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Where You Been

Wenceslao Bruciaga

Todo sobre Metallica y mi madre

Decía Paul Leary de los Butthole Surfers: «Si quieres que la música rock sea realmente satisfactoria tiene que ser algo que tu madre odiaría». A mi madre le gusta Metallica. Luego entonces, el metal de Metallica me ha parecido insatisfactorio y estrechamente heterosexual.

A excepción del Master of Puppets, que vomita esplendor, he procurado mantenerme alejado de la gran banda de San Francisco. Mi madre y yo jamás nos pondremos de acuerdo cuando Metallica sale a relucir en el desayuno. Recuerdo una nublada mañana de mediados de los noventa en que una discusión entre mi madre y yo sobre cómo el Black Album ponía en evidencia que todos teníamos un precio, terminó en reclamos. Que yo no aportaba nada a la casa. «Los de Metallica vendieron su alma al dólar antes que al diablo, así como tú dices, pero estoy segura que ayudan a su madre y tienen la decencia de pagar el teléfono», dijo ella. Y no son putos, le faltó decir. Mi jefa no es homofóbica en lo absoluto. Me encabroné porque tenía razón. Después de eso, me cansé de azotar la puerta sabiendo que el resto del día estaría amargado por traumas familiares. Lo peor es que «Enter Sandman» suena hasta en el elevador de un edificio del issste. Era como si todo el pleitazo del desayuno empezara desde cero en mi cabeza.

Nunca he podido entrarle a Metallica sin que la corona de espinas familiares me haga ruido en la cabeza. El mismo ruido incómodo que siento cuando me doy cuenta de que México nunca superó el mentado Black Album, así como nunca superó a Timbiriche. Los dos siguen sonando con insistencia en microbuses, bares gays y bodas.

Metallica no se resigna a desaparecer.

«… el peor terror de Metallica es acabar como una nulidad en el terreno creativo», dicen los críticos británicos Paul Branningan e Ian Winwood en Birth, School, Metallica, Death: 1983-1991. El primero de dos tomos de una despiadada biografía oficial de Metallica.

Entre otras cosas, los autores tratan de exonerar ese huevo podrido que fue Lulú, el disco que hicieron con Lou Reed, diciendo que era un grito desesperado de Metallica para decir que les seguía importando el rock. A pesar de sus mansiones en las colinas más costosas de San Francisco.

«Lars Ulrich se cansó de remarcar en esa ocasión que el Orion no era un festival de metal: “Solo porque lo montamos nosotros le ponen esa etiqueta. Si los organizadores fueran Radiohead dirían que es cool. Como nosotros estamos detrás, ya no lo es”», dice el libro, insinuando entre líneas que Metallica quiere ser venerado con el mismo culto que se le rinde a las bandas a través de los filtros del Instagram.

Creo que esto último queda comprobado con el lanzamiento del The Metallica Blacklist. Un box set que celebra los treinta años del Black Album. Covers, remixes y colaboraciones hechas por los artistas y bandas más cool del momento. Quisieron acapararlo todo y, para no quedarse con las ganas, armaron un disco cuádruple. Cómo no hacerlo. Varo tienen. Debo admitirlo. Es un proyecto involuntariamente fascinante. Hay grandes temas del Instituto Mexicano del Sonido, J Balvin, Portugal The Man (hasta ahora mi favorita) o los Neptunes. Me caga la versión de Natalia Lafourcade.

Branningan y Winwood son muy ingeniosos para clavar puñales en los cuellos de Metallica sin que se den cuenta. Mientras los metaleros permanecen embobados en su millonaria redención, los escritores van soltando crueles hipótesis.

Como que tras el inesperado éxito del mejor conocido como Black Album «la marca Metallica se ha fundido con la banda Metallica» y, desde entonces, el emblemático grupo se volvió adicto a dos drogas peores que la heroína y las grupies: la aprobación rockera y la permanencia a costa de lo que sea. O que lo único que ha deseado Metallica después del Black Album es ser cool.

Incluso a costa del Master of Puppets. Pero eso qué más da. Lo que importa es que han sido buenos con sus madres: «Por eso las va tan bien», dice mi madre.