Lecturas

Hacia la fuerza

Diana J. Torres

Hay algo muy poderoso en el sexo. No es su ser proscrito, prohibido, censurado, castigado lo que lo hace poderoso, al contrario, todo ese contenido «extra» que recae sobre el sexo solo son distracciones elaboradas y reelaboradas por siglos justamente para alejarnos de su poder, para divertir1 nuestros caminos hacia esa fuerza.

La primera vez que presentí esto fue a través de un hecho aislado, sencillo, infantil. Una experiencia que al pasar de los años no he conseguido olvidar sino que con el tiempo (el proceso del olvido se invierte) ha ido aumentando en sustancia y sentido: dejamos de recordar las experiencias cuando no nos sirven o porque su recuerdo pone en riesgo nuestra estabilidad.

Es sencillo: playa, verano, yo desnuda como casi siempre, tres o cuatro o quizás cinco años de vida, un niño de mi edad, con bañador, los dos en la orilla a una considerable distancia. Nos miramos, nos sonreímos, y entre los pocos metros de arena tibia que nos separan, se da un juego de sutil seducción: yo le muestro mi coño y lo toco, jugando conmigo y con la mirada de él. Me sigue el juego, se agarra el pito por abajo del bañador, sonríe. Creo que en algún momento se lo saca por un lado del bañador, ahí mi recuerdo se dispersa. Lo que sí conservo con nitidez en mi memoria es el sentimiento de conexión de estar compartiendo algo placentero con alguien, de saber que no solo yo disfrutaba jugando con mis genitales: no estaba sola.

Al cabo de un rato corto aparece en escena su verdugo: la madre le da un cachetadón sin mediar palabra, lo arrastra por un brazo hacia la sombrilla, lo golpea por el camino, lo sienta, le grita, lo zarandea… Le agarra su manita y se la aprieta con fuerza y repite como un mantra venenoso «eso no se hace, eso no se toca, eso no se hace». Probablemente le dijo muchas barbaridades más, quizás estoy «suavizando» la crueldad de la situación pues hasta que el niño no empezó a llorar a gritos, desconsolado, yo no estaba segura de si aquello se trataba también de un juego de algún tipo. Pero no, la violencia no es un juego.

Entendí en ese momento que nuestra interacción había desencadenado todo pero que las consecuencias de la misma recayeron solo sobre él, porque a mí mis padres no me decían nada sobre tocarme o no tocarme, al contrario: siempre se encargaron muy bien de explicarme que mi cuerpo era mío, que nadie tenía derecho de tocarlo sin mi permiso, que yo podía disfrutarlo, conocerlo, habitarlo.

Cualquier otra criatura hubiera modificado su conducta tras presenciar este espectáculo de tortura cuya finalidad es aleccionar a quienes lo presencian, dejar el mensaje/amenaza de que «la desgracia del otro» puede fácilmente convertirse en la propia si no somos capaces de «comportarnos». Pero en mi caso, dado que nunca fui una niña cualquiera justo por la libertad y bondad con que estaba siendo criada, la semilla de mi rebeldía eclosionó en ese instante cuando comprendí que la sociedad y la horda de soldados sordomudociegos que la mantienen a flote tenían el derecho de performar pública y constantemente la violencia y la negación del placer, a convertir en algo «malo» una cosa tan bonita como el sexo. Eso fueron las hogueras inquisitoriales, y en ellas siguen ardiendo las disidencias.

¿Por qué ese niño no podía tocarse y yo sí? Otra cosa que me había quedado bastante clara desde mucho antes de ese acontecimiento era que los niños siempresiempresiempre podían hacer más y mejores cosas que nosotras. ¿Era el hecho de tocarme libremente una forma de traspasar las limitaciones de mi género? O mejor aún, ¿era aquel acto de placer algo que me otorgaba superpoderes? Definitivamente fue entendido por mí como un acto de poder, aunque de eso me di cuenta mucho más tarde, y en ese entonces solo era una cosa a la que no estaba dispuesta a renunciar por mucho miedo que me metieran alrededor. Hay cosas demasiado buenas y útiles que son irrenunciables.

