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Europa sola, sólo Europa | Bruno Latour

Parto de la idea muy simple de que el cambio climático y su negación han organizado toda la política contemporánea durante al menos tres décadas. Esta mutación juega el mismo papel que la cuestión social y la lucha de clases durante los dos siglos precedentes.

No entenderemos nada de la explosión de desigualdades desde hace cuarenta años, ni del gran movimiento de desregulación que la acompaña, si no admitimos que una parte importante de las élites globalizadas ha entendido perfectamente las consecuencias de las malas noticias sobre el estado del planeta que comenzaron a cristalizar a principios de los años noventa gracias al trabajo de los científicos.

Como la amenaza era real, estas élites llegaron a la conclusión de que había que adoptar dos conductas opuestas: primero, renunciar al sueño liberal de posguerra de un mundo en común motivado por la modernización del planeta —separémonos pues lo más rápido posible del resto de los habitantes a quienes se les había vendido este sueño universal a través de una desregulación a toda costa—; segundo, organizar de manera sistemática y a largo plazo la negación de esta mutación ecológica que conlleva desde entonces lo que se ha denominado el sistema-tierra y no solamente el medio ambiente.

(Podemos encontrar en el caso Exxon-Mobil un cambio brusco, desde una investigación puntera sobre climatología y ciencias de la tierra a principios de los años 1990, hacia la organización de la negación del cambio climático, un punto de referencia empírico conveniente para ubicar esta transformación de ideales liberales).

La negación —eufemísticamente llamada escepticismo climático— es crucial para encubrir lo que habría sido una escandalosa confesión pública de renuncia al ideal de un mundo moderno universal para todos los habitantes. En teoría, nada ha cambiado: «¡Avancemos hacia la globalización!». En la práctica todo ha cambiado: «Ya no compartimos nada porque no habrá un planeta lo suficientemente grande para todo el mundo».

Lo que hace que la situación política actual sea tan preocupante es que este doble movimiento —renuncia y negación— nunca es explícito y, sin embargo, es un secreto a voces.

Por el momento, el síntoma de que los pueblos han entendido en muchas partes del mundo que fueron abandonados por unas élites que no tienen la menor intención de compartir el estado del mundo con ellos, es que reclaman firmemente el regreso a espacios tradicionales que podríamos llamar pre-modernos (o, al menos, esa es la impresión que dan). De ahí esta increíble carrera simultánea, de Filipinas a Francia, pasando por Inglaterra, Hungría, Polonia, Turquía, de que no hay otra salvación más que el regreso a las fronteras nacionales, a las culturas tradicionales, a la tierra arcaica.

Movimiento fugitivo que los comentaristas toman por «populismo », pero que no es más que la reacción lógica de personas abandonadas en pleno campo y que fueron traicionadas con frialdad por aquellos que hasta ahora los condujeron hacia el horizonte insuperable de la globalización.

Todos estamos atrapados en medio de lo que se parece cada vez más al inicio del pánico en un caso de incendio en un teatro: hay quienes continúan huyendo hacia las protecciones brindadas por esa explosión de desigualdad sin precedentes —lo que se resume con el término conveniente del 1% del 1%—, y están aquellos que huyen hacia atrás, hacia la protección completamente imaginaria proporcionada por las fronteras nacionales o étnicas. En medio están todos aquellos que nos arriesgamos a aplastar.

Donde la situación se vuelve potencialmente trágica es cuando todo un gobierno, el de los Estados Unidos, dirigido por Donald Trump, confluye en el mismo movimiento. En primer lugar, la huida hacia adelante, hacia el máximo beneficio, abandonando al resto del mundo a su suerte (¡los nuevos ministros responsables de representar a las «personas pequeñas» son multimillonarios!). En segundo lugar, la huida hacia atrás de un pueblo entero, hacia la vuelta a categorías nacionales y étnicas («¡Make America Great Again!» detrás de un muro). Por fin, en tercer lugar, la negación explícita de la situación geológica y climática.

El trumpismo —si podemos usar ese término—, es una innovación poco común en política que debemos tomar en serio. Así como el fascismo también supo combinar los extremos ante la total sorpresa de políticos y comentaristas de la época, el trumpismo combina extremos y engaña a su mundo, al menos por un tiempo.

En lugar de oponerse a las dos huidas, hacia la globalización y hacia el regreso al viejo territorio nacional, el trumpismo actúa como si pudiéramos fusionarlos. Fusión que obviamente es posible sólo si la misma existencia de la situación de conflicto entre modernización, por un lado, y condición material terrestre por el otro, ha sido negada. De ahí el papel constitutivo del escepticismo-climático, de otra forma incomprensible. (Recordemos que, hasta Clinton, las cuestiones de medio ambiente en los Estados Unidos eran bipartidistas).

Esta es la primera vez que un movimiento político se ha organizado explícitamente por y para los negacionistas del clima. Y entendemos bien por qué: la falta total de realismo en la combinación —¡multimillonarios llevan a millones de miembros de las llamadas clases medias hacia el «retorno al pasado»!— saltaría a la vista. El caso, por el momento, sólo se mantiene con la condición de que sea totalmente indiferente a la situación geopolítica.

Es inútil indignarse con los votantes trumpianos porque no «creen en los hechos»: no son idiotas, al contrario, como la situación geopolítica en conjunto debe ser negada, la indiferencia hacia los hechos se convierte en un elemento totalmente esencial. Si hiciera falta tener en cuenta la contradicción masiva entre huida hacia delante y huida hacia atrás, ¡haría falta ponerse al aterrizaje! En este sentido, el trumpismo es el primer gobierno completamente ecologista (¡pero desgraciadamente en negativo!).

