Lecturas

Devenir princesa: contramemorias trans contra el identitarismo

Ira T.

Nota: Este texto no es un ensayo teórico, está escrito desde las entrañas y la vulnerabilidad y únicamente narra una experiencia personal, y cómo esta ha ido cambiando gracias a la lucha. El transfeminismo cambió mi vida para siempre, y esta solo es mi carta de agradecimiento metida en una botellita, acaso la marea de internet la haga llegar a sus destinatarios. No estoy resolviendo una manera de habitar lo trans, cada cual hace lo mejor que puede en el capitalismo, pero sí deseo abrir nuevos horizontes para que las bisnietas de la resistencia trans tengan más senderos que tomar.

La naturaleza con la que me acosáis es mentira, no confiéis en que os proteja de lo que represento

Susan Stryker, Mis palabras a Victor Frankenstein sobre la aldea de Chamounix (1994)

La llamada literatura trans está sometida a la memoir. Las estanterías de «no ficción» de las librerías lgtbi están repletas de crónicas, diarios y autobiografías de personas trans que dan sentido a su identidad uniendo sus recuerdos más o menos traumáticos, archivando sus prístinas rebeldías de género en una charada que parece desvelar un bello secreto: siempre fueron trans. Sandy Stone, en su manifiesto post-transexual, sentenciaba que la transexualidad era una forma de desmemoria; la institucionalización de la ausencia de un ayer al que llamar hogar. Cabe preguntarnos qué tipo de memorias se han reflejado durante tantos años en las memoirs trans, y si acaso lo trans es como aquellos bolígrafos de los años dosmil que, cuando pasabas una lucecita por el papel, revelaban un texto distinto. Tengo la convicción que, de ser así, el transfeminismo ha sido mi lucecita personal, y hoy vengo a compartir las palabras furtivas de las páginas de mi diario de género, estas son mis contramemoirs, de cómo me educaron para ser un hombre, aprendí en la clandestinidad a ser una princesa, y lo que me salvó fue convertirme en monstruo.

Mi infancia está llena de esos pasajes que serían bienvenidos en un manual de psiquiatría de los que ostentan la «verdad» sobre quién es una mujer «de verdad» que ha nacido en un cuerpo «equivocado»: me ponía los tacones de mi madre, aunque desconozco si lo sabe a día de hoy, me ponía toallas y trapos en la cabeza para hacerme peinados que ni Manuela Trasobares, me pintaba los labios con el carmín de cajones vedados; todos estos rituales prohibidos, por desgracia, los conozco bien.

Me matriculé en una escuela que no me correspondía, las hadas fueron mis maestras. En Barbie en la princesa y la costurera hay una escena musical en la que Erika, que es en verdad una obrera, aprende a comportarse como una princesa: «Es ser princesa demostrar educación, es ser princesa de zapatos un montón, ir con porte muy gentil, no comer el perejil, ser amena, encantadora y singular». Esas melodías patriarcales eran mis oraciones de antes de dormir. Lo curioso sería descubrir que ser una princesa en un mundo que te desea superhéroe se castigaba con violencia. No fui yo quien decidió que el único itinerario posible para una aspirante a princesa era ser mujer, yo solo quería una tiara y una larga cabellera rubia, mis recuerdos dicen más del sistema que me vio crecer que de mí. En mi último año de infantil, para carnavales nos disfrazamos de Peter Pan y fui el único chico que se disfrazó de Campanita. Hubo que pegar con celo la flor de papel pinocho sobre mi pelo, pues no se sujetaba bien. Ser un hada no se sujetaba bien con ser un chico. Con todo, y a pesar de un miedo al que era ciego, mi madre no dudó en prepararme la falda de tul, las alas de cartulina y la varita mágica. Recuerdo revolotear feliz por las calles de mi pueblo y cómo ignoraba las cicatrices que dejaba a mi paso.

