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Corazón de la montaña | Claudina Domingo

¿No será una traición? ¿Estar acostada en el asiento reclinable del servicio de lujo, con las piernas bien estiradas? El anzuelo en el esternón se tensó. Pero ni cómo darse el lujo de llegar fatigada. Además de las cinco horas a San Luis, faltaba el viaje en carretera hasta el pueblo. Doblaste las falanges de los dedos hacia adentro; no tronaron. Doblaste entonces las muñecas y la izquierda hizo un clic apagado que te dio un poco de aire. Viste (¿y así era en todos los camiones?) que las ventanas no se podían abrir. ¿Cómo entonces, si a mitad del viaje…? Tuviste náuseas y ganas de orinar al mismo tiempo, pero esto ya no te inquietaba. Habías aprendido que era una trampa del cuerpo para hacerte bajar la guardia. Pensaste en la pastilla y, también, en el día que, frente al espejo, te descubriste adormecida a causa de los cinco gramos de citalopram que ya tomabas tras dos meses de búsqueda. Volviste a echar llave a la idea de tomarte una mitad. Sólo si era muy necesario, sólo si no tomarlo interfiere con tu propósito: estar viva, fuerte y viva, para buscarla; buscarla hasta dar con ella. En un horizonte que siempre llevas a la altura del pecho: el mundo que se abrió como una flor al desaparecer tu hija. Cada pétalo es inmenso, cada pétalo tiene sus intersticios y una madre es una arañita minúscula que se puede aniquilar de un soplo. En los pechos, la señal. En el estómago y la vejiga y la cabeza, la respuesta a la señal. Ahí venía otra vez, con las patas resbaladizas, la somnolencia causada por la corriente brava de tus obsesiones. El cuerpo, eléctrico, pendiente de las evoluciones de la angustia. Volviste al otro pensamiento; ni siquiera un pensamiento, sólo la imagen: los pies despegándose de la cornisa de la azotea. Y volviste a aferrarte al mundo: ¿cómo así? ¿cómo así? ¿cómo así? Uno no tiene hijos para verlos desaparecer. No se ama a una hija para perderla. Dios es justo. El amor existe. Y el amor de una madre es lo más justo que hay en el mundo. Una mancha indecisa, como una ola ínfima, te cerró los ojos.

Volviste a pensarlo en el camino empedrado hacia Real de Catorce: nada es real, nada existe, todo es un sueño, algo peor que un sueño pero menos real que una pesadilla. El pensamiento es un error y la vida es frágil, anómala, un accidente. Ahora que te hablas buscando tranquilizarte has dado con tantas ideas desechables. Porque, luego de pensar un rato, te das cuenta de que las ideas que habían sido tan relucientes unos minutos antes se convierten en basura. Entonces el mundo deja su fachada de irrealidad y puedes ver delante de ti las cosas, duras y tangibles: Te llamas Rosa Montoya, tienes una hija. El mundo puso velos entre tú y ella el 15 de septiembre del 2013. Esta fecha existe. Aunque se comprobara que todo lo demás es irreal, esta fecha tiene un sabor, su aroma, todos sus nervios prendidos de tu cuerpo por una multitud de tallos que crecen conforme sienten tu tibieza. Una enredadera no es una planta parásita sino un arbusto trepador. Así, la fecha existe por sí sola pero ha crecido como una plaga por tu cuerpo. Y tú has dejado de ser una flor para convertirte en una llaga. El camión traquetea sobre el camino empedrado. Allá está Jazmín, tu hermana. Anda diciendo que vio a tu hija, en octubre, pasearse con una gringa entrada en años por Real. Hazte el favor: Lina, tan dulce, tan lista, sus ojos negros y almendrados como ventanas moras… con una mujer… vieja. Pero eso sería mejor que todo lo que te han dicho, todo lo que has pensado, cosas que se te suben al cuerpo como alimañas y no te dejan respirar, dormir, sin que pronuncien su nombre en tus entrañas. Ya estás cerca. Ya está cerca Jazmín. Ojalá no hubieras tenido que volverla a ver.

Te bajaste del camión a la salida del túnel. Te acomodaste el suéter y la bolsa, pero tuviste la impresión de que el calcetín derecho te estorbaba. Hacía más calor…

—Hermana… —Jazmín te había reconocido por la espalda.

