Columnas

Desde los zulos

Dhalia de la Cerda

El feminismo, los hombres y yo

«Todos los hombres son potenciales feminicidas y potenciales agresores», decía cuando recién llegué al feminismo. Todos. «Mi lucha es para las mujeres, resolver que se dejen de matar entre ellos es igual a seguirles lavando los calzones», también decía. Presumía ser misándrica y mi activismo se basaba en tuitear o escribir sobre lo opresores que son los varones, todos, así sin matices. Y cómo las mujeres somos los seres más oprimidos de la historia, sobre nuestra materialidad realidad, es decir, la panocha, así también sin matices. Desde luego era separatista, en mis talleres y espacios no había lugar para los varones y cuando me veía en la penosa necesidad de aceptar hombres en mis talleres les daba la orden estricta de callarse y escuchar, pobre de aquel que se atreviera a cuestionarme, lo trataba con pasivo-agresividad y lo mandaba a leer Los hombres me explican cosas. Y luego lo presumía en redes: Hoy mandé a un señor a leer Los hombres me explican cosas. Y esperaba la lluvia de likes.

No había lugar para lugares crisis: Todas las mujeres estamos oprimidas, nos oprimen por una realidad material y biológica: la vagina. Y todos los hombres son opresores. La realidad, también material, que se llama la vida diaria, me daba guiños de que quizás —y solo quizás— había matices. Por ejemplo: «Mi novio, el macho opresor por excelencia, esa criatura con pene lleno de privilegios, hijo sano del patriarcado» tenía tres trabajos: mesero en una fonda, barman en un bar y pintor de casas para ganar mensualmente lo que yo ganaba sentada en una oficina cinco horas. Él es el primero de su familia en terminar la secundaria, creció en un ambiente profundamente violento donde tenía que defenderse de tiro por viaje a golpes, pero desde mi primera postura teórica era el enemigo, mi enemigo tenía tres trabajos para ayudarme a pagar la licenciatura en Filosofía, licenciatura que dicho sea de paso estaba estudiando por gusto. Él la secundaria la tuvo que estudiar a huevo para que lo contrataran en mejores empleos. Me daba la mitad de su sueldo, pero empecé a tratarlo en consecuencia porque leí la propuesta teórica de una señora blanca y ella decía que hasta el varón más pobre tenía una mujer a su servicio y esa tenía que ser yo. Empecé a señalarle su machismo de forma obsesiva, empecé a romper nuestros acuerdos porque ningún hombre me iba a dar órdenes. Dios lo haga un santo por soportarme en esa época. Me corté el cabello y me dejé crecer los pelos de las axilas porque no quería ser obediente a una feminidad creada para el ojo masculino. Es una cosa bien loca, loquísima porque de entrada nunca me sentí identificada con el feminismo blanco, ese que dice que las mujeres estamos hartas de ser la ama de casa o que hemos sido históricamente silenciadas o confinadas a lo privado, pero respecto a los varones mi feminismo era blanco, blanquísimo. Malditos opresores, todos. Pasaba de largo las críticas que hacen las feministas negras al separatismo porque, aunque me identificaba mucho más con el feminismo negro y decolonial mi postura respecto a los varones seguía siendo la misma: «Son unas basuras y mi lucha es por y para las mujeres. El feminismo no es la madre de todas las luchas. Mi feminismo es interseccional porque las incluye a todas, no a todos. Ellos no caben en mi feminismo».

La realidad material de la vida cotidiana me decía, me gritaba, me imploraba: morra, guacha, guacha quién limpia la mierda cuando se tapa el drenaje en el centro de Aguascalientes, morra, quién tiene las cifras más altas de muertes violentas, de población en los sistemas industriales carcelarios, en las desapariciones. Pero yo me hacía de la vista gorda. Como que la virgen me hablaba. Reflexionaba, sí, pero en cómo darle la vuelta a la realidad material para que la victima fuera yo. Para ser más oprimida que el señor moreno y empobrecido que limpiaba mierda en el centro de la ciudad, pensaba: seguro ese señor llega a su casa y tiene una mujer a su servicio, pensaba. Pero esa mujer no eres tú, me decía la lógica, pero yo le seguía jugando al Micky. No es que yo fuera una mezquina, ni una berrinchuda, ni una pendeja. Es que soy mujer y sé que esto será contradictorio, pero vaya que tengo experiencias para desconfiar de los varones. Todas las mujeres las tenemos. Mi problema es que yo llegué al feminismo tan herida, tan agredida, tan subestimada, había vivido tantas experiencias de sexismo, de misoginia, de violencia y de discriminación que el feminismo me hizo sentido.