Llegó un día en que, de repente, mis padres decidieron que yo era demasiado mayor para que mi disidencia quedase socialmente impune. Comenzaron a corregir mi forma de hablar, a castigar mi pluma, a prohibirme la educación de las princesas. Todavía recuerdo cómo en mi octavo cumpleaños una compañera de clase me regaló el dvd de Barbie en la princesa de los animales, cual maqui que entrega un ejemplar del Mundo Obrero en las cuevas de los Pirineos, mientras al otro lado del bosque se formaliza el fascismo. Mentiría si dijera que su correctivo fue en vano, pues yo empecé el instituto deseando pasar por un hombre ¡masculino!, aunque, huelga decir, que nunca lo conseguí. Lady Gaga sería la banda sonora de mi vida en aquellos años, descubrí el feminismo de forma muy temprana para la época, ya que organizamos una asamblea en el instituto, y así lo personal se volvió político. Dejé de desear habitar una masculinidad que nunca iba a sentir hogar. Se acabó el vivir(me) a precario. Todos estos capítulos, y muchos otros, algunos aún herméticos en mi memoria por pura autodefensa, fueron los que hace unos años me llevaron a tomar la decisión de transitar, de presentarme en mi entorno con otro nombre y con los mismos pronombres con los que me habían atacado desde muy pequeña. Una compañera marika euskalduna decidió nombrarme como la revolución, porque yo ya era comunista y una es muy folclórica. Así, desde entonces llevo como apellido la necesidad de transformarlo todo, de okupar colectivamente de una vez la escuela de las hadas para que se matricule quien desee y con gratuidad de tasas.

No obstante, mi tránsito resultó ser más alienante de lo que los manuales psiquiátricos otrora prometieron. Había sido activista marika y estudiante de humanidades. Mis primeros años universitarios eran una celebración proscrita del placer que producía haberse escabullido de la masculinidad hegemónica, que la hombría es hambre que dice Jose de la Vega.

Poco a poco, esa maricona perdió el miedo a florecerse, a corresponderse tal y como era. Quiero hacer mías las palabras de Miquel Missé cuando dice que para él la mejor forma que halló de sobrevivir al sistema como lo encontró —lo cual no quiere decir que renunciemos a cambiarlo— fue viviendo en masculino. Ya saben, «la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos». La transfeminidad llegó a mi vida en forma de chantaje, cargué sobre mis espaldas una serie de expectativas y autoexigencias que ahogaban mucho más que la violencia correctiva a la que estaba acostumbrada, y esta vez yo era quien tensaba la soga. Resultó un escenario cuanto menos curioso el de ver a quien había sido una marika sin miedo fracasar en la empresa de ser un hombre de «verdad», sometiendo a escrutinio cada parte de mi cuerpo, renegando del vello que me asomaba al salir la luna, no atreviéndome a pisar una asamblea si no estaba a la altura de la transfeminidad «de verdad». Tenía diecinueve años y estudiaba mi tercer año de carrera de Erasmus en Inglaterra. Ahí tuvo lugar mi epifanía.

Al igual que las autoras de las memoirs trans, mi epifanía me sobrevino en una biblioteca, pero no fue en la estantería de los manuales de psiquiatría, sino con un polvoriento y desgastado ejemplar del Transgender Studies Reader. Estaba trabajando en literatura la relación entre el gótico y la disidencia sexual, y decidí detenerme en un texto: Mis palabras a Victor Frankenstein sobre la aldea de Chamounix. No sé qué sucedió esa tarde, pero las páginas me estaban atrapando de una forma insólita, los párrafos estaban dialogando conmigo, y tenían demasiadas cosas que decirme, demasiadas confidencias que preguntarme. Supe que ese texto me marcaría de por vida; encontré las suturas y costuras en la piel propia, y en vez de esconderlas, las acaricié con insumisa ternura. Esa primavera, la extrema derecha entró de nuevo en las instituciones burguesas del Estado español y yo conocí el transfeminismo. Todas las semanas cogía algún libro de la biblioteca de la universidad; Kate Bornstein, Jack Halberstam, Leslie Feinberg, Sandy Stone… todes enseñándome que otra forma de habitarme era posible, que lo más importante era mi lucha y no mi identidad. Ese mayo leí A la conquista del cuerpo equivocado de Miquel Missé. Quiero ser prudente, sé que esta obra es dolorosa para parte de la comunidad trans, es probable que su redacción sea torpe al presentar la agencia trans e imaginar infancias en tránsito. Creo que el propio autor lo sabe, pues ha ido incorporando estas cuestiones en su discurso. A pesar de todo, esta es mi historia personal y no puedo quedarme sin decirlo: ese libro me reconcilió con mi cuerpo, me permitió abrazarme de nuevo, absolver las incipientes barbas con el orgullo con el que antaño un zagal marika habría abrazado su boa de plumas.