Jazmín te acompañó a buscar un hotel. Algo barato, dijiste, conforme las náuseas crecían y el sudor en las manos mojaba tu pantalón. Jazmín hablaba de llevarte a comer pizza de ¿qué? y de un recorrido por el pueblo antes de presentarte con sus amigos por la noche. Te detuviste en seco y te sentaste en la baranda de asfalto de un árbol. Las náuseas eran más prominentes que de costumbre. Quizá por el viaje tenías la presión baja. Las manos te temblaban y se te habían dormido los pies.

—¿Te sientes bien? —Jazmín intentó apartarte el cabello de la cara. Te hiciste hacia atrás bruscamente.
—No sé dónde está mi hija —el tono fue el de una niña extraviada.

Jazmín se sentó a tu lado, sin saber si acercarse a tu cuerpo impredecible.

—Si quieres vamos de una vez a comer, en vez de buscar hotel. Hermana, estás delgadísima.
—No quiero hotel no quiero comer —dijiste, rápida y violenta— quiero que me digas lo que le has estado contando a medio mundo.—Tu barbilla temblaba y las lágrimas, que habías imaginado de vacaciones, se agolpaban a tus ojos.
—La vi, en octubre.
—¿Octubre cuándo? ¿Le hablaste?
—No recuerdo bien la fecha. La primera o la segunda semana.
—Necesito saber la fecha exacta, necesito corroborar que la viste. ¿Alguien más la vio?

Jazmín te miró, por un instante herida por tu desconfianza. Se recompuso.

—Estaba aquí, en la plaza, con los compañeros artesanos. El Neto estaba conmigo. Le dije: «Mira qué guapa está Lina, salió idéntica a Rosa». Y le iba a hablar pero llegó un cliente; luego ya no la vi. Rous, no sabía que ella andaba desaparecida. ¿Hace cuánto que no hablamos?
—Eso no importa —tu voz era rabiosa, y tu hermana bajó la vista y se mordió los labios—, no ahorita, Jazmín. ¿Cómo sabes que tenía algo que ver con la gringa; las viste… de la mano?
—Vi cómo le sonreía.

Sólo entonces se te ocurrió: ¿cómo podía saber que era Lina si tenía años sin verla? ¿Por las fotografías de Facebook? Eso, tan lógico, no se te ocurrió en el df ni una sola vez.

—¿Cómo supiste que era ella? La última vez que la viste en persona tenía 13 años, cuando nos topamos en el zócalo.

Jazmín meneó la cabeza, comenzó a agitar las manos.

—¡Porque es la hija de mi única hermana, pendeja!

Se alejaba del árbol a zancadas. Se detuvo en seco. Alzó la cabeza al cielo y dijo algo que no alcanzaste a escuchar. Se limpió los ojos y regresó.

—Aquí no hay hoteles ni tan baratos ni tan caros. Lo mínimo son 500 pesos, ya sea que el hotel esté junto a la carretera o aquí en el centro del pueblo. Yo te llevo a uno que es seguro. Tiene buena vista —para que no le vieras el semblante, se te adelantó.

No había restaurante en el hotel, ni siquiera una máquina de refrescos. Estabas temblando. ¿Pero por qué si no hacía frío? ¿O hacía frío y ya no podías sentirlo? La línea donde la pared y el piso se unían comenzó a dudar. La vergüenza a lo que ocurriría si te encontraba así Jazmín te vivificó. Buscaste en la mochila de ejercicio de Lina, que se había convertido en tu mascota. Tenías la vaga impresión de que compraste un café y guardaste… un sobre de azúcar refinada. Los granos de azúcar se fundieron en tu saliva. Te rendiste en la cama, cerrando los ojos y masticando los restos de los gránulos de azúcar. Te tranquilizó sentir tu corazón latir más acompasado y, poco a poco, los dedos de los pies. Abriste los ojos y descubriste el techo envigado. ¿Y si encerraron a Lina en una jaula de madera y nadie la escucha mientras pide ayuda? El corazón se precipitó en una carrera inútil y las náuseas volvieron a retorcerse en el estómago. Tras abrir de un solo golpe la puerta, saliste al patio del hotel. Iban y venían ráfagas de un aire frío y limpio que hacían bailar las buganvilias amarillas. Respiraste hasta que te dolió el pecho, con las manos apoyadas en las rodillas. El hotel, más bien una posada de paredes gruesas con un patio central, se escurría sobre una calle empinada del pueblo. Afuera un cerro, verde y amarillo, como un seno dadivoso o una corona chata. ¿Dónde lo habías visto antes? En una foto, seguramente. En una foto donde también aparece la flor del maguey en el centro del patio. ¿En qué revista?

