuchado y leído con atención a las máximas representantes de la militancia contra el borrado de las mujeres y los derechos basados en el sexo. He leído con atención a las feministas transexcluyentes porque soy defensora de los derechos humanos. Me interesa ejercitar el pensamiento crítico, claro que sí, estar teóricamente equivocada me parece vergonzoso. Pero las he escuchado con atención porque no me gustaría ni de pedo estar del lado incorrecto de la historia. Les di el beneficio de la duda porque ¿qué tal que las mujeres trans sí son una amenaza? ¿Qué tal que sí ponen en riesgo los derechos de las «hembras humanas»? Podré perdonarme no haber entendido El Segundo Sexo, pero jamás me perdonaría ser una mala defensora de los derechos humanos. Entonces las leí y las escuché. Les juro que todo lo que leerán a continuación no es chiste, es anécdota.

Uno de los primeros argumentos que escuché fue el de los deportes. Una «hembra adulta de la especie humana» viene acá con una historia trágica. Con el ceño fruncido, porque les encanta ser guerreras de ceño eternamente fruncido, te pregunta si crees que es justo que una persona que «vivió como hombre hasta la edad adulta y que tuvo entrenamiento militar en la marina y que hace apenas unos meses se le ocurrió ser mujer porque en los deportes masculinos nunca destacó, golpeé con saña a una pobre y frágil hembra humana». ¿Verdad que no es justo?, dice al borde del llanto, y si una es lágrima fácil y corto sentido crítico dice ¡a huevo, nos están borrando! Pero, chik/o/e/a indignada por el borrado de las mujeres, te tengo una sorpresa. Si tienes una historia trágica que contarme sobre las injusticias en el mundo del deporte por la inclusión de las mujeres trans, también yo te puedo contar una historia trágica: una mujer racializada y precarizada de dieciocho años que en el box vio la única posibilidad de salir a adelante —como la ven miles de personas del barrio— se sube a pelear con una mujer blanca canadiense, de clase media de treinta y tantos. ¿Se te hace justo que una mujer que tuvo todos los privilegios, que entrenó en gimnasios del primer mundo, golpeé a una jovencita que tenía una carrera brillante, pero ni de pedo con la alimentación y acceso a recursos de la canadiense? ¿Te parece justo que esta joven de futuro brillante haya muerto por los golpes en la cabeza y que su familia no haya tenido dinero ni siquiera para traer el cuerpo?

No uso esta lamentable historia como token, lo uso para ubicar a las feministas trans-excluyentes en la realidad: Historias de injusticia hay en todos lados, las mujeres no somos todas iguales y no tenemos las mismas ventajas, ni los mismos problemas, ni queremos lo mismo ni estamos del mismo lado. Apelar en el caso de las mujeres trans en los deportes a «la superioridad física de las personas con pene» es recurrir al determinismo biológico, y el determinismo biológico es muy peligroso. ¿Qué es nacer como mujer? ¿Qué es crecer como mujer? A mí me da la impresión de que cuando las feministas críticas de género dicen «crecer como mujer» se refieren a la experiencia de las mujeres blancas de clase media porque las mujeres débiles que no cargan cosas pesadas, que no andan en chinga chingándole, solo existen en la imaginación de las feministas blancas.

Las mujeres trans en los deportes no son un problema. Su inclusión no es un problema. No son ni siquiera estadísticamente un número grande. No siempre ganan. Existen mujeres cis, como las mujeres negras, que son más fuertes, más altas, más musculosas y con más testosterona, que otras mujeres cis y trans. ¿Sabes qué sí es un problema para las mujeres en los deportes? La violencia sexual, la gordofobia, los bajos salarios, los estereotipos racistas y las injusticias raciales contra mujeres cis que no pueden competir por niveles hormonales, los uniformes. Pero, las feministas transexcluyentes no están interesadas en defender los derechos de las mujeres, quieren usar los derechos de las mujeres como excusa para usar a otras personas de saco para golpear. De ahí la importancia de no ver al feminismo como comunidad terapéutica.

