Dossier: Feminismos populares

Los feminismos argentinos y el campo popular: apuntes de una historia por contar

Mercedes Barros Natalia Martínez

Si bien las referencias al «pueblo» y «lo popular» son marcas históricas de las movilizaciones sociales, han sido menos frecuentes entre los feminismos argentinos, al menos, hasta el presente.1 En las movilizaciones del #NiUnaMenos, los pañuelazos de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, en los Encuentros Plurinacionales de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, entre otros de los tantos eventos de los feminismos argentinos, venimos asistiendo a una proliferación de interpelaciones desde «lo popular» que claramente exceden las conocidas alianzas con los activismos piqueteros, asamblearios, o las vinculadas a partidos políticos de izquierdas. La apelación es tan extendida hoy en día que hasta las filas del peronismo, históricamente reacias a los feminismos, hoy convocan al campo popular identificándose con sus lemas y demandas desde el «feminismo popular» o, más explícitamente, como «feministas peronistas».

Reconociendo que «lo popular» no es solo un nombre más que se añade a la cadena de significantes propios de los feminismos argentinos —como pueden ser los académicos, políticos, lesbianos, o disidentes, entre otros— sino que forma parte de un proceso más amplio de popularización de los feminismos, nuestra línea de indagación se orienta a comprender las condiciones que hicieron posible ese entramado, no solo semántico. Esto es, si los feminismos estuvieron históricamente en los márgenes de las reivindicaciones del campo popular, ¿cómo llegaron a popularizarse? Y, ¿significa este crecimiento exponencial de los feminismos en nuestro país que hoy hay un «pueblo feminista»? ¿O que el feminismo es ahora populista? ¿Qué implicaciones trae este excesivo despliegue a la política feminista?

Sin llegar a dar una respuesta acabada a estas interrogantes que son las que, sin embargo, guían nuestra indagación, expondremos a continuación, brevísimamente, algunos de los factores que consideramos imprescindibles para comprender cómo fue posible el devenir popular de los feminismos argentinos en la actualidad. Hacia el final concluimos con algunas reflexiones en torno de los horizontes que se abren ante este escenario, en particular, el polémico vínculo entre feminismos y populismos.

Contrarias a concebir «lo popular» desde el prejuicio sociológico, es decir, como una descripción sociodemográfica de sectores sociales definidos, nuestra indagación sostiene que los feminismos son hoy un modo de identificación popular; es decir, posibilitan una identificación que excede la singularidad de sus reclamos y se universaliza, fruto de sus pretensiones hegemónicas.2

No representan solo una demanda específica, como puede llegar a ser el «derecho al aborto legal, seguro y gratuito», o una vida sin violencia de género. Tampoco es una política exclusiva de «la mujer», ni siquiera de «las mujeres» y las disidencias sexuales. Los feminismos están cada vez más abiertos a demandas e identidades heterogéneas que se encadenan a múltiples sentidos que se inscriben en su nombre.

Lo que quisiéramos señalar en este trabajo es que esa apertura no fue únicamente habilitada por los itinerarios de los feminismos y sus militancias; también fue resultado de un singular contexto de sobredeterminación de sus demandas en un discurso y una identificación populista vigente en la Argentina desde el 2003: el pueblo kirchnerista. Partiendo de la premisa de que es imposible desarrollar el análisis de la popularización de los feminismos sin referirnos a la tradición política que en nuestro país históricamente reclamó para sí la representación del pueblo, proponemos entonces dos apuestas interpretativas que se combinan. En primer lugar, consideramos que una de las claves para entender este proceso se encuentra en los vínculos que los feminismos entablaron durante los ochenta con los activismos en derechos humanos. En segundo lugar, sostenemos que, precisamente, a raíz de esos acercamientos los feminismos no resultaron ilesos, o mejor dicho, no permanecieron inmunes a la irrupción del discurso político de tinte populista que dominó la escena política durante el período 2003-2015. Vale decir, el vínculo con los derechos humanos enredó a los feminismos, no solo a una forma de activismo, sino también a un proyecto y a un ideario político que tenía como su principal protagonista al pueblo peronista.