Jazmín se había cambiado de ropa. Con todo y el aturdimiento a causa del viaje (o de esa visión que parecía provenir de una fotografía lejana), te llamó la atención que se hubiera cambiado las bermudas por unos pantalones de mezclilla y que trajera una blusa huichol bordada en el pecho con motivos de… rosas. No habló, sólo caminó junto a ti, por las calles empedradas donde el sol, rotundo y dorado, desprendía escamas de luz hasta en el moho. No habías comido nada desde las seis de la mañana, cuando te tomaste un vaso de leche y untaste un pan con mantequilla. Mantequilla era lo que olía en la calle en ese momento, algo que se doraba o se asaba en el fondo de una cocina. Jazmín seguía callada, y cuando volteaste a mirarla te sonrió, con los labios cerrados, igual que si tuviera 15 años y tú 18 y ella te acompañara en las caminatas silenciosas, cuando te procurabas deshacer de la angustia de la familia astillada. Dormías en la misma cama que ella. Todas las noches atrancabas la puerta de la habitación para evitar que el Gil, un simio de 100 kilos al que tu madre se pegó como una lapa, se equivocara de habitación y cuerpo tras la borrachera. Al otro día, después de la escuela, pasabas por Jazmín a la suya y juntas caminaban por una hora hasta llegar a Santa María la Ribera, a la casa a donde ninguna quería llegar. A veces callabas y Jazmín acompañaba con su silencio, más distraído, el tuyo, retorcido y espinoso.

—Es aquí —dijo Jazmín, entrando en un local tibio y oscuro como una madriguera de conejos—. ¡Maestro Núñez, aquí le traigo una invitada especial!

Un hombre alto y enjuto apareció en el umbral de la cocina, alertado por la voz gruesa de tu hermana. La saludó con reverencias y a ti con una cordialidad galante.

—¿Qué les sirvo, Jazz?

Tu hermana, de pie junto a una de las sillas, probablemente había ensayado esa pose desde la adolescencia: una de sus fuertes manos en la cintura, la otra sobándose el mentón donde una barba fantasma de pirata se retorcía bajo sus manos.

—Déjame pensar… Algo clásico de Real, ¿sí? ¡Pizza de cabuches!

El hombre sonrió asintiendo con la cabeza y desapareció en la cocina.

—Tráeme dos frías, oscuras —ordenó Jazmín, como un capataz, como un niño malcriado, como la mujer guapa y hombruna que desconcertaba siempre a los desconocidos con su graciosa altanería.

—A ver, ¿cómo está el asunto? ¿Ya preguntaste entre toooodos sus amigos o fuiste corriendo a la policía?

Sólo la miraste, como ella sabe que precede a tu furia.

—Perdón, lo siento, yo no sé lo que es tener hijos —dijo, para tu sorpresa, humilde y razonable—. ¿Cuántos meses…?

—Tres… No sé qué otra cosa hacer. Ya fui a la policía, fui con unas madres de una ONG, he pegado carteles por todo el DF…

Trajeron las cervezas. Empujó la tuya hasta ti. Negaste con la cabeza pero te arrepentiste: hacía calor y Jazmín, del otro lado de la mesa, te ponía nerviosa. No podías seguir atesorando esa flecha por mucho tiempo.

—No sé qué me dolería más: que fuera una mentira que la has visto o que fuera verdad —cerraste los ojos antes de darle un beso largo y profundo a la botella.

Jazmín suspiró, volteó un poco los ojos, rectificando a mitad de su gesto burlón. Fijó la vista en una flor azul sumergida en un vaso de veladora en la mesa. Tú volviste a besar tu botella.

El maestro Núñez llegó con la pizza y la dejó en la mesa.

—Esto, verás, hermana, esto no lo hallarás en otro sitio.

Sobre el queso fundido se esparcían unos capullos amarillos y apretados como piñas de pino en miniatura. Volteaste uno con un tenedor en tu plato.