Otro argumento común y en mi opinión el más bajo bajísimo: son los refugios para mujeres. Nuestras guerreras enemigas del activismo gozoso, con la voz quebrada, plantean que «Te imaginas ser víctima de violencia feminicida, tener que ir a un refugio y tener que compartir recámara con un hombre barbudo que se autodefine como mujer» y luego rematan diciendo: «Esto no es un discurso de odio, decir la verdad no es discurso de odio. Si me odiarán, que sea por defender los derechos de las mujeres». Sure, Jan. Aquí también te tengo noticias. Si fueras una activista de verdad comprometida, si realmente te interesaran los derechos de las mujeres sabrías que el problema real de los refugios no son las mujeres trans, son los recursos. no hay recursos, en México hay miles de mujeres en riesgo vital porque existen pocos refugios, muchos de ellos no operan conforme a los derechos humanos, pero en general operan sin recursos. Ya ni hablar de las casas de medio camino, que seguro en la vida las has escuchado porque estás ocupada llorando por casos hipotéticos, porque en México es rarísimo que una mujer trans logre entrar a un refugio para sobrevivientes de violencia. Sucede lo mismo para las cárceles. Es rarísimo que a una cárcel para mujeres ingrese una mujer trans, no porque no tenga el derecho sino porque las leyes mismas imposibilitan esta situación. ¿Sabes quiénes sí viven amenazas reales? Las mujeres trans que son mandadas a cárceles para varones donde son agredidas, vulneradas, les cortan el cabello o las deben tener asiladas para que no abusen de ellas. Una persona que realmente está interesada en defender los derechos de la mujer sabe que los problemas reales en las prisiones femeniles son el abandono, la precarización, el lacerado ejercicio de la maternidad, el desamparo de los dependientes de las mujeres privadas de su libertad, la prisión preventiva oficiosa. Si tú vas a una cárcel para mujeres y preguntas ¿qué problemas tienen?, te darás cuenta de que la amenaza trans solo existe en la imaginación de las feministas anti-derechos de las mujeres trans. Sucede lo mismo para el tema de los baños, de las becas y cualquier tema que ustedes gusten poner sobre la mesa, incluso las estadísticas de violencia: las mujeres trans ni son un numero estadísticamente significativo para alterar las cifras de violencia, ni están interesadas en violentar mujeres cis, ni quieren quedarse con el feminismo. Ni los derechos son un pastel que se va a repartir: si hay diez becas y les dan becas a cinco mujeres trans no es que cinco mujeres cis se queden sin esas becas por culpa de las trans, es porque no hay suficientes becas. El problema es el número de becas y no el derecho a la certeza jurídica que se garantiza mediante las leyes de identidad. A las feministas transexcluyentes no les interesan los problemas de las mujeres, pasan más tiempo hablando del supuesto borrado de las mujeres, que solo ocurre en su imaginación, que proponiendo acciones concretas para mujeres concretas en la vida real.

«Las leyes de identidad de género avanzan más rápido que las leyes de interrupción del embarazo porque las leyes de identidad de género benefician a los hombres y perjudican a las mujeres», dicen. El problema con el feminismo blanco es que ve como lucha la emancipación por la emancipación de las mujeres de forma muy básica: emanciparse respecto a los hombres. Y un feminismo que funciona no es para emanciparte de los hombres sino para emanciparme de la matriz de opresiones, ni mujeres ni hombres opresores. «Las cifras de violencias cometidas por mujeres se van a disparar porque ahora también van a contar las que cometan los hombres que se autodefinen como mujeres»: esta es una falacia de pendiente resbaladiza, es igual a la que usan los anti-derechos de derecha: «Si legalizan el matrimonio entre personas del mismo sexo, se acabará el matrimonio heterosexual y la familia»; es la misma vibra porque es la misma falacia. Como si por hacer accesible el matrimonio igualitario todos los hombres heterosexuales dijeran: «¡ahuevo, llegó la hora de desconocer al compadre!»; como si las leyes de identidad de genero hicieran que la gente que no es trans diga: ¡ahuevo voy a transicionar! Apelar a la violencia de las trans es además una falacia de generalización apresurada, las mujeres trans cometen pocos crímenes. Y usar a una como ejemplo es una falacia, una generalización apresurada y de caso particular. Una herramienta muy pendeja pero muy usada, sobre todo por los fascistas y antinmigrantes. Los debates importantes son dejar de hablar de aborto para empezar a hablar de justicia reproductiva y hablar de violencias que ejercemos las mujeres producto de la socialización femenina y cómo criar en solitario y con problemas emocionales lleva a las mujeres cis a encabezar las cifras de violencia física y psicológica contra sus hijos, hijas e hijes.