Yo quería ser sanada y pensé que sufrir en colectivo y estar muy muy encabronada con los varones me iba sanar, pero no fue así. Porque el feminismo no sustituye a la terapia y no es una comunidad terapéutica. El feminismo es un movimiento político.

¿Cómo fue que cambió mi postura respecto a los varones? Fui a terapia. Durante el año 2015 tuve un periodo muy complicado en mi vida y estuve en riesgo de suicidio, eso me llevó a tomar terapia en un centro de salud mental. Cuando me dieron de alta la vida era otra en todos los aspectos de mi existencia, incluidos los varones, el feminismo y la gente en general. Como por arte de magia empecé a tener la capacidad de ver matices. Siendo diagnosticada con trastorno límite de la personalidad el objetivo de la terapia era, precisamente: los matices.

El primer matiz fue cuando fui a una prisión a visitar a un familiar. La vez anterior mi análisis fue solo sobre la heterosexualidad obligatoria que hace que las mujeres sean básicamente olvidadas en prisión mientras que hay varones que tienen visita conyugal de dos mujeres. Desde luego que es un análisis muy valioso, pero no es el único importante, y mi epifanía fue ver el paquete completo: los varones empobrecidos y racializados que están ahí adentro vulnerados por un sistema que es mucho más complejo que el patriarcado porque el patriarcado no existe y lo que existen son múltiples formas jerárquicas y culeras de relacionarnos que están todas relacionadas entre sí: sexo, género, clase social, color de piel.

El segundo fue cuando regresé a dar talleres de derechos sexuales y reproductivos con jóvenes en contextos de alta marginación y violencia. Por primera vez me tocó un grupo mixto. Pensé en hablarles de consentimiento, de que los hombres también pueden llorar, de ser las nuevas masculinidades que el feminismo blanco demanda, esos varones que leen poesía y responsabilidad afectiva a niños, literal: niños, que solo ven dos opciones en su vida: ser sicarios o policías. Entonces les hablé, sí, de consentimiento, y estoy segura de que con un morrito que agarre el pedo de decirles a las morritas «me van a doler los huevos es violencia», las morritas que se relacionen con él se verán beneficiadas, pero también les hablé de problemas de varones: de violencia policial, de reducción de daños en uso de sustancias psicoactivas, de violencia entre pares y de suicidio. ¿Esto me hace menos feminista? ¿Estoy maternando varoncitos que un día serán sicarios? Quizás. Pero mi feminismo ahora responde a una realidad material mucho más compleja: la vida es una mierda para las personas con vagina, pero la vida también es muy culera para las personas con pene, sobre todo para las mujeres trans y los varones empobrecidos y racializados y mi feminismo hoy alcanza para todes.

Quisiera hablar de forma compleja sobre las críticas al mandato de las nuevas masculinidades como un proyecto de domesticación de los varones racializados y sobre cómo aquello que problematizamos como masculinidad tóxica son casualmente las actitudes que toman los hombres precarizados, pero somos más condescendientes con las actitudes machistas de los hombres blancos. De cómo las feministas damos por hecho que todos los varones tienen el mismo contexto y su mayor conflicto es que no lloran cuando en realidad muchos varones tienen un chingo de pedos bien culeros, como la desaparición forzada o tener que defenderse sí o sí con violencia, pero siento que sería estrabismo cultural, entonces para problematizar que, como dice, Ochy Curiel, todos los hombres son machos, pero no todos son patriarcas, les recomiendo tomar los talleres sobre masculinidades que da el Colectivo PalabrAndo.

Sigo teniendo un análisis feminista en todo lo que hago, sobre cómo se nos trata igual, con misoginia, por ser mujeres, solo que ahora también, pero me interesa sobre todo cómo y por qué también entre nosotras nos tratan diferente, no me tratan igual a mí que a una mujer racializada, ni me tratan igual a mí que a una mujer rica. Sigo siendo feminista, solo que antes únicamente veía que detrás de cada hombre genial hay una mujer que cuida y limpia, ahora veo que detrás de cada mujer brillante y exitosa ahuevo hay varones y mujeres racializados que hacen los trabajos de crianza y de cuidado. Ahora veo que si yo estoy aquí escribiendo esto es porque mi esposo, un varón precarizado y empobrecido, tuvo tres trabajos para ayudarme a pagar la universidad. Ahora que veo matices pienso que el feminismo es para todo el mundo, y que al menos en mi feminismo los varones son bien recibidos.