—No muerden, hermana. Éntrale —con la boca llena, agregó—: son cabuches, la flor de la biznaga. El desierto es un jardín también. ¡Maestro!

El hombre apareció en la puerta de la cocina, como un sirviente, limpiándose las manos en el delantal:

—¿Tendrás mezcal?
—Ah, claro, mi doña, espéreme tantito.
Reíste con la boca llena, atragantándote.
—¿Desde cuándo eres la Doña, Jazmín?
—Desde siempre, hermana, sólo que tú no te habías dado cuenta —te lo dijo sin ámpulas, pero seria. La recordaste igual, doce años antes: «Un día me vas a extrañar y vas a ir a buscarme a mi guarida. Recuerda estas palabras». Te dolió recordarlas, imaginar que si las recordabas era porque ella las estaba recordando en ese mismo instante. Te concentraste en comer, vorazmente, la pizza con las pequeñas flores que abrían sus pistilos delicados en el paladar. El hombre vino con unos caballitos tamaño familiar llenos de un líquido casi transparente.

—Yo no, hermana —te escuchaste decir, imitándola a ella—. Con la cerveza tengo.
—Te puedo asegurar que no has dormido bien en meses.

Los miraste intermitentemente a ellos: al mezcal y a tu hermana, ¿cuál podía ser más traicionero? Tu mano avanzó hacia el vaso.

—Necesito corroborar lo que dices. El hombre que estaba cuando viste a Lina, ¿dónde vive?

Tu hermana te miró y apretó las mandíbulas, se empinó su mezcal.

—Aquí, hermana. Se llama Ernesto, el Neto, es guía de turistas, es artesano, es músico también. Escribe unos poemas bellísimos que le ha dictado el viento del desierto.

Bajaste la vista hacia el mantel. Te tembló la mano en torno al vasito: ¿y si todo era un alucín de tu hermana?

—¿Sigues fumando cannabis?

La risa de tu hermana estalló como un cántaro en medio del restaurante.

—¿Cannabis? ¿De verdad le dices así?

Jazmín siguió riendo y un gato, que había estado cerca del horno, se deslizó por la puerta de la cocina.

—A ver: no me importa si te drogas ni con qué. De verdad, respeto tus decisiones…

—Más bien te valgo verga…

Algo frío y húmedo se te sentó en el regazo. Te aferraste al vasito de mezcal.

—Quizá sí te juzgué —te escuchaste decir.

El maestro Núñez se acercó y llenó los vasitos de nuevo antes de que pudieras negarte.

—Eso es algo que necesita otro proceso, Jazmín, en otro momento. Estoy buscando a mi hija, es para lo único que tengo cabeza y cuerpo.

Creíste verle los ojos húmedos, quizá el mezcal… Ibas a decirle que, sin embargo, a cada rato la recordabas, que ciertas calles, que todos los aromatizantes que llevan su nombre te dan coces en el corazón, pero ella te interrumpió antes de que pudieras abrir la boca.

—El Neto anda en el valle, en un caserío, fue a atender un parto. Ya no vuelve hoy, pero mañana lo encontramos en la plaza. Los fines de semana sube turistas al Cerro Grande. Ya, nada más nos tomamos éste y nos vamos, si no, no te vas a querer levantar mañana.

Cuando abriste los ojos, el sol del domingo desperdigaba sus tallos por la ranura de la puerta. ¿Tantas horas? Habías regresado a tu habitación al oscurecer. Te acostaste a reposar la copiosa comida. En el espejo del baño, el rostro fresco te corroboró que habías dormido más de doce horas. Buscaste el reloj cuando alguien gritó.

—Rous, Ross, ¿estás bien?

Podría despertarte incluso si estuvieras del otro lado del pueblo.

Abriste la puerta con mucha precaución como si un ladrón, un violador o… tu hermana estuviera detrás de ella. Ella entró con las manos juntas. De uno de sus antebrazos colgaba una bolsa. Miraste sus manos, morenas, con los dedos largos y fuertes terminados en uñas blancas como aspirinas que se parecían tanto a los de tu madre.

—Es una cajita, se lastimó un ala. Va a estar muy bien. Podrá volar en una semana.

Ya veías venir otro choro sobre la vida y el desierto. Te sobaste la frente.