Si el año 2017 es el de todos los peligros, es porque Trump parece llevar a los Estados Unidos a un sueño geopolítico que ni siquiera los aventureros del gobierno Bush junior pudieron imaginar. ¿Cómo ser realista en geopolítica si se niega incluso la contradicción entre las condiciones materiales de la llamada «geo» y los objetivos políticos que se persiguen?

Bush junior todavía tenía la idea de construir un orden mundial, totalmente poco realista, por supuesto, pero aún así contaba con una relación vaga entre intereses y relaciones de poder. Lo que resulta aterrador con la llegada de Trump al poder es que él señala el abandono, por parte de los Estados Unidos, de la vocación de organizar un orden mundial. ¿Qué esperar de un presidente que tuitea que «las Naciones Unidas no es más que un club de charlatanes», esas mismas Naciones Unidas por la que tantos compatriotas suyos fueron muertos durante la guerra? Debemos concluir que habla de su país como Duterte habla de las Filipinas, May del Reino Unido, Orban de Hungría o Marine le Pen de Francia, y, por lo tanto, que no hay ningún interés declarado en construir un orden mundial común.

En 2017, cuando Francia y Alemania tengan que votar en sendas elecciones vitales, Europa pierde con Trump la protección de lo que podríamos llamar el «paraguas moral» bajo el cual ha vivido desde la guerra, paraguas al menos tan importante como el de las armas nucleares y, seguramente, más fácil de abrir.

Lo que permitió a la Europa unida —la invención institucional más formidable para superar los límites de la soberanía del Estado— no desintegrarse, fue su participación, junto con los Estados Unidos, en la construcción de un orden mundial que la superaba. Con Estados Unidos, los Estados europeos eran algo más que simples Estados. Sin ellos, no son más que Estados, en desacuerdo en todo.

¿Qué hará Europa si Trump habla de los Estados Unidos en el mismo idioma mitad-nacional, mitad-mafioso, que Duterte o Beata Szydlo? ¿Qué puede hacer Europa sola, es decir, abandonada a sí misma? Sabiendo lo que pasó desde agosto de 1914, sólo nos queda temblar.

Después del Brexit, después de Trump, la tendencia, la tentación, es obviamente continuar el desmantelamiento de cualquier idea de un orden mundial. Esto es lo más probable. Pero también es contra lo que aún es posible luchar. Después de todo, abandonar la idea de un orden mundial bajo la hegemonía de los Estados Unidos es tal vez una oportunidad. Pero es sólo una oportunidad si comenzamos a transformar esa noción de orden y de mundo.

Ahora bien, el trumpismo, dado que es tan extremo y contradictorio, ofrece exactamente el camino correcto, bajo la condición de que se tome a la inversa…

En primer lugar: la contradicción entre el ideal de modernización y el estado del planeta no puede ser negada, organiza toda la política; avivar esta contradicción en lugar de negarla reorienta todas las posiciones. Y eso no tiene nada que ver con un interés en la «ecología» o con el deseo de «proteger la naturaleza». Se trata de condiciones concretas de la existencia material de todos.

En segundo lugar, el salto adelante operado durante treinta años por los desreguladores ya no es compatible con los ideales de desarrollo y las llamadas a la globalización. Esa mundialización ha terminado, por falta de mundo, es necesario decirlo al fin con claridad. No hay mundo moderno posible. O bien, habrá mundo, pero no será moderno. O serás moderno, pero entonces sin mundo real.

En tercer lugar, el más delicado, el más esencial también para las elecciones que vienen, el movimiento de retirada hacia la protección de las fronteras nacionales o étnicas es legítimo si consideramos que nunca ha habido una alternativa para la modernización y que ésta fue traicionada desde el interior por aquellos que más se beneficiaron. Es una reacción legítima, pero es demencial como proyecto político, ya que esa tierra nacional, ese suelo étnico, simplemente no existe.

Si la mundialización era una utopía, estaba reservada para aquellos que habían abandonado la idea de hacer un mundo en común con las masas: el país dulce de antaño es otro. Y, en el fondo, todo el mundo lo sabe. De ahí la pregunta: ¿podemos reconocer la legitimidad de esta reacción y canalizarla en la dirección, perfectamente realista, de un retorno al suelo, al territorio, a la tierra, pero una tierra que ya no es nacional o global? Si es necesario aliarse con alguien es con los «reaccionarios», pero para ir a otro lugar.

La pregunta es, por lo tanto, la siguiente: ¿puede Europa volver a ser la patria común de aquellos que rechazan ambas utopías? ¿Un nuevo suelo, tan concreto como el que buscamos en el país de antaño; infinitamente menos limitado que el espacio de fronteras nacionales? Después de todo, ya que es Europa la que impuso al resto del mundo esa extraña contradicción entre el espacio mundial y la tierra de antaño, ¿no le corresponde a ella resolver esta contradicción? Un espacio re-territorializado hasta el punto que podamos decir: «¿Es Europa nuestra madre patria?».

Europa está sola, sí, pero sólo Europa puede salvarnos.

©Bruno Latour
Artículo originalmente publicado en Michel Wieworka (dir.), La politique est à nous, Robert Laffont, Paris, 2017
Traducción de Miguel Ibáñez Aristondo

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