Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

En defensa de la argumentación | Eduardo Rabasa

Primero una aclaración: Valeria Luiselli ha publicado todos sus libros en español en Sexto Piso, editorial de la que formo parte desde su fundación, y es sin duda una de las autoras más emblemáticas del catálogo. No sólo eso, sino que además de la relación editorial, es una amiga muy querida. Si alguien considera que lo anterior me descalifica para dedicar este artículo a la polémica suscitada recientemente en torno a ella, sería totalmente comprensible, y por suerte no tendría más que dejar de leerme en este momento.

Después una precisión: esto no es un texto sobre las ideas o argumentos vertidos por Valeria en su artículo “Nuevo feminismo”. Al igual que otras personas, estoy en desacuerdo con algunos de sus planteamientos. No sería la primera vez: en varias ocasiones hemos sostenido discusiones sociopolíticas, literarias y demás, a veces de manera un tanto acalorada, y nunca ha pasado nada grave ni a mayores. En esto precisamente se basa lo que me gustaría explorar aquí: en que no hay absolutamente nada de reprobable en que alguien, o un amplio grupo de personas, estén en fuerte desacuerdo con lo escrito en un artículo de opinión. De hecho, ésa es una de las principales funciones del género: la de provocar debate, intercambio de argumentos, de ideas, que incluso puedan producir modificaciones en los puntos de vista de alguna de las partes. Eso es algo muy distinto del linchamiento en redes sociales al que Valeria ha sido sometida desde hace ya casi dos semanas, ¡que al parecer condujo incluso a una convocatoria a marchar en protesta contra ella!

He leído varias veces su columna y no encuentro ningún argumento del que pueda desprenderse que a Valeria le dé igual que mujeres se desangren en el IMSS en salas atestadas. Tampoco que no le importen los millones de mujeres acosadas, violadas, asesinadas en México y otras partes del mundo. Además, incluso si fuera el caso de que claramente fuera una antifeminista recalcitrante (asunto que me parece puede debatirse, pues el feminismo no consiste únicamente en la vertiente sobre la cual Valeria ironiza), si bien todos los temas anteriores en efecto se vinculan con el feminismo, de ninguna manera pueden reducirse a dicho movimiento (es decir que a las y los no feministas también les puede parecer abominable la proliferación de feminicidios), y de ahí que sea un poco exagerado extender el argumento para acusarla de una presunta indiferencia frente a dichas atrocidades. Y es que incluso parece ser responsable ante algunas personas de contar con una amiga que confeccione trajes de astronauta, con lo cual se extiende su ámbito de influencia, y por tanto de la materia en la que puede ser juzgada, a las decisiones profesionales de la gente de su entorno.

Así como la tesis frenológica de Hegel –retomada como ejemplo recientemente por Žižek– reza que “El espíritu es un hueso”, en la moral de las redes sociales parecería que “El espíritu son las características físicas, de género, socioeconómicas y geográficas” de quien escribe cualquier cosa. Así, los argumentos de Valeria (que, insisto, pueden perfectamente ser cuestionados sin que ello implique ningún agravio) parecerían explicarse absolutamente por el hecho de ser hija de diplomáticos, blanca (incluso hay quien se ha quejado de que sea guapa), haber conocido desde niña a Nadine Gordimer, vivir en Nueva York, ser una escritora exitosa, etcétera, etcétera. La inmensa mayoría de ataques en su contra han tomado la forma de insultos, descalificaciones ad hominem, y otro tipo de descargas espetadas en menos de 140 caracteres mediante esa nueva variante warholiana de los 15 minutos de fama, también conocida como Twitter.

Sin embargo, ¿no es uno de los rasgos definitorios de los líderes demagogos y xenofobos que pululan ahora por el mundo el reducir a categorías inmensas de seres humanos a estereotipos asociados con determinadas características étnicas o raciales? Al acusar en masa, echando montón, virulentamente, a Valeria o a quien sea, a partir de sus características físicas, familiares, profesionales o socioeconómicas (condensadas en el epíteto “mujer blanca empoderada”), y no a partir de sus argumentos, ¿no estamos reproduciendo exactamente el mismo mecanismo? Es como si la Ley de Godwin (que postula que en internet en algún determinado momento toda discusión desembocará en una comparación con Hitler) se hubiera apoderado de nosotros y nos compeliera periódicamente a buscar una nueva víctima sacrificial sobre la cual verter en masa nuestra bilis, y si bien cada linchamiento es especialmente duro para la víctima en cuestión, así como ahora le ha tocado a Valeria –y probablemente mañana me toque un poco también a mí a causa de este texto–, no solamente cualquiera estará expuesto a correr la misma suerte, sino que la existencia recurrente del mecanismo como tal nos empobrece indudablemente como colectivo. Y lo más irónico es que incluso las invectivas más ofendidas pierden efectividad cuando se reducen a ataques enfocados a destruir a la persona y no a sus ideas: entre mayor sea el ultraje o la indignación moral que nos ocasione la postura de determinada figura pública, entre más ecuánime y mejor argumentada fuera la respuesta, mayor sería también la probabilidad de desestimar los argumentos que produjeron la ofensa en primer lugar.

Me parece que en estos tiempos que corren deberíamos todos de poner particular empeño en no reproducir en nuestros ámbitos particulares aquellos mecanismos de incitación al odio y la agresión, que así como en términos sociopolíticos nos parecen claramente deplorables, en lo intelectual cada vez se vuelven más recurrentemente nuestro pan de cada día.

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