—Bueno, vamos a ver al Ernesto ese, para que pueda bajar temprano a Matehuala y llegar hoy al df.
—Ya se fue —dijo Jazmín, absorta en el pájaro, cuya diminuta cabeza asomaba entre sus manos—. ¿Verdad que vinimos a buscar a tía Rosa? Bueno, yo —corrigió mirándote a los ojos sonriente—, a él me lo encontré en la calle. Bien jetona que estaba la tía Rosa, ¿verdad amor alado?
—¿Cómo que se fue? ¿A dónde se fue? —preguntaste, sacudiendo los hombros de tu hermana.

Ella se desprendió con viveza de tus manos, protegiendo al ave de tu cuerpo.

Ya estabas sentada en el piso, llorando y maldiciendo. Ojalá no estuviera ahí Jazmín, tu hermana la loca, viéndote, a ti, toda histérica, hecha un nudo de mocos, lágrimas y temblores. Tocaron a la puerta. Jazmín, de pie con el pájaro en las manos, te miró sin saber qué hacer… como cuando niñas.

Te levantaste y te metiste al baño. Ella ahuyentó a la visita. Tras la puerta del baño, la escuchaste hablar, firme, segura, toda una doña, mientras tú, su ángel de la guarda de la adolescencia, temblabas como yoyo, orinabas la pipí fría que desde hace meses te sale del cuerpo. Tardaste unos minutos en recomponerte. Ella curaba al pájaro cuando
saliste del baño.

—¿Ya estás mejor, Rous? —te dijo, muy seria, casi fría—. El Neto lleva turistas al Cerro Grande los domingos. Se me hizo gacho despertarte, bueno, más de lo que lo intenté… Pero hoy van a hacer un picnic allá. No tiene mucho que se fue. Los alcanzamos, ¿te parece? Asentiste con la cabeza y los ojos, como ella cuando le decías, en las caminatas por la ciudad: «No estés triste; pronto nos iremos lejos».

Desde el 16 de septiembre has hecho todo. Ya preguntaste a sus amigos, a los amigos de los amigos, a los conocidos de los conocidos de los amigos. La historia es la misma: ella fue a dar el grito a Azcapo, de donde son sus amigos, y no en el Centro ni en Iztacalco. La dejaste ir sola para no incomodarla. Es una chica sensata y equilibrada que conoce los límites en todo: las copas, las relaciones, la festividad y la melancolía. Se fue, con un pantalón de mezclilla azul claro y una playera verde que decía «Sweet as gold». El cabello negro y lacio, anudado en dos colas de caballo con listones rojos. Te dio un beso en la frente —te salió alta— y te sacudió el peinado con una mano, juguetona e irreverente. Sus amigos dicen que tenía ganas de orinar, muchas, justo antes de que dieran el grito. Se alejó hacia el mercado, donde hay baños públicos. No volvió. Por eso te cuesta tanto creer lo de la gringa. Fuiste a la policía y te dijeron que sí, que parecía trata… Estás en el padrón de las Madres de las Hijas Perdidas. Son traumáticas las reuniones. Las más antiguas parecen resignadas, pero sólo en la superficie; las nuevas, como tú, no paran de llorar. Y todas buscan consolarse: con la religión, en el compañerismo, con cursos y clases, películas, psicólogas que se encargan, sobre todo, de las madres que tienen hijas desaparecidas por años. Los rumores que se cuentan tras las reuniones son horripilantes. De seguro estás en el mundo equivocado. Ya no puedes ver en las miradas masculinas en la calle, en los rostros de las muchachas en las revistas, sino un rastro sanguinolento, huellas de macacos feroces. Tienes miedo de enloquecer y tienes miedo de no hallarla. Si ella está con una mujer mayor, si ella huyó (y escondió su huida), sería duro, pero no tanto como las noches que te sepultan bajo las posibilidades. Pegas carteles los viernes por la tarde, para que no los arranquen los de limpia. Conoces ya todas las fotocopiadoras de la colonia, la altura perfecta para pegar un cartel: 1.50, a la altura de los ojos de las mujeres, que son las que más responden a los teléfonos de búsqueda. Pero a ti nadie te ha hablado, nunca. Y diste tu saliva y tu sangre por si la encuentran sepultada o flotando en un canal. El sol del desierto te hirió la coronilla. Te sentaste en una roca, blanca y lisa, en las salientes del empinado camino.