Ochentosos: los feminismos y sus alianzas

Para comenzar a rastrear lo que hoy abiertamente se reconoce como «feminismo popular», nos resulta imperioso remontarnos a los ochenta. En particular, nos interesa señalar el apego a la heterogeneidad que los feminismos argentinos mostraron desde la vuelta a la democracia. Durante aquellos primeros años de la década de los ochenta, la efervescencia democrática —propia de las transiciones de la región— trajo consigo miradas esperanzadoras respecto de la política partidaria e institucional que alcanzaron a los feminismos locales permitiendo la concepción de nuevas alianzas y frentes de lucha, impensables anteriormente. Recordemos que, frente a la fuerte diferenciación de los años setenta entre un «feminismo puro» y otro «político», en los ochenta se produjo una multiplicación de frentes plurales.3 Estas iniciativas dieron cuenta de un desplazamiento de las perspectivas de articulación de las feministas: de un purismo radical a la extensión y mutua implicación de sus lemas y reclamos, desde los feminismos, hacia otros sectores de mujeres movilizadas. En otras palabras, manifestaron el reconocimiento hacia múltiples y diferentes maneras de «ser feminista», porque como dijo una activista de entonces: «Cada una debe participar desde donde quiera y pueda».4 Justamente, fue esa apertura hacia la heterogeneidad la que auspició el inicio y desarrollo posterior de los Encuentros Nacionales de Mujeres, organizados anualmente desde 1986. Por cierto, lo interesante de estos encuentros es que, a pesar de que los principios de su organización y funcionamiento son provenientes del ideario feminista, nunca fueron exclusiva ni mayoritariamente feministas. Como suelen constatar las palabras de bienvenida: los ENM «son de todas».

Pues bien, este devenir heterogéneo de los feminismos permitió el corrimiento de viejas fronteras, pero también el trazado de distinciones específicas a partir de las cuales se forjaron nuevas oposiciones y afinidades. Y uno de los vínculos amistosos más estrechos que los feminismos establecieron en esos años fue con el activismo de mujeres que irrumpió en la escena pública en defensa de la vida y los DDHH ante los crímenes cometidos por la última dictadura militar: las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. La aparición de este nuevo activismo, como símbolo de la resistencia a la dictadura, tuvo efectos decisivos en la construcción del imaginario político democrático. La actuación, ciertamente intrépida y beligerante de las Madres y Abuelas en la primera etapa de la transición, logró que las luchas por los «derechos humanos» y por la «democracia» se transformaran en nombres contiguos de una misma causa. En ambas demandas, y en sus símbolos, se invistieron los nombres de la plenitud comunitaria en contra de un pasado de violencia y excesos, transformándose en superficie de inscripción de múltiples y heterogéneas causas. Durante aquellos años, los derechos humanos dejaron de ser un problema de pocxs, para pasar a convertirse en la posibilidad misma de un acuerdo común desde donde encontrar respuesta a los reclamos y reivindicaciones «de todxs».

El encuentro con los feminismos debe entenderse en el marco de este proceso de sobredeterminación. La ponderación del rol materno y la reivindicación de la familia y de los lazos filiales, como una práctica usual, aunque trastocada entre sus protagonistas, no opacaron el amor a primera vista con las Madres y Abuelas. Antes bien, para las feministas, estas mujeres se erigieron como un símbolo innegable de la resistencia al régimen de facto y representaron el enfrentamiento al Estado y a la política partidaria. Ante la mirada generalizada de los feminismos, la irrupción de ese colectivo de mujeres madres y su denuncia del daño cometido sobre toda la comunidad trajo a escena un lenguaje contencioso inédito, inaugurando una nueva forma de activismo, cuyas protagonistas más visibles eran, precisamente, mujeres. Este hecho es fundamental para comprender por qué se produjo la afinidad con las Madres y no con otros colectivos de mujeres activos en ese entonces.5 Aunque esa afinidad con las Madres de Plaza de Mayo, que se sostuvo en el tiempo, encontrará luego argumentaciones y explicaciones de distinto tipo (estratégicas, afectivas, etc.), no deja de ser un acto político que, en definitiva, fue contingente. En aquella temporalidad precisa y peculiar se produjo la identificación política y afectiva de la mayoría de los feminismos con ese símbolo y espacio de lucha y resistencia de las Madres y Abuelas;6 aun con el rechazo manifiesto de muchas de ellas hacia el feminismo y sus demandas.

Aunque no lo veamos: el pueblo kirchnerista

El segundo punto de nuestro argumento nos traslada de los años ochenta al inicio del nuevo milenio. Y esto se debe a que el rasgo heterogéneo que el feminismo adquirió en la reapertura democrática se desfiguró en la década de los noventa cuando se produjo una fuerte atomización y desmovilización, en gran parte de la mano de lo que llegó a reconocerse como ONGeísmo. Fue recién tras la crisis de los años 2001-2002 que la política feminista recuperó su vitalidad y alcanzó un renovado sesgo popular.