Si las personas trans nos están borrando: ¿dónde están las mujeres trans al mando de los institutos de las mujeres? Hay rumores de la desaparición de los institutos de las mujeres, algunos mutando en la Secretaría de la familia y otros en la Secretaría de la igualdad. Ese podría ser un problema real. Pero, eso no le importa a las transodiantes. ¿Dónde están las mujeres trans en las mesas de novedades de literatura? ¿Cuántas diputadas federales trans hay versus cuantas cis? ¡una! Y la primera en la historia. Se llama Salma y es orgullo hidrocálido. ¿En serio nos están borrando? Me da la impresión de que la lucha contra el «borrado de las mujeres» la componen solo mujeres que se suscriben al feminismo blanco, llorando porque ahora tienen que disputar espacios, en la telenovela que se crearon en sus mentes producto de la socialización femenina blanca: «Es injusto que el premio de poesía lo haya ganado una mujer trans y no una mujer blanca bua bua bua bua». «Nos quitan espacios», espacios que dicho sea de paso no ocupan mujeres precarizadas. Porque allá afuera los problemas de las mujeres, fuera de las discusiones pendejas entre feministas, son otros. Los problemas son la injusticia reproductiva, la violencia sexual, la precarización, el racismo. Los problemas que vivimos las mujeres cis, trans, racializadas, precarizadas, de clase media, académicas, blancas, diversas, son diversos: unas discriminaciones, otras violencia sexista, otras opresión pero todas lejos, lejísimos de ser borradas y lejos lejísimos de la «amenaza trans».

Lo que más me ofende de las feministas anti-derechos es que posicionan su pensamiento como el top del racionalismo, el sentido común y las preguntas complejas, y no es así. Su pensamiento no es lógico, es determinismo biológico. Su pensamiento no es crítico, es falaz y chantaje emocional, sus preguntas no son profundas, son básicas. Y es un pensamiento básico porque es unidimensional, solo ve el sexo. Pienso —y en esto he invertido mucho tiempo en pensar— por qué mujeres que se ven a sí mismas como lúcidas, sabias, críticas y perras para la teoría son tan básicas a la hora de formular pensamientos y argumentos. Por qué solo ven el sexo. Pensar en que son demasiado pendejas quizás sería misógino de mi parte, entonces prefiero pensar que es por ojetes. Prefiero pensar que sí se dan cuenta de que el sexo solo es una parte de la opresión y de los problemas que vivimos las mujeres, que no lo es todo, que hay factores más determinantes. Quiero pensar que sí se dan cuenta de que muchas mujeres no estamos oprimidas, pero que siguen con estos discursos porque les conviene, porque ser la eterna víctima les quita responsabilidad sobre sus vidas.

Las feministas anti-derechos de las personas trans se preguntan por qué preguntar, por qué cuestionar «las hace unas trans odiantes y no unas luchadoras de los derechos de las mujeres». Juanita, Laura, Dana: quizás porque si fueras luchadora de los derechos de las mujeres sabrías los problemas reales de las mujeres, pero en lugar de eso estás diciendo que las mujeres trans van a invadir estos espacios, sin pruebas y refiriéndote a ellas como cabrones. No se pongan el pie solitas tan gacho, mijas. Pero si realmente quieren luchar por los derechos de las mujeres anden al refugio más cercano a su casa, a las prisiones, a las telesecundarias de la periferia, con las trabajadoras sexuales organizadas, a los hospitales públicos de las mujeres, a los centros de justicia de las mujeres y preguntan en qué pueden ser útiles

Cuando una mujer provida dice que «el feto tiene un adn distinto, que es un ser humano, que esto es un hecho científico, que decir que el feto no le pertenece a la mujer porque es una persona independiente y matarlo es ser matabebés», somos radicales en decirles que son puras mamadas. Ésto significa que sí sabemos identificar falacias y chantajes emocionales. Pero si una feminista anti-derechos de las personas trans dice que «si dos personas, una mujer y otro hombre jamás han hecho ejercicio, se alimentan igual y tienen el mismo estilo de vida, una por tener pene es automáticamente un opresor y la otra una oprimida», o que «el transactivismo es un caballo de Troya y la peor amenaza a los derechos de las mujeres», guardamos silencio y esto nos hace cómplices, porque tanto peca el que mata la vaca como el que le sostiene la pata.