—Eso no puede ser… Me quieren hacer creer eso para que deje de buscarla.

Jazmín se arrodilla ante ti. Así, puedes ver la frente sembrada de cabellos finos que heredó de tu madre, los labios casi violetas, la tez morena y brillante, sensual. Con razón tu padrastro, piensas… y echas a rodar el pensamiento negro por el látigo del sendero.

—¿Quién te quiere hacer creer eso, hermana?
—No sé, Jazz —buscas a esos, que puedes olfatear de noche, cuando el insomnio te va carcomiendo cada molécula de tiempo—. Ellos: la policía, los de la ong, los amigos. Todos quieren que esté muerta para poder continuar con sus vidas, para que yo continúe con la mía.

Sabes que estás pálida. Las manos te sudan y los dedos meñiques y anulares están entumecidos. «No mires sobre tu hombro». Pero miras, y ves el fondo de la cañada. Podrías rodar y hacer la siesta allá abajo, con el cráneo abierto como un fruto maduro. ¿Pero quién la encontraría entonces, quién la recibiría y la consolaría cuando por fin regrese?

Una caricia te devuelve al camino blanco y brillante. Jazmín acaricia tus manos entre las suyas. Cierras los ojos. No ha pasado el tiempo; aún es 1984 y ella te consuela de la enorme carga que te echas a cuestas, en el quiosco de Santa María la Ribera. Serás su madre ahora, trabajarás y estudiarás. Tu madre está tan absorta en el macho apaleador que acosa a Jazmín que ni siquiera se inmuta cuando abandonan la casa. Y tú prefieres no tener madre que tener una tan débil. Jazmín te abraza en el quiosco y su confianza en ti te da fuerzas. Sus ojos, que ahora te miran en la blancura cegadora del desierto, ya no son frágiles. Te miran con piedad y eso no lo soportas. Te levantas de golpe y
continúas ascendiendo.

Camina unos pasos detrás de ti pero es como si se hubiera vuelto una sombra. Tiene la habilidad de camuflarse con el pasado. Ahora ves que no era un camino de terracería; aquí todo tiene el mismo fondo, bajo las matas, bajo las piedras, hay piedra. Tus tenis hacen revolotear el aroma de la gobernadora y el desierto abre sus ventanas al aire. «Escucha cantar al viento, hermana». El viento se afila las garras en tu esternón y ahí te alivia con su piedra afilada.

En la cima hay un grupo de gringos y algunos mexicanos. Buscas al Neto por sus señas particulares: varón, greñudo, guitarra, curtido al sol. Es mayor de lo que imaginabas. Muy flaco y alto, desgarbado. Le explica algo con mucha concentración a un gringo boquiabierto. En la palma de la mano sostiene un objeto que no puedes ver.

—Siéntate un rato, hermana, descansa un poco. Te voy a traer una quesadilla.
—No tengo hambre, Jazz —dices por costumbre, pero tu estómago se alebresta y en las comisuras de la boca se abre el antojo—. ¿Qué es lo que comen?
—Quesadillas de cabuches.
—¿Todo es de cabuche aquí?
—Al menos este mes, sí.
—Quizá… una.

Jazmín se ríe, con la boca casi cerrada (con su risa más femenina, menos ensayada). Saludas con un gesto a una mujer pequeñita que te mira. Desearías que nadie quisiera preguntarte tu nombre, saber a qué has venido. La roca donde te sientas está caliente y eso te reconforta del aire frío que pasa volteando sombreros y girando faldas. Tanto viento. Tus manos siguen frías. Las piedrecillas sueltas sobre el suelo están calientes. Acoges, una, dos, tres en tus manos.

—¡Ross, Rous!

Giras el torso para no hacerte añicos el hombro hecho bulto junto al cuello. Unos metros más abajo, protegido por una mata espinosa, hay un anafre. La mujer pequeñita que viste hace un momento te sonríe y se dirige hacia allá. Tu hermana te señala con un gesto enérgico el anafre y las ollas de barro sobre él.

Te acercas al anafre, donde la mujer pequeñita te ofrece la quesadilla.