Sin ánimos de desvincular ese logro de lo que fue la lucha y la trayectoria de los feminismos en todos estos años, en particular su vinculación con el movimiento piquetero y de desocupadxs a fines de los noventa, fue la experiencia política que se inició en el 2003 la que marcó, en gran medida, el rumbo de los feminismos locales —así como de otros tantos activismos políticos—. Dicho de otro modo, el éxito que fueron adquiriendo sus frentes de lucha, como los que se habilitaron por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, no solo debe ser abordado a la luz de las condiciones que el propio feminismo engendró desde sus múltiples, heterogéneos y laboriosos activismos, sino también rastreando el singular contexto político en el que se inscribieron; un escenario político que estuvo decisivamente sobredeterminado por «el pueblo kirchnerista». Fue bajo ese manto populista que la frontera movediza y porosa del «pueblo» tuvo efectos disruptivos, promoviendo la emergencia de nuevas identificaciones populares, pero también incidiendo sobre demandas y sectores sociales movilizados ya existentes, como los feminismos.

Ahora bien, ¿cómo y bajo qué forma se produjeron esos efectos? Recordemos que el kirchnerismo articuló exitosamente uno de los nombres más valiosos de la historia reciente argentina para investir su ofensiva: el de los derechos humanos. Fue precisamente en el legado de las Madres y de las Abuelas que este ideario político inscribió y legitimó el origen de su propia embestida. Aquí cabe señalar que fue un acto político performativo que se dio tempranamente con la inscripción de una doble ruptura: por un lado, con el pasado reciente neoliberal de los noventa; por el otro, con el pasado distante de la dictadura militar y sus efectos. Ambas rupturas se organizaron alrededor de una crítica hacia la impunidad del presente, a partir de la cual el nuevo discurso retomó e hizo propio un lenguaje político que provenía de la lucha por los derechos humanos y que se había tornado crecientemente disponible y creíble en el contexto de la crisis del 2001. En su denuncia contra la impunidad pasada y presente, el gobierno de Néstor Kirchner fue gestando una relación de solidaridad amplia con esa lucha de lxs familiares de las víctimas de la represión y con todo un campo de luchas aledañas. Esta relación se sostuvo y fue posible a partir de la exclusión de los sectores comprometidos con la represión ilegal y con aquel modelo de país de injusticia y desigualdad que se inició en la dictadura y que encontró su auge en la crisis del 2001. En nombre de aquellxs (madres, abuelas, hijxs, familiares) que habían sido maltratadxs por un Estado terrorista y por la impunidad que permitieron los gobiernos democráticos que siguieron, en nombre de aquellxs excluidxs por un modelo económico injusto iniciado en la dictadura y profundizado por el neoliberalismo, en nombre de la juventud idealista del pasado y del presente diezmada por la dictadura y por la desigualdad económica reciente, el kirchnerismo se erigió como la posibilidad misma de representar una nueva comunidad legítima amparada en los derechos humanos, la justicia y la inclusión social.

Desde nuestros cuerpos

Feminismos y populismos: qué nos dice el nombre

Y ¿cuáles serían los vínculos entre la afectación populista kirchnerista y la actual dimensión popular de los feminismos? Nuestra lectura sostiene que no es posible comprender la expansión y creciente legitimación de los feminismos populares sin atender al vínculo político que el kirchnerismo estableció con el movimiento de derechos humanos y los efectos de desplazamiento que se derivaron de aquel estrecho lazo.7 Aun cuando es bien sabido que la nueva formación política no se propusiera convocar a los feminismos, ni tuviera en sus orígenes una agenda feminista, las relaciones que estructuraban de manera relativa al campo político y social se vieron completamente alteradas por esta nueva forma de articulación populista. Es decir, los efectos sobre los feminismos no responden a una interpelación directa por parte del discurso kirchnerista, sino más bien a un llamado desfasado que operó y se hizo exitoso, en gran medida, sobre la relación de proximidad que vinculó de manera estable a los feminismos con el movimiento de derechos humanos. De la mano de los organismos de DDHH, y bajo la impronta populista, los feminismos inscribieron sus lemas y reivindicaciones —como nunca antes— en el campo popular.