Desde ese poder construí mi identidad de rebelde poco a poco, en ocasiones no me quedó de otra dado que no estaba dispuesta a ceder o a intercambiar mi goce por ningún tipo de mandato social, religioso, moral. Ni siquiera por complacencia hacia personas queridas. Esos modos de rebelarme (afeitarme la cabeza, hacer cosas de «chicos», estar desnuda en público, hablar de sexo abiertamente, incomodar intencionalmente a las personas que trataban de censurarme con sus ideas, etc.) serían lo que en un futuro se transformaría en la performance pornoterrorista; eso combinado con la gestión emocional del castigo, porque evidentemente empecé a ser castigada por mi conducta desde bien pequeñita, siempre teniendo presente que no había peor castigo que tener que vivir siendo otra persona que yo no era y que no había mejor respuesta a la represión que ser dueña de mi placer.

Todo lo que he puesto ya sea en un escenario o en las páginas de un libro está basado y apuntalado por ese poder mágico que proviene del sexo. Entendido el sexo como un lenguaje sagrado que nos conecta con lo más íntimo, libre y auténtico de nuestro ser. En este sentido mi deuda es inmensa y nunca podré hacer las suficientes performances o escribir los suficientes libros que retribuyan los beneficios que esta fuerza ha traído a mi vida. A través de mi arte empecé por entender que yo tenía un gran privilegio (además de ser blanca y europea, claro), consistente en habitar un templo (mi cuerpo) lleno de placer y bendiciones. A veces no entendemos que los privilegios no son solo algo con lo que unx nace, también pueden ser herramientas que se nos entregan o adquirimos, como en mi caso, con manual de instrucciones desde el inicio de nuestras vidas; la libertad e información que recibí en cuanto al cuerpo y la sexualidad o no haber estado expuesta a la mentira de una religión impuesta, tan ponzoñosa como el catolicismo. Esa herramienta se transformó en un arma perfecta, para defenderme y construir.

Fotografías cortesía de Diana J. Torres

Fotografías cortesía de Diana J. Torres

En mi pensamiento entiendo que los privilegios de este tipo han de servir más allá del individualismo que pregona la sociedad capitalista. Así, teniendo eso muy presente, quise que otras personas pudieran acceder, adueñarse y disfrutar de mi herramienta/arma, y tanto en mis actos escénicos como literarios la intención principal fue y es mostrar que podemos responder a la violencia sistémica de maneras más beneficiosas que la sumisión y el miedo. Al considerar mi arte también como una medicina para las heridas causadas por la represión (especialmente la sexual), puse mi privilegio al servicio de todas las personas que no tuvieron tanta suerte como yo y a trabajar por la construcción de una red de monstruxs, brujxs y disidentes que nos hiciera sentir menos aisladxs, menos solxs, más fuertes.

Entender el poder que reside en la sexualidad es una forma de sabotaje a ese enemigo que ha tratado y seguirá tratando de someternos a sus leyes, y ponerlo en uso, conocer sus posibilidades, aunque sea al nivel más íntimo, nos hace invencibles en muchos sentidos.

Vivimos rodeadxs de violencia, algunxs más que otrxs, pero hasta en el lugar más privilegiado del mundo persisten los castigos de lo sexual y de género, del racismo, del clasismo, del machismo, etc. Esta se da de manera tan cotidiana y constante que la hemos naturalizado y consideramos «normales» cosas que no deberían serlo. En cambio, en contraposición con esa violencia normalizada, mis performances suelen ser leídas como un acto terrorífico (y muy violento) por personas que ejercen tortura sistemática hacia sus parejas, sus crías, sus amistades, sus vecinxs, sus subalternxs… Es decir: personas nor-ma-les.

Fotografías cortesía de Diana J. Torres

Fotografías cortesía de Diana J. Torres

Pero no tengo duda de que lo que yo expongo en un escenario es un acto poético de amor, una sublime y delicada venganza, acto de sanación personal y colectivo que brota de mi entrepierna y que se agita como mis alas chamuscadas de tanta hoguera. Lo hago por ese niñito golpeado en la playa, y por todxs quienes alguna vez hemos pagado el precio de nuestro libertinaje.

Yo desde el pornoterrorismo lxs invito a reflexionar y experimentar sobre esta cuestión del poder, la magia y lo sagrado del sexo, del goce y del deseo. No se dejen castigar, no renuncien, no se den por vencidxs. Que la fuerza lxs acompañe.

  1. Uso «divertir» en su sentido etimológico, del latín divertere «dar giro en dirección opuesta, alejarse», entendiendo la diversión como estrategia del sistema para mantenernos circulando hacia algo que en realidad no hemos elegido y, sobre todo, que no nos beneficia.