—¿Quieres salsa? Pónele, sabe mejor —señala una cazuelita de barro. Tiene los dientes tan blancos como las rocas del desierto. Se acerca hacia un hombre vestido también de manta bordada. Carga a un niño pequeñito, casi de juguete, que duerme. Hablan un idioma veloz lleno de consonantes. Le pones salsa a la quesadilla y te acercas con cautela a la pareja.
—¿Es tu primer hijo?
—Sí, nuestro primero de él —dice la mujer, mientras el hombre calla—. ¿Tú tienes hijo?
—Una hija, ya es una señorita, tiene diecisiete años —dices orgullosa—. Mira.

Sacas de tu pantalón la mica con la fotografía que llevas desde hace meses y que muestras en los camiones cuando tienes el ánimo robusto.

La mujer asiente.

—Yo, diecinueve años; él veintidós —te dice, y vuelve a sonreír—, ¿tiene ella hijo?

No respondes. Has hablado demasiado. Te das la media vuelta y vuelves a tu roca. Quieres conocer a los hijos de tu hija. Quieres consolarla si un día se separa de un hombre. Quieres estar con ella hasta que, por vieja, no la puedas mirar. Deberías preguntarle ya al amigo de tu hermana, que sigue hablando con el gringo en un inglés salpicado de frases castellanas. ¿Será como Jazmín de pacheco? ¿Alucinan los que fuman marihuana? Podría no haber visto a tu hija. O no recordarla. ¿Y si la recuerda y confirma la versión de Jazmín? El nudo en el estómago se empieza a deshacer en espinas. Tienes ganas de vomitar la quesadilla. Has estado comiendo demasiado; no has comido así en meses. Una corriente de aire corta contra tu mejilla izquierda, trae el perfume de la gobernadora. Te acercas más al borde del cerro. Te subes a una roca, a otra y a otra, peldaños de una escalera blanca salpicada de motas grises. Abajo se abre un valle amplísimo que termina donde una masa de montañas se aleja en diagonal hacia el norte. El espinazo de esas montañas sale del cerro donde estás subida, haciendo un medio círculo desde dónde estás. Sólo puede ser la Sierra Madre. ¿Dónde estás? Acaso has subido mil metros sin darte cuenta. Todo es piedra, blanca y gris, apenas recubierta por biznagas y matas espinosas. El aire pasa afilándose las uñas, frío y puro. Quizá sea cierto que nuestra historia está sobrevalorada. Las montañas llevan aquí millones de años; han sufrido muertes y resurrecciones. Aunque no parezca, están creciendo, algunas se apartan de sus hermanas, otras chocan con ellas. La que tienes a tu izquierda está pariendo un monte pequeñito y chato en dirección al pueblo. Y luego podría caer del cielo un meteorito del tamaño de un autobús y despedazarlas por completo, fundiendo sus portentosos corazones de feldespato, haciendo polvo, brizna de polvo, nada, las biznagas y los billones de flores de gobernadora. ¿Y quién las lloraría? La mención de la sal te devuelve a tu día y a sus cuentas. Ni siquiera la formidable historia de piedra que pisas te consuela de tu tragedia. Ojalá sólo fuera un malentendido, una crisis adolescente, cruel y egoísta, que termina en una llamada telefónica. Nunca consigues alejarte más de dos pasos de la otra idea: te presenta las fauces sanguinolentas todas las noches; incluso en el día sientes en la nuca su aliento.

No te le puedes acercar al Neto, aún no. Has regresado a la roca donde te sentaste por primera vez. Te sientes segura cerca del grupo. Todo está cargado de lejanía. Es casi como estar de visita en otro planeta. Una mano se asienta en tu hombro. Volteas desde la cintura; tienes apeñuscados los omóplatos. Es la mujer del bebé. Lo trae en los brazos. Te hace una seña para que le hagas espacio en tu roca. Trae, también, una calabacita con un líquido transparente. Te lo extiende. Parece que todos aquí arriba se embriagan. No cuentan con que eres técnica laboratorista. Hueles lo que te da. Es un aguardiente fuerte, pero puro. El bebé sigue teniendo los ojos cerrados.

—¿Nació dormido o qué?

La mujer no contesta. ¿Diecinueve años? Aparenta treinta. No sólo por las arrugas en torno a los ojos, algo más en su gesto. Te da la espalda.

—Lo desanudas.