Ahora bien, ¿significa esta conmoción que el feminismo argentino devino populista? O: ¿qué relación se entabla entre los feminismos y la lógica populista prevaleciente en Argentina? Considerando que esta coyuntura de popularización de los feminismos todavía está en ciernes, antes que responder de forma acabada a estas interrogantes, nos interesa concluir señalando algunos aspectos que consideramos cruciales a la hora de abordar la imbricación de estos dos modos de articulación política, hasta ahora, apenas contemplados.

En primer lugar, uno de los rasgos definitorios de los feminismos, que ha estado presente a lo largo de toda su historia, pero se hizo particularmente manifiesto en la actualidad, es su heterogeneidad constitutiva.

Nadie puede hablar «en nombre del feminismo», no solo por las conocidas críticas a la política representativa tradicional, sino también por la multiplicidad de proyectos feministas en pie. Hay feminismos radicales, socialistas y marxistas, feminismos populares, comunitarios, feminismos negros y transfeminismos, por solo nombrar algunos.

Y la diversidad no solo habla de las diferencias que intersectan, sino de proyectos políticos disímiles; proyectos que, a veces, se vinculan en redes y alianzas, y muchas otras se enfrentan en disputa abierta. El análisis del vínculo entre «feminismo y populismo» no puede dejar de señalar desde dónde se realiza la circunscripción.

En segundo lugar, y a diferencia de los abordajes teóricos que señalan una fuerte incompatibilidad como punto de partida,8 es necesario explorar cómo sus prácticas políticas operan en tensión, se entrecruzan y conviven produciendo efectos singulares. La orientación es la de atender cómo en cada caso se afectan mutuamente, sin premisas ad hoc que las distancien desde un vínculo necesariamente errante, para desde allí atender su potencial y limitaciones.

Bibliografía

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Ilustración de Emitxin
  1. Diferente es la historia si nos referimos al «movimiento amplio de mujeres». Si hiciéramos un rastreo de la articulación nominal entre los «feminismos» y «lo popular» a lo largo del siglo xx recuperaríamos al Movimiento Feminista Popular (MOFEP), activo solo un año en 1974, conformado por militantes del Frente de Izquierda Popular (FIP). Trabajaron de forma conjunta con las feministas de la Unión Feminista Argentina (UFA) y, fruto de esa articulación escribieron «Diario colectivo» (1982). En 1975 el MOFEP pasó a llamarse Centro de Estudios Sociales de la Mujer Argentina (CESMA), precisamente porque no quisieron restringir el llamado a «las mujeres» desde su condición de clase. Véase Cano (1982); Nari (1996).
  2. Para el distanciamiento del prejuicio sociológico sobre lo popular, véase Aboy Carlés (2013); para la distinción entre una identificación popular de la populista, véase S. Barros (2013).
  3. En esos años se conformaron la Comisión Pro Reforma del Ejercicio de la Patria Potestad, Lugar de Mujer, el Movimiento Feminista o la aclamada Multisectorial de la Mujer conformada por organizaciones de mujeres, amas de casa, feministas, integrantes de partidos políticos, organismos de derechos humanos y sindicatos. Véase Bonder (1983); Calvera, (1990); Chejter, (1996); Oddone, (2001). Esta ampliación de perspectivas entre las feministas de la región fue agudamente analizado por Julieta Kirkwood (1984).
  4. Se trata de Alicia D´Amico, entrevistada en 1984 por Chejter (1996:74).
  5. Como, por ejemplo, las Amas de Casa del País. Una argumentación que consideramos emblemática, que hace más comprensiva la afinidad con unas y no con otras, puede encontrarse en Bellotti (1989). Véase también Feijoó y Gogna (1987) y Archenti (1987).
  6. Y decimos de la mayoría, porque es necesario atender la excepcional postura de María Elena Oddone, referente de la Organización Feminista Argentina (OFA). Oddone fue expulsada de Lugar de Mujer luego de que se opusiera a una adhesión a las Madres de Plaza de Mayo de forma exclusiva, sugiriendo enviar también una carta a «las madres de los muertos por subversión» y señalando que «como feministas nuestra solidaridad debe ser hacia todas las mujeres que han perdido un hijo» (Oddone, 2001:186).
  7. Para un desarrollo de lo que consideramos fueron sus principales efectos, véase Barros, Martínez Prado (2019).
  8. Nos referimos, entre otros, a análisis como los de Roth (2020); Kantola, Lombardo (2019); Kroes (2017); Mudde, Rovira Kaltwasser (2015), Emejulu, (2011).