Durante la pandemia del covid, tomé la decisión de expresar en público que necesitaba habitarme de una forma más errante, más feminista y más sana, que ello no implicaba abandonar lo trans como espacio de lucha, pero que la feminidad me estaba hiriendo. Ese día aprendí que el no binarismo, lejos de ser neoliberal, como porfían las cantinelas reaccionarias, es un refugio y una tregua, porque hay quienes simplemente no cabemos en las categorías de «mujer» u «hombre», ni siquiera con celo como una flor de papel pinocho.

Hay quien recibió mis palabras como una traición, era frívolo e insolente osar decir que habitar esa feminidad por la que luchaban, que no se les permitía, a mí me estaba doliendo cada vez más. La solidaridad trans era ir todas y todes a una, y eso me convertía en una ingrata a las ancestras de Stonewall, porque si los derechos trans son derechos humanos, ¿acaso es un derecho el duelo? Personalmente, creo que sí es solidario permitir a la gente escoger sus herramientas de supervivencia, aunque duelan, al mismo tiempo que aprendemos juntas a imaginar otros escenarios y futuros posibles. Esto no es una historia de detransición para ser instrumentalizada en contra de una ley, esta es una historia de un transitar(me) transfeminista para que, tras la aprobación de una ley, nos pongamos manos a la obra con una ingeniería feminista de itinerarios trans, senderos para todes.

Llegadas a este punto, y porque esto no es una memoir, sino una contramemoria, voy a dar un sentido político a mi historia. Recientemente, Miquel Missé publicó en ctxt una crítica al identitarismo del movimiento feminista y lgtbi. No lo he dicho hasta ahora, pero este texto es mi puesta en práctica de las rebeldías que sí necesitan aliadas. Pienso que mi vida es una prueba, para quien quiera considerarla como tal, de que las redes de solidaridad y apoyo trans y queer son un interruptor que hace posible otras formas de vivirse dentro de lo trans, que podemos disputar las crianzas trans al esencialismo sin dejar de escuchar a quien, a pesar de toda la violencia, ha decidido nombrarse con unos pronombres con los que el sistema no le leyó. No quisiera que los episodios descritos de mi infancia se entendieran como muestras de que siempre fui una mujer, sino como glitches de que nunca supe ser un hombre. Paradójicamente, también iba para princesa y acabé militando en el republicanismo.

Personalmente, creo que tenemos mucho que ganar si entendemos lo trans como una serie de herramientas de supervivencia, pertenencia, comunidad, placer y resistencia que no son inmutables, que nos cobijan a lo largo de nuestra vida, que no cierran la puerta a otras disidencias que se nombran desde otros rincones de la injuria, y que no son incompatibles con una lucha que vaya más allá de ellas. En la asamblea feminista de mi instituto colgamos un cartel con una mujer con vello en los sobacos donde podía leerse «No cambies tu cuerpo, cambia el mundo». No seré yo quien no luche hombro con hombro para que las compañeras, se identifiquen como se identifiquen, puedan cambiar su cuerpo todo lo que deseen y esté disponible en este momento de la historia, pero sigo deseando cambiar el mundo, tengo curiosidad por cuáles serán los deseos propios y de mis compañeras cuando las viejas instituciones del capital caigan y con ellas las zarzas que recubren todos los caminos que se bifurcaban de la mujer «de verdad» y el hombre «de verdad», de la reproducción y la producción social. Atrevámonos a acompañar a las personas trans en el sendero que tomen pero, sobre todo, atrevámonos a luchar por la socialización de los medios de producción de caminos.

Hubo otra película que marcó mi infancia, y esa fue Shrek. Quisiera concluir esta carta diciendo: ¿Qué tienen en común Shrek y el transfeminismo? Que ambas nos enseñan que, según cuál sea la lucecita que lo alumbre, un monstruo también sabe devenir princesa.