Deshaces los nudos del atado de su rebozo y te vuelves hacia al valle. No tienes ganas de cháchara materna. Al llevarte a los labios la jicarita, sientes el pase del rebozo sobre los hombros. Antes de que te des cuenta, el bebé está en tus brazos y la mujer camina, despreocupada, hacia su esposo. Al menos el bebé no preguntará nada. Tiene los ojos cerrados como candados. Su tibieza te recuerda la de un gato, la de Lina bebé, la cabeza de Jazmín por las noches, cuando la guarecías del estrépito en la habitación contigua. Te giras un poco sobre la roca. La joven madre te ha dejado también un plato de quesadillas cubiertas con una tela bordada. A tu izquierda, a cinco o seis metros, tu hermana está sentada, con una chica delgada y joven, llena de trenzas. Señala la Sierra mientras habla. Está apoyada sobre un codo como un cazador, antiguo y joven, y habla (seguro) como un héroe. Probablemente le esté contando historias exageradas a su conquista. La luz ilumina de lleno su rostro, encendiendo sus colores: los ojos claros, la carne del color de las ciruelas, el cabello negro y lacio. La luz se tiende en su cuerpo anguloso y fuerte. Quizá Jazmín eligió la respuesta correcta: entre ser una mujer o un hombre en este país y en este tiempo de mierda, ella eligió ser una mujer que ama a las mujeres. No puedes, sin embargo, no recordar la tarde del quiosco en que pensaste que todos los sacrificios eran valiosos si ella alcanzaba la madurez, universitaria y bella, siendo una madre cariñosa. Quizá éste es el destino de los sueños: un despeñadero. El bebé en tus brazos parece destinado a dormir una eternidad. La muchacha que escucha a tu hermana no necesita iluminación: está plena en su gracia y aparente inocencia, desperdigada su falda sobre las rocas; su mano pequeña busca constantemente la mano de Jazmín. El bebé bosteza. Tienes el impulso de cubrirle la boca para que no aspire el aire frío de la montaña, pero de camino, tu mano lo piensa: «si ha de vivir
debe ser fuerte, si nació aquí es porque lo será». En vez de eso te comes la última quesadilla y tomas del pocillo. No quieres buscar, ni con la mirada, al hombre del que te habló tu hermana. El sol se empieza a acodar sobre la cintura de la Sierra. Da lo mismo si le hablas aquí o en el pueblo, dentro de una hora.

Tienes cinco llamadas perdidas. ¿Cómo es que no te habías dado cuenta? Quizá sólo ahora que bajas del Cerro Grande las registra el celular. Dos son de un teléfono del Estado de México, tres de Madres de las Hijas Perdidas. Pasa junto a ti un burro con unos ojos negrísimos, trotando tan lento que el sol arrasado del crepúsculo se refleja en sus órbitas de obsidiana. Llamarás cruzando el puente, donde empieza el pueblo. Te acercas a tu hermana.

—¿Estás bien, Rous?

No tienes pretexto, así que la tomas del brazo con la mano derecha mientras marcas el número de la ONG. Tu hermana te arrima a la baranda del camino. Te contesta la abogada de Madres. Hace dos semanas encontraron un cuerpo. La playera coincidía con la fotografía que diste. Los jóvenes padres huicholes, rezagados, pasan tomados del brazo. La muchacha te sonríe. Se están yendo tus ojos poco a poco en una maceta con mastuerzos. Esperaban las pruebas genéticas. Pensabas que los mastuerzos necesitaban mucha agua, pero aquí en el desierto crecen como nenúfares. Los resultados son positivos. Estás soñando otra vez, despierta. Lo siente mucho, te acompaña en tu…

—¿Dónde la encontraron? —te escuchas decir allá, en un pueblo lejano, mientras cuentas las flores del mastuerzo, parada contra el barandal de un puente chico.

Cuelgas sin despedirte. El pecho de tu hermana, tibio y firme, desprende todavía su aroma a yerba. El suelo bajo tus rodillas, de piedra, sopesa tu carne blanda, tus huesos que han de durar menos que sus guijarros. Estás cantando una canción, una canción que habías olvidado y que se deshilacha en vocales desnucadas. El coro de tu hermana es un susurro y un lento mecimiento. Te vas a quedar sin voz. Te vas a quedar sin agua. Anochece mientras Jazmín te asiste en el parto de la muerte.

Foto de Abel Pardo López en @Flickr

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